top of page

La devoración y lo sagrado: Agustina Bazterrica, Clarice Lispector y los imaginarios de la literatura.

hace 6 días
6 min de lectura

Por Marina Julieta Amestoy

Devoro literatura. Desde pequeña, he expresado esto como si la lectura fuera una necesidad casi sagrada. He buscado entender qué anhelo en los libros y qué ocurre en mí al cerrarlos. Sin ellos, me siento incompleta, inerte, como un collage de fragmentos que no logran cohesionarse. No leo solo para descubrir nuevas historias: la literatura es la materia con la que pienso, recuerdo, imagino y establezco conexiones con el mundo. Sin embargo, la imagen de la voracidad que tantas veces utilicé para nombrar mi relación con los libros adquirió otra densidad al leer Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, y La pasión según G. H., de Clarice Lispector. En una novela, los cuerpos humanos se convierten en mercancía dentro de un sistema que administra su consumo; en la otra, la ingestión de una cucaracha precipita una crisis de identidad. Entre ambas escenas se abre una diferencia irreductible, pero también una pregunta: ¿qué significa hacer entrar lo otro en nosotros y qué sucede cuando esa operación modifica, o destruye, el orden que la hacía posible?


Comer consiste en transformar una materia en parte del propio cuerpo. La devoración contiene, por eso, una paradoja: aquello que se incorpora debe perder su condición anterior, pero nunca puede afirmarse que desaparezca sin dejar huella. La lectura ofrece una figura distinta de esa operación. Las palabras ajenas ingresan en la memoria, se mezclan con experiencias anteriores y alteran las asociaciones mediante las cuales interpretamos el mundo. Una frase puede reaparecer años después, separada de su contexto, y modificar el sentido de algo que creíamos comprender. Leer no equivale a comer, pero ambas experiencias permiten pensar el encuentro con una exterioridad que, una vez recibida, ya no permanece completamente afuera. La cuestión decisiva es qué hacemos con aquello que nos excede: si intentamos someterlo a nuestras categorías o aceptamos que el encuentro puede transformarlas.


Agustina Bazterrica, Clarice Lispector y los imaginarios de la literatura.




En Cadáver exquisito, esa tensión se resuelve mediante un sistema que convierte la alteridad en materia disponible. La sociedad imaginada por Bazterrica ha institucionalizado el consumo de cuerpos humanos y necesita producir una distancia entre quienes pueden ser reconocidos como sujetos y quienes quedan destinados al procesamiento. La violencia no depende únicamente de la fuerza ejercida sobre los cuerpos: requiere clasificaciones, protocolos y un lenguaje capaz de volver aceptable lo que, en otras circunstancias, resultaría intolerable. Expresiones como «carne especial» no son simples eufemismos. Al separar el cuerpo de la identidad que podría hacerlo reconocible como semejante, contribuyen a organizar la percepción y a legitimar el consumo. Ese "engullimiento" se vuelve aquí una práctica política: el otro debe ser despojado de su condición de semejante para que su destrucción pueda integrarse en el funcionamiento ordinario de la sociedad.


La experiencia de G. H. sigue una dirección contraria. En La pasión según G. H., la ingestión de una cucaracha no confirma un orden que permita administrar lo extraño, sino que desestabiliza las categorías con las que la protagonista organiza su relación con lo viviente. El insecto no se deja reducir a un objeto exterior cuyo ingreso pueda controlarse sin consecuencias. Su presencia compromete las distinciones entre lo humano y lo no humano, lo puro y lo impuro, lo propio y lo ajeno. Si en Bazterrica la clasificación hace posible el consumo, en Lispector la experiencia corporal pone en crisis la propia clasificación. G. H. no encuentra una alteridad que pueda integrar sin alterarse: se enfrenta a algo que desborda su capacidad de reconocimiento y vuelve incierta la identidad desde la que pretendía comprenderlo.




Agustina Bazterrica, Clarice Lispector y los imaginarios de la literatura.

La comparación se tensa precisamente en esa oposición. En Cadáver exquisito, el orden social neutraliza la alteridad para hacerla consumible; en La pasión según G. H., el encuentro con lo otro amenaza con deshacer el orden subjetivo que permite neutralizarlo. En un caso, la devoración presupone una frontera que separa las vidas protegidas de las vidas disponibles; en el otro, vuelve problemática la estabilidad de dicha frontera. No se trata de oponer mecánicamente una novela política a una experiencia interior, porque la crisis de G. H. también compromete las jerarquías desde las que se define qué formas de vida merecen reconocimiento. Se trata, más bien, de advertir que la voracidad puede operar como instrumento de dominación o como experiencia que expone los límites de quien pretende dominar, clasificar o comprender.


Es en este punto donde lo sagrado cobra relevancia. No lo entiendo exclusivamente como una categoría religiosa, sino como aquello que, dentro de un sistema de valores, adquiere una condición excepcional y queda sustraído —al menos en principio— de la disponibilidad ordinaria. Lo sagrado establece una frontera entre lo que debe preservarse y lo que puede usarse, intercambiarse o sacrificarse. Esa frontera no es universal ni inmutable: se construye mediante creencias, representaciones y prácticas que atribuyen valor de manera desigual. La pregunta por lo sagrado conduce así a una pregunta política: ¿qué vidas se consideran inviolables y cuáles pueden ser entregadas al consumo? En la sociedad de Bazterrica, la respuesta no se limita a una decisión individual; está inscrita en la organización económica, en el lenguaje y en las normas que rigen los cuerpos.

