¿Por qué leer a Camila Sosa Villada hoy? El cuerpo, el deseo y las formas de una literatura insumisa
Por Marina Julieta Amestoy
Hay algo en la escritura de Camila Sosa Villada que se resiste a quedar fijado en una interpretación definitiva. Sus libros pueden leerse desde la experiencia travesti, desde la violencia social, desde las formas del deseo o desde las relaciones entre la ficción y la autobiografía. Sin embargo, ninguna de estas perspectivas alcanza a encajar por sí sola para explicar la singularidad de una obra que ha hecho de la transformación una de sus principales fuerzas expresivas.
Leerla hoy supone volver sobre una pregunta que excede su lugar en la literatura argentina contemporánea: ¿qué puede hacer la escritura con aquellas experiencias que una sociedad ha aprendido a excluir, clasificar o convertir en objeto de representación? Y, todavía más, ¿qué sucede cuando esas experiencias dejan de reclamar un lugar dentro de los lenguajes disponibles y comienzan a producir sus propias formas de decir?
La pregunta importa porque el reconocimiento de una autora no garantiza que su obra haya sido leída en toda su complejidad. Una obra literaria puede alcanzar una circulación extraordinaria y, al mismo tiempo, quedar sujeta a interpretaciones que terminan reduciéndola. En el caso de Sosa Villada, el éxito de Las malas abrió una conversación imprescindible sobre las vidas travestis, pero también fijó una clave de lectura que corre el riesgo de convertirse en un límite: leer toda su producción a partir de la violencia, la marginalidad y la experiencia biográfica.
Su obra merece una lectura más amplia. No porque esas dimensiones hayan perdido relevancia, sino porque la literatura comienza a perder su potencia cuando se la obliga a decir siempre lo mismo.
Una lengua que no pide permiso.
Antes de convertirse en una autora ampliamente leída, Sosa Villada ya había construido una relación con la escritura atravesada por el teatro, la experiencia y la necesidad de encontrar una voz propia. Esa trayectoria importa para comprender que su literatura no se organiza exclusivamente en torno a lo que cuenta. También importa cómo lo cuenta, qué hace con la lengua y qué formas encuentra para narrar una experiencia que difícilmente podría encajarse en los códigos convencionales de la respetabilidad.
En La novia de Sandro, poemario publicado originalmente en 2015 y reeditado por Tusquets en 2020, aparece una zona fundamental de esa búsqueda. El libro trabaja sobre el amor, el cuerpo, el abandono, la pobreza y la memoria desde una escritura que no pretende volver inocua la experiencia. La intimidad no se presenta como un territorio aislado de la historia social. En ella se inscriben las desigualdades, los modos de ejercer la violencia, las jerarquías del deseo y las condiciones materiales que determinan quién puede ser amado y bajo qué condiciones.
El título mismo introduce una figura cargada de resonancias culturales. Sandro pertenece a una memoria sentimental argentina: una imagen popular del amor romántico, la seducción y la devoción amorosa. La novia, en cambio, es una posición relacional: alguien que desea ser elegida, que espera, que imagina una promesa. En ese encuentro entre el imaginario popular y una voz que escribe desde la experiencia travesti, el amor aparece lejos de cualquier idealización. La figura romántica no cancela la desigualdad ni vuelve inocentes las relaciones entre los cuerpos.
En este libro, el deseo no es una abstracción. Tiene materialidad, olores, necesidades, expectativas y consecuencias. El amor puede ofrecer placer y, al mismo tiempo, convertirse en una experiencia de humillación. Puede sostener una fantasía de pertenencia mientras reproduce las condiciones de la exclusión. Lo íntimo deja de ser el reverso privado de lo político: se convierte en uno de los lugares donde las relaciones de poder se vuelven sensibles.
La escritura poética de Sosa Villada no busca resolver esas contradicciones mediante una voz que se eleve por encima de la experiencia. Por el contrario, trabaja desde su exposición. Hay una intensidad que se sostiene en la convivencia entre lo bello y lo sórdido, entre el deseo y el resentimiento, entre la posibilidad de encuentro y la persistencia de la soledad. La voz no necesita purificarse para ser legítima.
Esta dimensión es decisiva. En muchas representaciones de las vidas históricamente excluidas persiste una exigencia de ejemplaridad: el personaje debe superar sus circunstancias, demostrar su fortaleza o transformar el sufrimiento en una lección. La novia de Sandro se sitúa en otro lugar. No necesita convertir cada herida en una victoria ni cada experiencia dolorosa en una forma de aprendizaje. La literatura puede detenerse en aquello que no se resuelve, en lo que avergüenza, en lo que persiste incluso después de haber sido nombrado.
En esa decisión hay una política de la escritura. No porque todo sufrimiento sea emancipador ni porque la experiencia individual represente automáticamente una verdad colectiva, sino porque el texto se niega a someter su voz a las condiciones de aceptación que suelen regular la representación de ciertas vidas.
