Cuerpos de Texto | Narración Breve | Hombre serio de nueve a siete
- Manuel Molina

- hace 2 horas
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Por Manuel Molina
Instagram: @manuel_molinash
Hombre serio de nueve a siete

—¿Y para qué ha venido aquí caballero?
—Para que me dé su opinión.
—Yo no soy médico, ya se lo he dicho. ¿Qué opinión quiere de mi parte?
—Pero usted es catedrático de literatura y experto en Oscar Wilde, ¿no? He leído su currículum en la web de la universidad.
—Sí, pero lo que usted tiene es algo médico, yo no puedo aconsejarle.
El catedrático se cruzó de brazos sobre su sillón de piel mientras Hernán lo miraba. En aquellos segundos de silencio sonó el teléfono. Con un gesto de impaciencia el catedrático indicó que debía responder. Mientras hablaba con una voz femenina acerca de unas conferencias en Barcelona, Hernán observó aquel despacho de madera plagado de libros y carpetas. En una de las paredes había un cuadro abstracto en tonos rosas y negros y una figura de un caballo sobre una mesita. La habitación tenía vistas a un parque y olía a café y jabón de manos.
—Disculpe caballero, pero tengo que tratar unos asuntos por teléfono. No puedo ayudarle — dijo el catedrático tapando el altavoz del móvil—.
—Puedo esperar, no se preocupe.
—No, no puede esperar aquí. Tengo que hablar unos temas confidenciales con mi compañera del área, lo siento de veras, pero le aconsejo que vaya a un médico lo antes posible.
—Esperaré fuera a que termine. No tengo prisa.
—Pero vamos a ver. ¿Hernán? ¿cierto?
—Cierto, Hernán.
—Por favor, dame un minuto —dijo el catedrático por el teléfono— ahora te devuelvo la llamada, tengo una visita no agendada en el despacho.
El catedrático dejó el teléfono móvil encima de unos cuadernos amarillos con el logotipo de la universidad, y, con gesto serio, se colocó las gafas. Acto seguido, respiró hondo, limpió lo que parecían restos de croissant y con un tono bajo se dirigió a Hernán que permanecía quieto en una de las dos sillas de visita.
—Disculpe Hernán, ¿puedo tutearle?
—Sí, por supuesto.
—Gracias. Verá Hernán, lo que me dices es algo muy extraño y nunca me había pasado en mis treinta años de experiencia. A pesar de ello, insisto, creo que se trata de una dolencia física, un tema de salud que debería ser revisado por un doctor. Sin embargo, usted me cuenta, perdón, tú me cuentas, que ya te ha visto un médico y que no te puede diagnosticar nada.
—Así es señor catedrático.
—Por favor, llámame Tomás.
—Así es Tomás. Y ya estoy desesperado. Me he gastado un dinero que no tenía en consultas privadas y la conclusión de los médicos es que me vea alguien experto en Oscar Wilde.
—Pero vamos a ver Hernán, ¡esto es una locura!
En ese momento el catedrático se puso de pie y subiéndose los pantalones comenzó a dar vueltas por el despacho tocándose el bigote.
—¿Un experto en Oscar Wilde?
—Así es Tomás. Eso me han dicho los doctores.
—Pero vamos a ver, ¿lo que te ocurre es frecuente? ¿desde cuándo te pasa?
—No, frecuente no. Solo a veces. Cuando me siento en el escritorio de mi habitación.
—¿Cuándo te sientas en el escritorio? ¿Y qué haces? ¿Qué posición adoptas?
—Pues supongo que la típica, la normal para escribir.
—¿Escribes a mano o en ordenador?
—En ordenador, no se piense que soy un loco.
—No, por favor, no me malinterpretes. Solo pretendo entender todo esto ¿y qué escribes?
—Cuentos.
—¿Sobre qué? Es decir, ¿qué tipo de cuentos?
—Sobre todo de terror o ciencia ficción. Ahora se vende bien lo apocalíptico.
—¿Y te ganas así la vida Hernán?
—Para nada, ya quisiera. Soy administrativo en una empresa de piezas metálicas. Para automóviles y máquinas industriales. Las vendemos al por mayor. Yo hago las facturas.
—¿Y trabajas a jornada completa?
—Sí, de nueve a dos y de cuatro a siete de lunes a viernes.
—¿Y cuándo escribes tus cuentos?
—Cuando termino de cenar, o mientras ceno. También los fines de semana. No suelo salir mucho. Ya sabes, el alquiler está por las nubes, los precios de los restaurantes, el frío del invierno… Prefiero pedir una pizza y ponerme a escribir.