La dimensión litúrgica permite examinar cómo ese orden se expresa y se perpetúa mediante prácticas colectivas. En su sentido religioso, la liturgia reúne palabras, gestos y acciones codificados mediante los cuales una comunidad actualiza sus creencias. Su relación con Cadáver exquisito no implica que el sistema de producción de la novela constituya una liturgia religiosa. La analogía permite observar, en cambio, cómo los procedimientos reiterados, las categorías autorizadas y las convenciones compartidas contribuyen a sostener un orden simbólico. El consumo no se vuelve aceptable solo porque exista una infraestructura que lo haga posible; también requiere un marco que determine cómo nombrar a los cuerpos, qué distancia establecer respecto de ellos y qué justificaciones permiten disponer de sus vidas. Lo litúrgico nombra aquí esa dimensión colectiva de la legitimación, no la mera repetición de una práctica.


La relación con Lispector vuelve esta lectura aún más compleja. Si el sistema de Bazterrica necesita fijar las fronteras entre los cuerpos protegidos y los cuerpos consumibles, la experiencia de G. H. confronta a la protagonista con una materia viviente que desborda las jerarquías de su mundo. La cucaracha, situada fuera de las formas convencionales de lo valioso y lo digno de protección, deja de funcionar como un simple objeto de repulsión. El encuentro no propone una nueva regla para sustituir las anteriores; expone la fragilidad de las categorías que distribuyen el valor y hacen reconocible la alteridad. Allí donde el orden social de Cadáver exquisito necesita conservar sus distinciones para perpetuarse, la experiencia de Lispector lleva a la protagonista al límite de su capacidad para sostenerlas.


Agustina Bazterrica, Clarice Lispector y los imaginarios de la literatura.

Esta tensión también me permite volver sobre mi propia relación con la literatura. En Literatura o muerte, de Bazterrica, la lectura se vincula con una necesidad vital. Esa dimensión resuena en mi experiencia, aunque no quisiera confundir la devoración de libros con las formas materiales y políticas de violencia que despliega Cadáver exquisito. Leer no destruye un cuerpo ni equivale a apropiarse de una vida; la relación es figurativa y sus consecuencias son distintas. Sin embargo, la metáfora me permite reconocer una ambivalencia en el acto de leer: quiero hacer mías las palabras que recibo, pero los libros que más me afectan son aquellos que se resisten a reducirse a una confirmación de lo que ya pienso. La lectura pierde intensidad cuando solo acumula sentidos conocidos; comienza a transformarme cuando algo del texto permanece extraño, cuando no consigo resolverlo por completo dentro de mis propias categorías.


El consumo visual reúne, entonces, experiencias que no deben confundirse.

En Bazterrica, permite pensar la apropiación de los cuerpos como una práctica sostenida por un sistema económico, político y lingüístico; en Lispector, conduce a una crisis de la identidad y de las categorías que ordenan lo viviente; en mi experiencia de lectura, nombra el deseo de acercarme a lo otro y la incertidumbre sobre sus efectos.

Lo sagrado permite preguntar qué se protege y qué se entrega; lo litúrgico, cómo las prácticas colectivas sostienen esas decisiones.

La comparación no borra las diferencias entre violencia, experiencia subjetiva y lectura: encuentra su fuerza en la tensión entre ellas.


Vuelvo a la literatura como necesidad, aunque ya no sé si devorar libros responde al deseo de reunificar las partes dispersas de una identidad o a la voluntad, menos tranquilizadora, de ponerla en riesgo. Lo que leo no permanece intacto ni puedo recuperarlo: ni como de una cita o de o un recuerdo preciso. Algo se pierde, algo se mezcla con experiencias anteriores y algo reaparece fuera de contexto, adherido a una imagen, a una palabra o a una percepción que hasta entonces me resultaba ajena. No siempre puedo distinguir qué procede de una lectura y qué pertenece a mi propia memoria.

Pienso en la cucaracha de Lispector, en los cuerpos administrados por el lenguaje de Bazterrica y en la literatura como necesidad. Entre esas escenas persiste una pregunta: ¿qué queda del otro cuando lo hacemos parte de nosotros y qué queda de nosotros después de ese encuentro? No hay una respuesta común a la violencia institucionalizada, a la crisis de G. H. y a la experiencia de leer. Pero las tres escenas obligan a mirar la devoración más allá de la imagen de una apropiación consumada.


Devoro literatura, digo desde pequeña. Durante mucho tiempo, esa frase me pareció una manera enfática de expresar el amor por los libros. Ahora también escucho en ella algo menos inocente: el deseo de hacer entrar el mundo en el cuerpo, aun cuando no exista garantía de que aquello que entra pueda ser asimilado, ni de que quien lo recibe vuelva a ser el mismo.


📘 Literatura o muerte
ARS 21,000.00
Comprar ahora
Cadever Exquisito-Agustina Bazterrica
ARS 27,000.00
Comprar ahora

Comentarios


Bio

WhatsApp Image 2025-10-28 at 11.11.51.jpeg

Críticas

Si te gusta Revista Mariné y querés ayudarnos a crecer, podes comprarnos un cafecito desde $2000

 

(https://cafecito.app/revistamarine)

  • Instagram
  • LinkedIn
bottom of page