La experiencia no alcanza: hace falta la forma.
Leer La novia de Sandro junto con Las malas permite advertir una continuidad que no depende de que ambos libros pertenezcan al mismo género. En el poemario, la experiencia aparece atravesada por la condensación poética, la intensidad de la voz y la exposición de los sentimientos. En la novela, esos materiales se reorganizan mediante personajes, escenas, espacios compartidos y una imaginación que transforma lo vivido.
La diferencia es importante. Una lectura exclusivamente biográfica corre el riesgo de convertir la obra de Sosa Villada en una sucesión de testimonios sobre su vida. Cada personaje podría leerse como una transcripción de la autora; cada escena, como una prueba de autenticidad. La literatura quedaría subordinada a la pregunta de cuánto hay de real en lo que narra.
Pero la experiencia, por sí sola, no produce una obra. Entre lo vivido y lo escrito hay decisiones estéticas, procedimientos narrativos, desplazamientos y operaciones de lenguaje. La ficción no reproduce una realidad previa: construye una forma de conocimiento que no podría existir de la misma manera fuera de ella.
En Las malas, publicada en 2019, Sosa Villada construye una comunidad travesti alrededor del Parque Sarmiento, en Córdoba, y hace de ese universo un territorio donde la violencia social convive con la imaginación, la ternura, el humor y lo extraordinario. La novela no se limita a representar una experiencia de exclusión. Interviene en los criterios con los que suele narrarse esa experiencia.
La aparición de lo fantástico resulta central en esta operación. La fabulación no funciona como una decoración añadida a una realidad demasiado dolorosa ni como una manera de suavizarla. Permite desplazar sus límites. Allí donde la mirada social reduce los cuerpos a categorías estables, la imaginación introduce transformaciones, ambigüedades y posibilidades que desarman esa clasificación.
La comunidad que construye la novela tampoco debe confundirse con una imagen idealizada de solidaridad. Sus integrantes no existen para demostrar la superioridad moral de quienes han sido excluidos. Tienen deseos, conflictos y contradicciones. La pertenencia no los vuelve inmunes a la crueldad ni convierte sus vínculos en una promesa de armonía.
Esta es una de las razones por las que Las malas conserva su potencia crítica. Sus personajes no están obligados a representar de manera ejemplar una identidad ni a justificar su derecho a existir mediante una conducta irreprochable. La literatura les concede algo que las representaciones moralizantes suelen negar: la posibilidad de ser contradictorios sin que esa contradicción se convierta en un argumento en contra de su existencia.
La cuestión no es menor. Una obra puede cuestionar los mecanismos de exclusión no solo por aquello que denuncia, sino también por la libertad formal que concede a sus personajes.
El deseo también tiene una historia.
Si La novia de Sandro explora las tensiones de la intimidad y Las malas construye una comunidad en torno a experiencias compartidas, Tesis sobre una domesticación plantea cómo el reconocimiento social interviene en la construcción del deseo.
En esta novela, una actriz travesti vive entre el matrimonio, la maternidad, el dinero y la respetabilidad burguesa. Sin embargo, ocupar esos lugares no resuelve el conflicto. La novela permite examinar las expectativas que definen una buena vida y los criterios con los que una sociedad decide qué vidas considera legítimas.
La domesticación no opera únicamente mediante la prohibición ni la expulsión. También actúa a través de la promesa de aceptación: ofrece pertenencia a cambio de encajar en las normas establecidas. Es posible ingresar en un orden social a condición de aprender sus códigos, adoptar determinadas aspiraciones y aceptar ciertas conductas. La inclusión, entonces, tiene un carácter ambivalente: abre nuevas posibilidades, pero también puede imponer nuevas exigencias.
La novela no plantea que la marginalidad garantice la autenticidad ni que la estabilidad constituya una traición. Muestra que el deseo está atravesado por convenciones que no siempre advertimos. Deseamos amar, pertenecer a una comunidad, formar una familia o contar con cierta seguridad material. Pero estas aspiraciones no existen fuera de la historia: nacen en estructuras sociales que brindan a las personas oportunidades desiguales para alcanzarlas.
La protagonista tampoco encaja en el molde de una persona ejemplar. Sus decisiones y contradicciones impiden convertirla en un único ejemplo de emancipación. Los personajes no necesitan funcionar como figuras explícitamente políticas para que podamos examinar las condiciones en las que viven.
Cada libro modifica, además, nuestra lectura de los demás. En La novia de Sandro, el amor es corporal y afectivo, y está atravesado por el abandono, la necesidad y las asimetrías del deseo. En Las malas, la comunidad ofrece un lugar de pertenencia frente a un orden social hostil. En Tesis sobre una domesticación, la pregunta gira en torno a lo que sucede cuando el reconocimiento, la estabilidad y la vida familiar también traen consigo nuevas tensiones.
