Cosecha de sombras y ciencia – Sobre Frankenstein y Mary Shelley
- Santiago Oliva

- hace 6 días
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-Por Santiago Oliva
¿Qué sucede cuando los sueños y la ambición se cumplen sin medir sus consecuencias? Mary Shelley explora esta incógnita en su célebre novela publicada en 1818: Frankenstein, el punto de partida de la ciencia ficción moderna.
La historia sigue a Víctor Frankenstein, un joven suizo obsesionado con una idea que ha ocupado durante siglos la imaginación de filósofos y alquimistas: la posibilidad de crear vida artificial. Tras meses de experimentación, logra aquello que parecía imposible. Sin embargo, en el mismo instante en que su criatura abre los ojos, Victor experimenta horror. Lo que ve frente a él no es el triunfo del conocimiento, sino su reverso.
El científico abandona a su creación. Ese gesto devastador desencadena una serie de efectos que darán lugar a la verdadera tragedia de la novela. La criatura, al ser rechazada por su creador y la sociedad, cultiva un espíritu vengativo. De esta forma, Víctor no trae un monstruo al mundo, pero sí lo convierte en uno.

Mary Shelley construye así una de las reflexiones más poderosas de la literatura moderna sobre la responsabilidad del creador frente a su creación. Frankenstein es la representación del terror que nos provoca no entender hasta dónde pueden llegar las consecuencias de nuestros actos.
El contexto intelectual en el que Shelley escribe es clave para comprender la profundidad de la obra. Shelley escribe durante las últimas décadas de la Ilustración, una época marcada por una enorme confianza en la razón, la ciencia y el progreso. Hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del pensador político William Godwin, Shelley crece en un ambiente intelectual excepcional. Su obra dialoga directamente con las ideas de su tiempo, pero también introduce una advertencia que resulta sorprendentemente temprana: obtener conocimiento no garantiza un uso ético del mismo.

