Cuerpos de Texto | Narración Breve |LA NUEVA TENDENCIA
Por Manuel Molina
Instagram: @manuel_molinash
La Nueva Tendencia
Los cristales de la puerta de la cafetería estaban tapados con papel de periódico. Esa tarde llovía y la gran avenida estaba atestada de coches. El cielo parecía caerse sobre unos edificios cuadrados y simétricos. En la calle, la gente corría con el paraguas, mientras otros esperaban empapados bajo las cornisas y los toldos de los comercios. Al entrar, lo primero que se encontró Diana fue con un camarero de pómulos hundidos y cabello canoso que la miró mientras secaba una taza. A pesar de la tarde asquerosa que hacía fuera, apenas había clientes en las mesas. Diana pasó directa al final de la barra y allí esperó a que el camarero, con pasos de alguien que está a mínimos de sangre en las venas, fuera a atenderla. Pidió un café con leche y este, sin hablar, le indicó que sí con un gesto mohíno. Fue entonces cuando el olor a fresa del humo de un vaper le hizo girarse. Allí estaba un tipo de abrigo largo, sentado en una mesa con el libro marcado de la cita. Diana entonces pagó el café con una moneda y se acercó despacio por la espalda. El libro estaba sobre el tablero, junto a un manojo de llaves y unas gafas de sol.
—Sonetos del amor oscuro, Federico García Lorca.
—Entonces usted debe ser Diana Almeida —respondió aquel hombre mientras hacía un gesto con la mano de invitación a sentarse.
El tipo del abrigo sostenía el vaper como si fuera un cigarrillo. Sobre sus ojos azules parecía que volaba un cuervo, pues tenía unas cejas muy pobladas y unidas. Al sonreír, mostró unos dientes amarillos y pequeños y se colocó el flequillo rizado que le caía en la frente. Al sentarse, Diana pudo percibir el olor a leche quemada de la cafetería y el mal estado de las mesas. Desde allí, la barra se veía como una pared a medio destruir, con el capitoné verde rasgado del uso y unos taburetes vacíos como fantasmas.
—¿Quiere beber algo, Diana?
—No, gracias, ya he tomado un café y tengo cierta prisa.
—Aún no hemos empezado a hablar y ya se quiere ir. Los europeos siempre acelerados.
—Lo siento, pero es que mañana sale el avión. Llevo una semana dando vueltas por esta ciudad y quiero resolver todo cuanto antes.
—Lo que busca lleva casi un lustro perdido, no puede resolverlo todo en media hora.
Entonces, el tipo se giró despacio hacia la barra, levantó dos dedos y, al poco, el camarero, mudo y sin apenas levantar la mirada de la bandeja, sirvió un par de chupitos de whisky.
—Espero que le guste el whisky, Diana. Este, en particular, es de mis favoritos. Japonés, ¿sabe? Lo de que el mejor whisky del mundo se fabrica en Escocia es ya un mito del pasado.
Con delicadeza, el hombre acercó el vasito de cristal a la chica, y ella se limitó, con las manos en los bolsillos de su chaqueta vaquera, a observar al tipo mientras bebía a pequeños sorbos. En ese momento, la lluvia se intensificó en la calle y las gotas golpeaban con violencia los cristales del salón.
—¿Por qué venir de tan lejos para un simple manuscrito? —preguntó el tipo, mientras el humo del vaper le salía despacio por la nariz.
—Porque era de mi padre. Y porque usted me garantizó por teléfono que lo tenía —respondió ella, tocándose nerviosa el pendiente de aro plateado—. Aunque por el precio que me pide, más le vale que no sea una fotocopia mala.
El hombre sonrió, dejando al descubierto sus dientes amarillos.
—A mí no me paga la nostalgia, chiquilla. Me paga el trabajo de rastreo. Llevo días sobornando a encargados de sala y revolviendo basura institucional. Y dígame, ¿por qué ese manuscrito ha terminado en un país como este? ¿Su papá no era conocido en España?
—Ya le dije que mi padre era actor amateur en Madrid, aunque trabajaba como contable. Un hombre anónimo. Sin embargo, ante lo que él llamaba su frágil talento sobre las tablas, tenía uno mayor, que era escribir. Escribió durante más de diez años el manuscrito y, cuando la legislación cambió y las salas se volvieron pura mierda, se perdió. No tuvo ningún respaldo editorial para publicar, por lo que él mismo, tirando de sus ahorros, editó apenas cien ejemplares que envió a diversos países de habla hispana.
—¿Y pretendías que en esta ciudad alguien guardara un papel por amor al arte? —El tipo soltó una carcajada seca y apuró el chupito de un trago—. Aquí la literatura no paga el alquiler. Si ese texto ha sobrevivido en algún teatro es porque alguien vio la forma de sacarle rentabilidad. Y, si no la tenía, la legislación acabó triturándolo en alguna oficina de mala muerte.
—Dígame dónde está esa copia. Ya tiene la mitad del dinero acordado en su cuenta.
—Tranquila, chiquilla, estamos conversando. ¿No ve cómo llueve? Beba un poco y espere a que amaine la tormenta. Ahora dígame, ¿la obra de su papá nunca se estrenó en España?
—Se estrenó en un pequeño festival de teatro contemporáneo en Madrid, apenas cinco funciones, y luego en el pueblo de mi madre. Allí no se llegó a llenar ni el patio de butacas. Después todo fue muy rápido, se impuso la Nueva Tendencia y a los teatros que querían sobrevivir económicamente no les quedó otra que adaptarse. Fue entonces cuando miró las direcciones en internet, compró los sobres e hizo los envíos.
