La revista como práctica de lectura: ¿Qué hace una publicación cuando decide volver sobre aquello que ya sucedió?
Por Mariné — Marina Julieta Amestoy
Crítica, escritora y directora de Revista Mariné.
Hace tiempo que una revista cultural dejó de tener como problema principal la posibilidad de publicar. Publicar está al alcance de casi cualquiera: una plataforma, una cuenta, una página, una newsletter pueden hacer circular textos, imágenes, registros, entrevistas, obras, acontecimientos. Lo verdaderamente complejo empieza después, cuando aquello que fue publicado entra en la circulación y queda expuesto a una cantidad de estímulos que compiten permanentemente por nuestra atención. ¿Qué ocurre entonces con una obra, con una idea, con una investigación, con una experiencia artística, cuando deja de ser novedad? ¿Qué lugar ocupa aquello que ya vimos, aquello que leímos rápidamente, aquello que quizá vimos sin llegar a mirar?
Pienso en esto desde hace muchos años, a partir de la crítica, la escritura y la edición, pero también desde la práctica concreta de producir y acompañar proyectos culturales. He escrito y editado cientos de textos, en mi propio medio y en otros espacios, y cada vez me resulta más difícil pensar una publicación solamente como un lugar donde algo se muestra. Hay, en el acto de publicar, una operación anterior y otra posterior a la aparición: una selección, una lectura, una contextualización y, después, una posibilidad de volver sobre aquello que fue puesto en circulación. Allí aparece, para mí, una de las funciones más interesantes de una revista cultural: producir condiciones para que algo pueda ser leído.
Leer no sucede únicamente frente a un texto. También leemos una obra, una imagen, un cuerpo, una escena, un archivo, una trayectoria. Leemos aquello que una época decide mirar y aquello que deja en los márgenes. Desde ese lugar, editar implica intervenir en una red de relaciones que nunca está completamente dada. Cuando una revista publica una obra, una entrevista o una crítica, no se limita a trasladar información de un sitio a otro: modifica las condiciones en las que aquello puede ser percibido. Lo inscribe en una trama, lo pone en relación con otras cosas, habilita determinados recorridos de lectura y vuelve posibles otros.
Es, en ese sentido, una intervención en la producción de sentido.
Toda obra entra en una semiosis que la excede.¹ Está aquello que sucede en la escena, en la pantalla, en el libro o en el espacio donde la obra se presenta, pero también están las palabras que la nombran, las imágenes que la acompañan, los discursos que la rodean, las lecturas anteriores, los contextos de producción, los cuerpos que la reciben y las relaciones que establece con otras obras. Nada de eso permanece idéntico. El sentido se produce en esa circulación y también se transforma en ella. Una publicación participa de ese proceso porque decide qué aparece, cómo aparece, junto a qué aparece y desde dónde volver a mirarlo.
Dos cuerpos en (des)borde (Espacio Ek´, Agosto 2026) y Zettache, Música Visible (Festival Internacional de Videodanza REFRACCIÓN, Septiembre 2026). Registro fotográfico: Mora Kucan
Por eso la edición puede ser una práctica crítica incluso antes de que aparezca la crítica como género.
Hay algo particularmente delicado en trabajar con las artes contemporáneas. Muchas veces una investigación demanda años, una obra concentra preguntas que vienen de muy lejos y un proceso de creación construye lentamente un lenguaje propio, pero todo eso puede quedar condensado en unas pocas funciones, en una temporada, en una presentación que sucede durante unas semanas y después desaparece. También desaparecen conversaciones, espacios, vínculos, discusiones que parecían secundarias y que, con el tiempo, podían haber resultado fundamentales para comprender aquello que estaba ocurriendo.
La velocidad con la que hoy registramos y compartimos acontecimientos produce una paradoja: tenemos cada vez más herramientas para conservar y, al mismo tiempo, cada vez menos tiempo para elaborar aquello que conservamos. Acumulamos imágenes, enlaces, capturas, publicaciones, archivos digitales. Podemos volver casi inmediatamente sobre cualquier cosa y, sin embargo, eso no significa necesariamente que recordemos mejor. El registro garantiza una posibilidad de regreso; no garantiza que ese regreso ocurra.
Ahí la revista puede producir una diferencia.

Volver sobre una obra no significa repetir lo que ya se dijo sobre ella. Significa permitir que una lectura posterior encuentre otras relaciones, que una escena pueda entrar en conversación con otra, que una investigación encuentre un contexto que antes no estaba disponible, que una obra pueda ser recuperada cuando el acontecimiento que le dio origen ya terminó. La crítica, cuando trabaja desde ese lugar, no clausura el sentido de una obra: interviene en su circulación, propone una lectura y deja abierta la posibilidad de que esa lectura sea continuada, discutida o incluso contradicha.