No se trata de establecer una evolución lineal entre los libros ni de asignar a cada uno una función dentro de un sistema cerrado. Se trata de observar cómo una misma escritura vuelve sobre problemas persistentes y los transforma al cambiar de género, escala y organización narrativa.
El amor, la pertenencia y el reconocimiento no existen al margen de las relaciones de poder. Son espacios donde se reproducen jerarquías, pero también donde pueden ensayarse otras formas de relación. La literatura de Sosa Villada no resuelve esta ambivalencia: la mantiene abierta y nos obliga a leerla
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Lo que la visibilidad no resuelve:
La publicación de literatura escrita desde experiencias tradicionalmente excluidas ha transformado el espacio cultural. Nuevas voces han llegado a editoriales, premios, universidades y espacios de discusión donde antes tenían una presencia escasa o solo eran admitidas bajo condiciones restrictivas. Ese proceso importa y no debe minimizarse.
Pero la visibilidad, por sí sola, no cambia las estructuras que producen desigualdad. Una sociedad puede incorporar algunas narrativas a su repertorio cultural sin modificar las condiciones materiales de vida de las personas cuyas experiencias esas narrativas retratan. También puede celebrar una obra mientras mantiene intactos los prejuicios que hacen necesaria su intervención.
La obra de Sosa Villada nos invita a pensar esta contradicción sin reducirla a una condena general. Sus personajes no están ahí solo para mostrar que la exclusión aún existe. Su individualidad, sus deseos y sus zonas oscuras impiden que la lectura se cierre en una resolución sociológica.
En este punto, necesitamos distinguir entre reconocer la dimensión política de la obra y relegarla a un asunto pedagógico. La literatura puede intervenir en las discusiones de su tiempo, pero no tiene la obligación de ofrecernos una respuesta clara. Su potencia también radica en crear experiencias de lectura capaces de modificar las categorías con las que comprendemos el mundo.
El placer de leer a Sosa Villada está en encontrarse con personajes incómodos y con una escritura cuya belleza no depende de volverlos agradables. El valor de la obra reside también en sus decisiones formales, no solo en el tema que aborda. La crítica literaria debe atender a la forma, a las decisiones compositivas y a las tensiones del lenguaje. De lo contrario, puede convertirse en una adhesión bienintencionada que termine por empobrecer la obra que intenta defender.
Reducir la lectura a un eslogan es dejar de leer la literatura en su complejidad.
Volver hoy a estos libros también implica cuestionar nuestras prácticas de lectura. En un mundo de circulación acelerada, opiniones instantáneas y lecturas que clasifican cada obra según el debate al que parece responder, leer exige recuperar otra temporalidad.
No se trata de aislar la literatura de los conflictos sociales ni de reclamar una supuesta neutralidad estética. Ninguna obra se produce fuera de las condiciones históricas que la hacen posible. Se trata de no reducir la interpretación a la identificación de un mensaje ni de convertir la lectura en una confirmación de lo que ya pensábamos.
Los libros de Sosa Villada exigen algo más. La novia de Sandro nos confronta con una intimidad inseparable de las condiciones sociales del deseo. Las malas crea un mundo en el que la violencia histórica convive con la imaginación, y la comunidad no elimina las contradicciones entre sus integrantes. Tesis sobre una domesticación cuestiona las promesas de aceptación y muestra cómo el reconocimiento puede convertirse en una nueva exigencia de normalidad.
Leídas en conjunto, estas obras permiten advertir una escritura que no se limita a ocupar un lugar en la literatura. También interroga cómo se construye ese lugar, con qué criterios se reconoce una experiencia como legítima y qué expectativas deben cumplir quienes ingresan al campo cultural.
La pregunta de por qué leer a Camila Sosa Villada hoy no se responde únicamente por la relevancia de sus temas. Su obra importa también por el trabajo formal que realiza con ellos, por la libertad que concede a sus personajes y por convertir el lenguaje en un espacio de disputa.
Leerla es entrar en una literatura que no exige que todas las experiencias se conviertan en lecciones ni que cada conflicto tenga una respuesta. Una literatura que permite que el deseo sea contradictorio, que la memoria se transforme a través de la ficción y que las vidas narradas no se reduzcan a las explicaciones que otros construyen sobre ellas.
Quizá una de las razones más persistentes para volver a sus libros sea esta: no nos ofrecen una imagen definitiva de quiénes somos ni una solución a las tensiones del presente. Abren preguntas sobre las condiciones en las que vivimos, amamos, nos relacionamos con los demás y nos hacemos visibles.
La literatura no reemplaza las transformaciones materiales que una sociedad necesita. Pero puede modificar la perspectiva desde la que miramos aquello que hemos naturalizado. Ese desplazamiento incide en lo que una sociedad se permite imaginar, discutir y reconocer.

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