—¿Y por qué cojones no guardó un solo ejemplar?
—Le entró miedo o asco de lo que estaba sucediendo. No lo sé. Entonces, ante la desesperación, cogió todos los libros y los envió a las compañías independientes de teatro y a las salas que aún quedaban libres.
El tipo del abrigo se apoyó en la mesa con los codos y guardó el vaper, las llaves y las gafas en un bolsillo interior.
—¿Y nadie tiene un ejemplar allí, en Madrid? Disculpa, pero no entiendo esa desesperación ridícula. ¿Dónde está ahora su papá?
—Muerto. Le agarró un cáncer hace tres años. Le ruego, por favor, que me entregue ya el manuscrito. No tengo tiempo para estar de cháchara.
—Tranquila, Almeida. Lo siento, relájese. Yo soy un comerciante caro, pero cumplo lo que vendo. Vámonos, que el tiempo corrido no se lo voy a cobrar.

El tipo del abrigo se removió en su asiento y pidió permiso para beberse también el chupito de Diana. Después de engullirlo de un trago, apoyó las manos sobre la mesa para levantarse. Le entregó el poemario a la chica y fueron juntos hacia la barra, donde el camarero servía un agua con gas a un joven rubio. Diana pudo observar cómo una ligera cojera impedía andar a aquel hombre unicejo. Tras pagar, salieron a la calle y las aceras parecían pequeños riachuelos que arrastraban papeles y colillas de tabaco. El tipo se subió las solapas del abrigo e indicó la dirección a seguir. Doblaron una esquina y la gran avenida quedó tapiada por un callejón de locales comerciales en alquiler, olor a orina y escaleras de metal para incendios. Tras pocos minutos a pie, Diana notó cómo el agua de la lluvia estaba calando su ropa interior y se sentía incómoda siguiendo los torpes pasos de aquel hombre. Al girar otra esquina, llegaron a una calle no tan grande como la avenida, pero con cierto aire de esplendor gastado. Había restaurantes con bonitas puertas de entrada que ahora eran comida para llevar y hoteles transformados en salas de apuestas. «Es allí», señaló el hombre y aceleró su paso en la medida que la cojera le permitía. Al llegar a una puerta de madera pintada de negro, Diana observó el luminoso: «Teatro Allariz. Nueva Tendencia».
—Hay salas libres, vamos, sígame —dijo el tipo del abrigo tras consultar la web en su teléfono móvil.
Pasaron por un pasillo largo de moqueta azul pálido y paredes blancas hasta lo que parecía una planta de hotel con diversas puertas numeradas.
—Me niego a entrar a esta mierda —dijo Diana, caminando hacia atrás—. Se me retuerce el estómago al pensar en mi padre.
—Escucha, chiquilla, lo lamento, pero el libro de su padre se ha perdido para siempre. No hay duda de eso. La legislación los eliminó para almacenarlos en su memoria de propiedad. Destruyó incluso los libros más famosos, los títulos que todos sabemos desde el colegio. La única forma de ver la obra de teatro de su padre es aquí. Llevo una semana haciendo llamadas para darle lo que busca. Pero, lamentablemente, no hay nada que se pueda tocar. O entra y lo ve por sí misma, o me paga lo acordado y hace lo que quiera.
Diana se mordió el labio. Sentía cómo el agua bajaba por su pelo hasta los hombros y el frío húmedo dolía en su entrepierna. Las zapatillas, completamente caladas, dejaban las huellas sobre la moqueta. Accedió a pasar y esperó a que el tipo pagase con la tarjeta en el lector colocado junto a la puerta de entrada con el número 8. Tras certificar el pago, el cerrojo se abrió y pasaron. La sala era pequeña, doce butacas de plástico frente a un escenario de apenas un metro de profundidad. La habitación olía a limpiacristales y amoniaco. Antes de sentarse, el tipo llevó a Diana del brazo hasta una pantalla instalada en la pared del fondo de la sala. Era algo similar a las pantallas para pedir comida en el McDonald’s.
—Aquí me dijeron que estaba. Lo siento, Almeida, pero es el único resquicio donde, tal vez, la obra de su padre ha podido sobrevivir.
Al abrirse el menú de entrada en la pantalla, aparecieron varios iconos para elegir: comedia, drama, musical, infantil, teatro clásico, moderno, en castellano, en inglés. El tipo fue seleccionando la ruta hasta llegar al título de la obra.
—Hace más de un año que el teatro es la propia calavera de Hamlet. Ya no hay la opción de ser o no ser. Lo siento, chiquilla, pero la Nueva Tendencia nos ha devorado a todos y los gobiernos la amparan.
Tras pulsar el botón de iniciar obra, las luces de la sala se apagaron, dejando una calidez naranja. En ese instante, se encendió el hilo musical y, desde el techo, se abrió una ventana automática que comenzó a proyectar unos hologramas de decorado y actrices. En el fondo de la sala, de pie, Diana y el tipo del abrigo observaban cómo aquel escenario con pinta de quirófano se revestía de una ilusión impostada. Ya no se escuchaba lluvia.
Manuel Molina

NOTA EDITORIAL
La Nueva Tendencia
Manuel Molina
Publicamos este relato de Manuel Molina porque abre una pregunta que nos interesa especialmente: qué sucede con el arte cuando las formas de producirlo, conservarlo y compartirlo dejan de responder a quienes lo crean.
La Nueva Tendencia imagina ese desplazamiento desde la ficción.
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