El pulpo y la fisicalidad de la pérdida. Sobre "El Pulpo"
- Yamila Juara

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Por Yamila Juara
EL PULPO. Dramaturgia: Gabriela Farjat Actúa: Lola Banfi Grabación de sonido: Estudio Casasolfa Video: Proyecto Excursus Música original: Sebastián Pandolfelli Diseño de iluminación: Manon Minetti Fotografía: Martin Rieznik Arte gráfico: Noelia Diz Cortes Asesoramiento coreográfico: Magdalena Casanova Asesoramiento escenográfico: Diana Rascovschi Asistencia de dirección: Lola Penélope Prensa: Valeria Franchi Productor asociado: Natalia Mansueto Dirección: Paula Banfi. Teatro del Pueblo: Lavalle 3636 Función: 8/3, 20 hs.
Solemos asociar el arte con la expresión y transmisión de historias que parecen más grandes que la vida misma: aventuras épicas, amores legendarios, dramas de enredos imposibles y tragedias insuperables. Sin embargo, muchas veces son los relatos cotidianos los que dejan en nosotros una huella más profunda. Tomar una experiencia que gran parte del público ha vivido, trabajarla desde una perspectiva propia y volverla a la vez única y universal requiere no solo un gran esfuerzo, sino también una gran sensibilidad. Podemos observar el resultado de esa delicada operación en El Pulpo. La obra es un unipersonal en el que su protagonista nos habla directamente a nosotros, el público, sobre la ruptura de una relación de trece años. Partimos desde el momento en que se decide la separación y acompañamos su proceso de duelo y su eventual transformación. La interpretación de Lola Banfi es admirable. Desde un primer momento podemos percibir su gran destreza física: recorre el escenario caminando, corriendo, bailando, arrastrándose, realizando acrobacias e incluso logrando, de algún modo, nadar en el espacio escénico. Ese movimiento casi constante funciona como reflejo corporal de una vida que ha sido sacada de eje y que busca encontrar un nuevo anclaje

El uso de la voz también está muy logrado, algo fundamental en una obra guiada por la palabra. Banfi encuentra las inflexiones justas del humor que solemos usar para atravesar momentos difíciles, sin quitarle por eso profundidad a las emociones que esas situaciones despiertan. Su interpretación logra ser cómica y vulnerable al mismo tiempo, sin subestimar al público ni entregar ninguna de esas dimensiones de forma evidente. “Un jueves el mundo se me vino encima”, dice la protagonista al comienzo. Hay algo profundamente inquietante en la idea de que la vida puede cambiar radicalmente por dentro sin que nada cambie visiblemente por fuera. El mundo tal como lo conocemos puede acabarse sin que salgamos siquiera de nuestra habitación. Todo se mantiene igual, pero nada será como antes. Música, luces y escenografía trabajan juntas para construir un espacio que es a la vez cotidiano y ligeramente surreal. Los muebles del departamento aparecen cubiertos por grandes telas azules que parecen desbordarse mientras llega a nuestros oídos el sonido del mar. Y, al fondo del escenario, aparece el pulpo.

Cuando la protagonista habla con su amiga por teléfono, cuando recibe a su madre y le cuenta la noticia, cuando sale y cuando vuelve, cuando ni siquiera puede levantarse de la cama, el pulpo está ahí. Desde ese primer “cortemos”, el pulpo nace, crece, se enrosca y se aferra: envuelve y aprieta. No parece ser simplemente un producto de la imaginación. En escena, otros personajes reconocen su presencia, le dan entidad e incluso ofrecen consejos sobre cómo deshacerse de él. Sin embargo, nadie más puede tocarlo. Nadie puede interactuar realmente con él. Eso solo puede hacerlo ella. El pulpo es tuyo. Aquello a lo que te aferrás. Aquello que se aferra a vos. Aquello que es angustia, pero también consuelo. Porque si hay un pulpo es porque antes hubo algo más en su lugar. Antes hubo amor.
Por eso no podemos ignorarlo. No podemos hacerlo desaparecer ni asfixiarlo. Hay que darle tiempo, darle espacio y, cuando llega el momento, desprenderlo suavemente de uno mismo para dejarlo ir, así como se va el amor, dejando lugar para algo nuevo.

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