—¿Vives solo Hernán? Es decir, ¿Tienes pareja?
—¿A qué viene esa pregunta?
—Perdón, disculpa, es solo para entender el contexto. No quiero yo meterme donde no me llaman…
—No se preocupe Tomás. Estoy soltero desde hace al menos un año, pero no vivo solo. Comparto piso con otros tres compañeros. El salario de administrativo no da para mucho.
—Y dime entonces Hernán, ¿no será que pasas mucho tiempo sentado o aislado? ¿y es por eso que tienes esa dolencia?
—Yo diría que no. Cuando he tenido pareja y he salido más también escribía y nunca antes me había pasado.
—¿Comes sano? ¿Haces una dieta variada y rica?
—Sí, bueno, todo está muy caro, pero intento comer fruta a diario y no pasarme con la cerveza.
El catedrático se sentó de nuevo en su sillón que sonaba como si estuviera a punto de romperse. Apartó los cuadernos de la mesa para liberar el espacio entre ambos y apoyando los codos sobre el tablero le indicó a Hernán, nuevamente, que no podía ayudarle. En ese momento, el joven administrativo se puso en pie y ante los aspavientos del catedrático se quitó la camiseta. En su torso delgado pero atlético aún se podían ver la multitud de tiritas y gasas. Hernán destapó una cerca del ombligo y le enseñó una llaga que soltaba una especie de líquido negro y espeso. Después, con cuidado, puso de nuevo el apósito y se vistió.
—A esto me refiero Tomás. Nadie sabe decirme a qué se debe.
—¡Por Dios! te ruego que no vuelvas a hacer eso. Soy un hipocondríaco de manual.
—Lo siento, ahora dígame, ¿Qué hago?
—Márchate a urgencias, si quieres te pido un taxi o una ambulancia. ¿Te duele mucho?
—Nada, no me duele nada y seguro que cuando vaya a dormir habrán desaparecido. No quiero volver al médico a perder el tiempo, necesito tu consejo, por favor.
El catedrático se frotó las sienes. Observó detenidamente a Hernán, la postura encorvada de quien pasa la vida frente a una pantalla, la piel pálida provocada por los fluorescentes de la oficina y la mirada apagada de quien lleva años haciendo facturas de recambios industriales.
—Hernán, ¿dices que haces facturas para una empresa de piezas metálicas?
—De nueve a dos y de cuatro a siete. De lunes a viernes. Llevo ocho años en la compañía.
—Y por las noches, cuando estás agotado, intentas ser escritor ¿cierto?
—Lo intento, sí. Sin fuerzas ni energía, pero sé que debo ser perseverante.
Tomás se quitó las gafas para observar una gota sobre su escritorio. Con clara expresión de asco mojó la yema del índice en el líquido negro que había quedado en el borde de la mesa y la olió. No olía a infección ni a sangre podrida, olía como a resina o al solvente denso con el que se fabrica la tinta de imprenta.
—Creo que los médicos no encontraron nada porque buscaron una enfermedad—apuntó el catedrático observando su propio dedo manchado mientras lo limpiaba con un pañuelo—. Pero esto no es patología, creo que es física elemental. Tu cuerpo está reaccionando a la presión.
—¿A qué presión?
—A la de aplastar a un artista durante ocho horas al día debajo de un montón de albaranes. Oscar Wilde decía que “el arte es la única cosa seria en el mundo, y el artista la única persona que nunca es seria”. Hernán, usted, o tú, estás intentando ser un hombre serio de nueve a siete de lunes a viernes. Estás acumulando tanta ficción no escrita, tanta necesidad de volcarse en la página, que la tinta ha dejado de esperar a tu bolígrafo u ordenador. Creo que está buscando sus propios poros para salir.

Hernán se miró el abdomen donde el apósito volvía a teñirse de negro.
—No me digas, qué extraño ¿Y qué se supone que debo hacer?
Con un resoplido, el catedrático abrió el cajón de su escritorio, sacó un folio en blanco y una pluma estilográfica y se la tendió a través de la mesa.
—Redacta tu baja voluntaria en el trabajo. O dimites hoy mismo y empiezas a desangrarte sobre el papel o cómprate un contenedor entero de gasas porque vas a arruinar todas las camisas.
Manuel Molina
08/2026
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