También por eso pienso el archivo como una construcción situada. Archivar nunca consiste simplemente en guardar. Toda selección supone una perspectiva, una decisión acerca de aquello que merece permanecer disponible para una lectura futura. Y esa decisión ocurre en el presente. El archivo no está solamente detrás de nosotros: se construye mientras vivimos, mientras elegimos qué registrar, qué publicar, qué conservar, qué volver a poner en relación.
Una revista participa de esa construcción de manera muy concreta. Puede hacer que un texto permanezca cuando la función terminó, que una entrevista encuentre lectores mucho después de haber sido realizada, que una obra pueda ser leída junto a otra con la que nunca compartió escenario, que una pregunta formulada en un momento particular vuelva a abrirse años después. La publicación genera una segunda temporalidad para aquello que registra. Y esa segunda temporalidad puede ser, también, una forma de memoria.
Pero hay otra cuestión que me interesa especialmente: circular no equivale necesariamente a encontrar interlocutores.
Una obra puede ser vista por cientos o miles de personas y, sin embargo, quedar rápidamente absorbida por el flujo de imágenes que produce la contemporaneidad. Puede tener alcance sin conversación, visibilidad sin lectura, circulación sin la posibilidad de construir un contexto. En ese punto, una revista puede funcionar como un espacio de relación: entre una obra y una investigación, entre un artista y una pregunta, entre una escena y una comunidad de lectores, entre un libro y una discusión que todavía no encontró su lugar.
Eso también modifica la idea de difusión. Difundir no consiste solamente en llevar algo más lejos. A veces consiste en darle otras condiciones para que pueda ser encontrado.

Durante los últimos años, esta pregunta fue transformándose en mi propia práctica editorial. Mariné comenzó como un espacio de crítica y escritura y, a medida que avanzaba el trabajo, aparecieron otras necesidades que no podían resolverse únicamente publicando textos. La edición empezó a encontrarse con sus propios límites y, en ese encuentro, fueron apareciendo los libros, la producción, los talleres, las conversaciones, los encuentros, los festivales y otras formas de reunir obras, artistas y lectores.
No lo pienso como un crecimiento lineal de un proyecto. Me interesa más pensarlo como el resultado de una práctica que, al mirar con atención aquello que sucede alrededor, descubre que necesita inventar otros dispositivos para leer y hacer circular. Si la revista era inicialmente el lugar desde donde mirar, esas otras formas aparecieron porque mirar también implicaba producir condiciones de encuentro.
Ahí Mariné dejó de ser solamente el lugar donde se publican determinadas cosas para convertirse, cada vez más, en una práctica editorial que interviene en aquello que publica y en el campo de relaciones que se construye alrededor de ello.
Esa posición también modifica mi propia relación con la crítica. Ya no me interesa pensarla únicamente como un texto que aparece después de una obra, aunque ese después siga siendo fundamental. Me interesa la crítica como una práctica de lectura capaz de acompañar procesos, construir relaciones, formular preguntas y producir memoria sin convertir aquello que lee en una pieza cerrada. Una crítica puede devolver una obra a la circulación de otro modo. Puede hacer visible una relación que estaba allí pero todavía no había sido formulada. Puede introducir una pregunta que modifique la percepción de aquello que parecía conocido.
En ese sentido, escribir sobre una obra también es producir una nueva escena para esa obra.
Y editarla, publicarla, volver a ponerla en circulación implica intervenir nuevamente en esa escena.
Quizás esta sea una de las preguntas que más fue transformando mi manera de hacer Mariné. Empecé escribiendo sobre obras y artistas y, con el tiempo, la propia práctica editorial empezó a pedir otras cosas: libros, encuentros, talleres, producción, festivales. No porque la revista hubiera dejado de ser suficiente, sino porque leer también puede implicar generar las condiciones para que una obra suceda, vuelva a suceder o pueda ser encontrada en otro momento.
Por eso hoy me interesa la revista como una práctica de lectura. No solamente por lo que publica, sino por aquello que decide volver a mirar.
Hay obras que pasan rápido. Hay otras que quedan dando vueltas durante años. Hay textos que cambian cuando los volvemos a leer. Hay preguntas que necesitan que pase el tiempo para aparecer.
Y quizá ahí esté una parte de la tarea editorial que más me importa: volver sobre aquello que todavía tiene algo para decir. Volver cuando ya pasó la novedad, cuando cambió el contexto, cuando nosotros mismos ya no somos exactamente los mismos que la primera vez. Volver a leer, a mirar, a poner en relación. Todas las veces que haga falta.
Porque publicar una vez puede alcanzar para hacer circular una obra, pero una revista, si todavía quiere leer, tiene que estar dispuesta a volver.
¹ Nota al pie
Uso semiosis en un sentido amplio: el proceso por el cual el sentido se produce y se transforma en relación con otros discursos, imágenes, contextos y lecturas. Una obra no agota lo que puede significar en el momento en que sucede; cada nueva relación puede modificar aquello que vemos en ella.
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