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La garita como umbral del colapso

Por Evelin Bottani


LA GARITA. Dramaturgia y dirección: Nicole Popper. Actuación: Camilo Polotto Javkin y Lautaro Noriega. Diseño sonoro y música: Alessio Tiracchia. Iluminación: Ricardo Sica. Escenografía. Julieta Capece. Asistencia general: Cami Toker. Función Viernes 13 de marzo 21.30h. Fundación Cazadores.


En Fundación Cazadores, la obra de Max Garita construye una escena mínima, concentrada: una garita de seguridad, una puerta, una televisión, un escritorio. Un espacio pensado para vigilar que, progresivamente, se desajusta: un lugar donde la percepción empieza a fisurarse. La economía de elementos no limita; por el contrario, concentra la mirada y vuelve cada variación significativa.

 

Desde el inicio, algo desacomoda. El personaje habita ese espacio en diálogo con una presencia esquiva, que no termina de materializarse, pero deja rastros concretos: intervenciones, sonidos, pequeñas alteraciones del entorno —como si el aire mismo respondiera a una lógica ajena. Hay un juego inicial que roza lo lúdico, pero pronto se percibe una deriva distinta: lo que aparece no busca entretener, sino insistir. La obra no se apura en explicar qué ocurre; prefiere sostener la duda y trabajar sobre esa inestabilidad, instalando una percepción inestable.


Dos hombres con uniforme azul en una silla, uno abrazando al otro por detrás. Fondo oscuro con dispositivo y botella blancos en una repisa. La garita

A medida que la acción avanza, esa presencia gana densidad y dirección. Ya no se trata de un fenómeno ambiguo, sino de una figura que interpela, que empuja, que instala una demanda. La escena deja entrever un vínculo fraterno atravesado por un hecho traumático: un episodio compartido que no pudo sostenerse en común. Allí donde uno permaneció, el otro se retiró. La obra no reconstruye ese pasado de forma literal; lo deja operar como resto activo. Lo que emerge no es tanto la anécdota como su efecto persistente: una culpa que se reactiva, una escena que no termina de cerrarse.

 

Es en ese desplazamiento donde la obra encuentra su potencia. El conflicto excede la historia personal: lo que aparece es el modo en que un sujeto queda atrapado entre lo que vivió y lo que el presente le demanda. Max sigue trabajando, sosteniendo una rutina que no admite fisuras visibles, mientras por dentro se acumula una presión que no encuentra canal.



Dos personas en uniforme azul sostienen una vela encendida con chispas, en un fondo negro. Expresan seriedad y enfoque. La garita

En esa lógica, la obra pone en escena una lógica reconocible: la de un sujeto que continúa funcionando aun cuando ya no puede sostenerse. Una lógica cercana a lo que Byung-Chul Han describe: no una presión externa, sino una exigencia que se vuelva interna. La garita, en ese sentido, condensa una estructura más amplia: espacios laborales que requieren presencia constante, disponibilidad y eficacia, aun cuando el sostén subjetivo empieza a fallar. No hay instancia de elaboración posible; lo que no se procesa, retorna bajo otras formas.

 

El trabajo actoral sostiene con precisión esa deriva. Camilo Polotto Javkin compone a Max desde una interioridad que se va resquebrajando de manera gradual, sin recurrir a estallidos inmediatos. Su interpretación avanza por capas, dejando ver cómo se acumula hasta volverse inmanejable. En contraposición, Lautaro Noriega construye la figura del hermano desde una presencia más expansiva, con un empuje constante que tensiona la escena. Esa diferencia de registros no genera oposición, sino un engranaje: uno contiene y cede; el otro insiste y acelera. En ese vínculo se vuelve visible el conflicto.

 

En ese entramado, la presencia en escena del musicalizador —Alesso Tiracchia— organiza la escena. No ilustra la acción: la produce. Desde el inicio hasta el final, construye una arquitectura sonora que no solo acompaña, sino que organiza la experiencia perceptiva. Los sonidos ambientales generan atmósferas que se vuelven casi táctiles, mientras que las irrupciones de radio y televisión introducen fragmentos de exterioridad, pequeñas fugas que nunca terminan de abrirse del todo. Hay una precisión rítmica en su intervención que sostiene el pulso de la obra y afina cada transición emocional, sin volverse subrayado.


Persona sentada en silla, cabeza cubierta con cartel colorido. Fondo oscuro con ventanales al lado. Ambiente misterioso. La garita

La dirección de Nicole Popper sostiene esa lógica con un trabajo minucioso sobre el ritmo y la permanencia. No hay pausas complacientes ni momentos de distensión real; la continuidad se sostiene como una forma de presión. Los cuerpos permanecen expuestos a ese régimen, obligados a habitarlo sin escape claro. En ese sentido, la referencia a Inside aparece como un eco posible: no tanto en lo formal, sino en la construcción de un encierro que se vuelve progresivamente mental, donde el espacio reducido amplifica la deriva interna. La escenografía, austera y precisa, refuerza esa sensación: no sobra nada, pero tampoco hay dónde apoyarse.

 

Hacia el final, la obra no busca resolver ni ordenar. Lleva su propio sistema hasta una consecuencia extrema. El fuego —presente como recuerdo, como marca de aquello que ocurrió y como posibilidad latente— deja de ser una imagen para convertirse en decisión. No como gesto heroico, sino como cierre de un recorrido que no encontró otra salida.

 

En un contexto que empuja a la autosuficiencia, a la productividad constante y a la idea de que todo puede sostenerse individualmente, la obra introduce una incomodidad necesaria. No propone salidas ni moralejas. Lo que hace es exponer un estado: el de quienes continúan funcionando aun cuando el desgaste ya es irreversible, el de quienes no encuentran espacios donde alojar lo que les pasa.

 

Y en esa exposición, lo que aparece no es solo un personaje, sino una forma de estar en el mundo.


Hombre sentado en una silla bajo luz azul, usando auriculares. Fondo oscuro con humo y un monitor a su derecha. Ambiente misterioso. La garita

Todas las fotos pertenecen a: Ana Rodríguez Baños


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