Sobre la fijeza del suelo y cómo desmantelarla. Poéticas de gravedad de Edgardo Mercado.
Por Victoria Keriluk
¿Qué sería del ser humano si la gravedad no fuera este acuerdo biológico e invisible que nos mantiene atados a la superficie terrestre?
Si por alguna razón, la gravedad se tornara una fuerza moldeable, volátil o suspendida, ¿cómo se configurarían las coordenadas de nuestras alianzas, la arquitectura de nuestras instituciones y la
densidad misma de nuestros abrazos?
Poéticas de gravedad, de Edgardo Mercado, es una invitación a despojarse de la fijeza del suelo. Y, a través de este acto fundacional, desmantelar los modos biológicos, políticos y afectivos en que ocupamos el espacio, definimos el territorio y construimos nuestros vínculos. Una vez desmontado el pacto gravitatorio que nos constituye, la escena abre paso a otras formas de experimentar el espacio y el peso de nuestros cuerpos y ensayar nuevos modos de entrar en relación.
La pieza inicia frente a una gran estructura inflable de plástico negro que ocupa todo el ancho del galpón escénico y se muestra infranqueable. Una barrera que limita el campo y nos acumula —a los espectadores— en un rincón. Las performers, con mamelucos blancos de aspecto aeroespacial, se ubican delante de la estructura y nos observan en calma, con una mirada plácida y cálida, como si no advirtieran la amenaza del campo negro que se despliega a sus espaldas. Al cabo de unos minutos, dos de ellas enfrentan la estructura y comienzan a abrirse paso. El contacto habilita una plasticidad y ductilidad inesperadas. Aquella superficie que se presentaba inaccesible se transforma en un espacio móvil y elástico. Lejos de repeler los cuerpos de las performers, la estructura los recibe, permea sus pliegues y cede permitiéndoles desaparecer del otro lado como quien cruza a través de un campo de pastos altos.

PH: Fabián Marelli.

Surge entonces el deseo colectivo de cruzar. Una mano gentil de una performer se acerca y nos invita, uno a uno, a atravesar el campo. Avanzamos con el deseo de descubrir qué hay más allá, pero advirtiendo que la estructura es una materia fluctuante y activa que debe permitirnos entrar. No se trata de pasar por encima, sino de entrar en diálogo con la materia: tener la gentileza de pedir permiso, volcar el peso corporal y otorgarle el tiempo necesario para moldearse y volverse capaz de recibirnos. A cambio, la estructura nos cede el paso si nos dejamos moldear por ella; un ejercicio profundamente físico y político donde afectar es, al mismo tiempo, dejarnos afectar.
Del otro lado del campo negro se despliega, envuelto en una atmósfera de ciencia ficción, un laboratorio de experimentación escénico. Las luces frías y distantes, la penumbra atravesada por densos haces de humo y el flujo constante de aire frío proveniente de los ventiladores configuran un ecosistema donde convergen otras dos estructuras inflables —plateadas y refractantes, una de dimensiones manejables y otra gigante que comienza a erguirse al fondo—, el equipo técnico y artístico en vivo, y nosotros, que hemos abandonado la pasividad de nuestro rol de espectadores para convertirnos en exploradores.
Director, coreógrafo e investigador con formación previa en física en la Universidad de Buenos Aires, Edgardo Mercado cruza las artes del movimiento con el campo científico. Nutrido en su proceso creativo por intercambios con centros de investigación científica como el Centro Atómico Bariloche o el Instituto Balseiro, entre otros —con la asesoría de científicos del CONICET como Daniel de Florian y Beatriz García—, el proyecto traduce la física en una vivencia sensible. El dispositivo inmersivo no busca ilustrar fórmulas abstractas; suspende la temporalidad cotidiana para reinventar las condiciones gravitatorias en las que nos relacionamos.
Guiados por la precisión amorosa de las performers, tocamos las texturas, sentimos su temperatura, desplazamos los volúmenes y nos metemos debajo o dentro de estructuras que nos devuelven el pulso del toque. Cruzar ese campo móvil desmantela la cuarta pared y funda una experiencia común donde la escena no solo se contempla, sino que se sostiene colectivamente: nos volvemos responsables de nuestras decisiones, de accionar desde el afecto o la indiferencia, de repensar el gesto colectivo de vincularnos. Lejos de la rigidez de las estructuras tradicionales, esta materia elástica y refractante se vuelve una arquitectura cobijo. Un espacio que se deforma y se pliega no para afirmar su propia masa, sino para albergar la presencia compartida de todxs nosotrxs.
La experiencia se encarna no solo en el tratamiento de las estructuras, sino en la articulación minuciosa de todo el espacio sensorial escénico. El diseño lumínico opera con un rigor de laboratorio: haces fríos de luz que recortan las siluetas en la penumbra, mientras el humo fragmenta la visión y disuelve los contornos rígidos de la sala. A la par, el paisaje sonoro ejecutado en vivo por Javier Bustos desarrolla vibraciones de bajas frecuencias y texturas continuas que espacializan el sonido. Este flujo sonoro no solo acompaña el movimiento o cada contacto con el material, sino que se nutre activamente de ellos para generar un ambiente vivo y en continua transformación.
En este escenario de estímulos continuos, la coreografía renuncia a las formas estáticas o a la exhibición virtuosa para desplegarse como una labor de equipo y un sistema de pesos compartidos donde las performers despliegan una afinada atención somática. Sus desplazamientos no responden a geometrías fijas, sino a una negociación constante de apoyos, presiones y resistencias con las estructuras inflables. Ceden el peso, buscan el punto exacto de equilibrio donde la estructura no las repele sino que las sostiene y modulan su velocidad en sintonía con la respiración de los materiales. El sonido de los ventiladores, la refracción de la luz sobre el vinilo plateado y la coordinación kinética de los cuerpos construyen una máquina sensible donde la técnica se pone al servicio de un ecosistema en pleno funcionamiento.
Al suspender la fijeza del suelo, Poéticas de gravedad desmantela la fantasía del individuo autónomo. Si el contacto es siempre recíproco y aquello que tocamos nos devuelve la marca de nuestra propia fuerza, la gravedad se revela como una ética del sostenimiento mutuo. En tiempos en que las lógicas de la velocidad, la desmaterialización y el aislamiento amenazan con volvernos cuerpos insensibles, Mercado restituye al peso su condición de afecto primario. Al alinearnos con otras materialidades y exponernos a la fragilidad del pacto que sostiene lo humano, la obra altera nuestro sistema perceptivo: nos despoja de nuestra certeza individual para recordarnos que entrar en relación con el otro exige la gentileza de pedir permiso, la paciencia para amoldarse a su volumen y la valentía de dejarnos afectar hasta comprender que el sostén nunca es un hecho aislado, sino un movimiento compartido.

Leer el cuerpo, pensar el movimiento
¿Qué sucede cuando el cuerpo deja de buscar un apoyo fijo y aprende a sostenerse en relación con otrxs? En Poéticas de gravedad, Edgardo Mercado convierte la gravedad en una experiencia sensible y colectiva. Para seguir explorando las relaciones entre contacto, peso, movimiento y escucha corporal, recomendamos Contact Improvisation: Improvisando nuevos pasos de Sur a Norte, disponible en Libros Mariné.
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