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13 de marzo de 1976: memoria, cuerpo y escritura en torno al 24 de marzo.

Actualizado: hace 2 días

Por Marina Julieta Amestoy (Mariné)

13 de marzo de 1976


(título sugerido por un amigo muy querido)


“Ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence. Y ese enemigo no ha dejado de vencer.”


— Walter Benjamin, Sobre el concepto de historia, 1940.



Nací el 13 de marzo de 1976. Once días antes del golpe. No es un dato. Es (casi) una marca.

Crecí con una fecha que no estaba afuera. El 24 de marzo no era efeméride: era materia sensible.

Antes de entender la palabra “dictadura”, yo ya sabía que algo había sido quebrado.

No podía nombrarlo, pero lo percibí antes de aprender a caminar.

En mi casa, la memoria no era relato. Era una escena reiterada: mi abuela rezando cada noche,

la mesita de luz llena de fotos, los nombres dichos en voz baja.


Omar Darío Amestoy.

Mi tío.


Su esposa,

María del Carmen Fettolini.


Mis primos.

Fernando y María Eugenia Amestoy


Retratos en blanco y negro de cuatro personas en una pared de concreto en una galería moderna, iluminada suavemente desde arriba. 13 de marzo.

La masacre de la calle Juan B. Justo, en San Nicolás.


Un operativo de las fuerzas represivas durante la última dictadura cívico-militar que terminó con el asesinato de una familia entera. Pero eso —dicho así— no alcanza. Porque la historia no se agota en el hecho.

Comienza ahí.


Empieza en lo que queda.


En lo que no puede ser llorado del todo. En aquello que retorna, y se instala.


En mis llantos “de la nada”.


En mi cuerpo buscando algo que todavía no logra nombrar. En las danzas, que muchas veces fueron —sin saberlo—una forma de pulsar sobre la ausencia.


En la escritura, que no vino después, sino que fue el lugar donde algo de eso empezó a tomar forma.


Mano sosteniendo una tableta con dibujo en blanco y negro de una mujer con cabello de trazos caóticos. Fondo negro, bolígrafo visible. 13 de marzo


Rodolfo Walsh escribió que:


“nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes ni mártires”.


Documento con texto "Carta abierta a la Junta Militar", máscara de gas, máquina de escribir, y silueta de rostro dibujada en negro. Ambiente tenso. 13 de marzo

No se trata solo de una advertencia. Se trata de una operación.

De borrar, de ordenar, de producir un relato donde ciertas vidas no cuenten.

Frente a eso, la memoria no aparece como archivo ni como reconstrucción ordenada.

Opera como resto: como aquello que no logra ser integrado del todo al “relato oficial”.

Se inscribe en los cuerpos, en los gestos, en las escenas mínimas que resisten la narración del sentido.

Irrumpe donde no se la espera, desarticula las versiones cerradas y reactiva aquello que se quiso clausurar.

No se deja fijar ni administrar: persiste como una zona activa de conflicto.

Porque hay algo de la historia que no puede ser administrado ni ordenado.

Vuelve.

Como interrupción.

Como pregunta.

Como una incomodidad que permanece.


Walter Benjamin sostenía que la historia no es una línea continua de progreso, sino un campo de tensiones donde el pasado irrumpe en el presente como una exigencia.

No se trata de recordar de manera ordenada, sino de atender a esas irrupciones que interpelan el ahora. El pasado no está detrás: está latente, esperando ser leído en las huellas que persisten.

Y en esa lectura se juega también una toma de posición: qué hacemos hoy con aquello que todavía persiste.

Eso es, para mí, el 24 de marzo. No una fecha que recuerdo. Sino una que interrumpe.

Que me obliga a mirar.


Que no termina de pasar.



Hombre escribiendo en un escritorio, rodeado de papeles voladores con notas y dibujos. Fondo blanco, sensación de creatividad y concentración. 13 de marzo

Nogoyá.



Ir a Nogoyá era ir a un lugar donde esos cuerpos estaban y no estaban. Donde la ausencia tomaba forma de paisaje. Donde algo se sostenía sin terminar de decirse.

Ahí también aprendí que la memoria no es solo archivo.


Es territorio.


Y es cuerpo.


En esos viajes, el tiempo no avanzaba de manera lineal: transcurría y, al mismo tiempo, quedaba suspendido.

En ese pliegue, algo de mí entraba en contacto con lo indecible, más allá de toda voluntad.


Años después, entendí que lo que sentía no era solo dolor. Era historia encarnada.


Era herencia.


Era una forma de estar en el mundo atravesada por algo que había ocurrido antes de mí,

pero que continúa ocurriendo en mí.


Por eso, cada vez que grité en una marcha:


Amestoy presente.

Ahora y siempre.


no era solo una consigna. Era un acto de inscripción.


Una manera de decir: esto no se borra. Esto no se cierra.


Esto no termina.


Se muestra una estación de tren vacía con el letrero "NOGOYA". Vías y edificio antiguo en un entorno verde, sensación de calma. 13 de marzo

Nací once días antes del golpe. Y, de algún modo, sigo naciendo en relación a eso.


Escribo porque no hay otra forma.


Porque escribir no es recordar.


Es trabajar con lo que no termina de pasar, (ni de pasarme).


Es hacer lugar a lo que insiste.


El 24 de marzo no es pasado.


Es una pregunta abierta.


Y una responsabilidad que exige respuestas.


Respuestas que no pueden esperar.

Ahora y siempre.



Dos imágenes comparativas. Izquierda: dos hombres corriendo en campo, 1975. Derecha: hombre mayor corriendo en el mismo lugar, 2006. 13 de marzo
Gustavo Germano, Ausencias, 2006.

Una imagen y su interrupción.


Izquierda: Darío y Alfredo Amestoy (1975).


Derecha: Alfredo Amestoy (2006).


PD: En San Nicolás, todos los 19 de noviembre se conmemora el “Día de la Memoria”, en recuerdo de la masacre de la calle Juan B. Justo.

En Nogoyá, en 2012, se colocó una placa en el cementerio para Beba y Omar Amestoy, quienes sostuvieron durante 36 años la búsqueda de justicia y verdad. En 2013, sus nombres fueron dados a dos calles de la ciudad.

También en ese operativo sobrevivió un bebé: Manuel Gonçalves Granada, quien fue apropiado durante la dictadura y recuperó su identidad años después.


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