La estructura narrativa de la novela refuerza esta reflexión. La historia comienza con las cartas de Robert Walton, un explorador que navega hacia el Polo Norte impulsado por su propia ambición. Durante su expedición rescata a un hombre debilitado que vaga por el hielo: Víctor Frankenstein. A partir de ese encuentro, la narración se multiplica en distintas voces. Víctor relata su pasado, y más adelante la propia criatura cuenta su experiencia de abandono y exclusión.
Este juego de perspectivas desplaza la novela hacia un juego de espejismos, donde cada narrador refleja una forma distinta de ambición del hombre: el deseo de descubrimiento, la fascinación por el conocimiento y la necesidad de reconocimiento. Frankenstein es más que una simple historia de terror. Es la personificación de cómo estos impulsos pueden convertirse en fuerzas destructivas cuando son individualistas.
Por eso, el verdadero horror de Frankenstein no reside en la criatura. El horror reside en la indiferencia. Con esta idea, Shelley busca también un concepto más complejo a la novela. Analiza cómo lo humano, más allá de su creciente conocimiento, no ha podido lograr terminar con el conflicto entre sí mismos. Hay mucha violencia cargada en la imagen del monstruo y la gente que lo persigue sin detenerse a considerar otras opciones. La eliminación del otro por su diferencia.
Discriminación y prejuicio son dos factores que muestran lo mucho que tiene que aprender la humanidad, a pesar de que cree saberlo todo. Nuestra sociedad avanza, pero la ciencia no elimina por sí sola los intereses o las ideologías crueles. Esta violencia que aparece tan clara y burdamente en nuestros días.
Asimismo, el libro representa esta falta de aprendizaje en lo social con su personaje principal. Víctor Frankenstein posee el talento intelectual necesario para crear vida, pero carece de la madurez para hacerse cargo de ella. La tragedia no surge de un error científico, sino de una falla profundamente humana.
La novela profundiza en más temáticas que solo la ambición desmedida. A diferencia de sus numerosas adaptaciones, Frankenstein trata mucho más sobre los personajes y sus sensaciones con el mundo que de solo el miedo latente de un monstruo acechándote.
Por ejemplo, Víctor es tanto un genio como un poeta. El estudiante de Ginebra comienza su historia desde su infancia hasta su adolescencia. Durante todo su relato es donde podemos apreciar que Víctor ama profundamente la vida. Sobre todo, ama el estilo de vida que tiene en su país natal. Desde niño tiene una enorme apreciación por la naturaleza, su hogar y sus seres queridos. Es altamente consciente de como él y su círculo son insignificantes al lado del mundo natural, pero está agradecido de poder apreciarlo con tanta pasión y claridad.
Todo este cariño hacia su gente y su tierra es narrado de forma poética. El resultado es una prosa elegante, aunque a veces algo rebuscada. En algunos pasajes, la acumulación de detalles ralentiza el avance de la trama.
Además, a cada personaje se le dota de una integridad casi intachable, que cuesta creer para una Inglaterra del Siglo XIX. Pero esto es, más bien, un estilo literario de la época y que trae a colación la teoría filosófica de como el ser humano es bueno por naturaleza, pero es su entorno el que lo corrompe.
Mary Shelley, parece más preocupada en mostrar que es lo que nos corrompe y deshumaniza en estos grandes momentos de “civilización”. Los años de reclusión de Víctor para desarrollar su creación, son una analogía a los procesos industriales de la época. Miles de personas hacinadas en fábricas durante días enteros, la creación de grandes ciudades que encapsulan al hombre fuera del ecosistema y una rutina de trabajo que nos aleja del amor de nuestros seres queridos.
Entre las múltiples dimensiones que atraviesan la novela, el amor aparece como una fuerza silenciosa pero decisiva para enfrentar el extremo racionalismo. No solo en su forma romántica, sino como vínculo, pertenencia y necesidad.
La criatura no solo busca existir: busca ser reconocida. Y es en esa ausencia —la del afecto, la del otro— donde se configura su tragedia. Con esta noción, Shelley advierte de los peligros de la falta de empatía o sensibilidad. No solo denuncia a los seguidores de la razón y la lógica. Abre su crítica hacia aquellos que carecen de estas virtudes, de una sociedad que perpetúa la indiferencia por el otro o, que, en el mejor de los casos, es inconsciente de los males que origina con su falta de criterio.
Así desarrolla un contraste muy particular de su momento. Ya que, si bien el Siglo de las Luces es caracterizado por este progreso del conocimiento, el mismo no era igual para todos. Salvo para las familias acomodadas, el resto de la población no poseía la educación avanzada que se valoraba tanto. Incluso, aquellos si instruidos tienen una clara falta de conocimiento afectivo.
Dos siglos después de su publicación, la novela adquiere una vigencia inesperada. Las preguntas que Shelley plantea atraviesan debates contemporáneos sobre inteligencia artificial, ingeniería genética o biotecnología. Cada avance tecnológico parece devolvernos al mismo dilema que atraviesa la obra: la posibilidad de crear algo nuevo siempre va acompañada de la obligación de comprender sus consecuencias.
Por eso, muchas historias modernas repiten el mismo conflicto que Shelley imagina en 1818. Desde los replicantes de Blade Runner hasta los experimentos genéticos de Jurassic Park, la cultura contemporánea vuelve una y otra vez sobre la misma inquietud: la ciencia puede abrir puertas extraordinarias, pero no siempre sabemos qué hacer una vez que las cruzamos. En palabras del mismo Ian Malcom: Tus científicos estaban tan preocupados con si podían o no, que no se pararon a pensar si debían.
Leer Frankenstein hoy produce una sensación extraña. La novela pertenece a otro siglo, pero sus preguntas parecen escritas para el nuestro. En nuestra época la tecnología avanza a una velocidad difícil de comprender. En el caso de la inteligencia artificial, más que ser una herramienta que vino a solucionar nuestros problemas, trajo numerosos debates sobre su eficacia y la moralidad en su uso. Hasta el día de hoy hay un fuerte conflicto entre dejar o no de usar esta aplicación, culpándola de errores que, en muchos casos, siguen siendo humanos. Incluso la falta de educación y noción que tiene esta tecnología para la mayoría de la población. Un conocimiento para unos pocos que pueden adquirirla.
La escritura de Mary Shelley es más significativa en nuestros días y no solo por la adaptación de Guillermo del Toro. A pesar de que somos la raza dominante en este mundo, el relato de Víctor Frankenstein vuelve a poner en duda nuestras ambiciones. El afán que tiene la sociedad de conocer todo y controlar todo nos deja, paradójicamente, más desorientados.
En este caos de sentimientos, recordamos con nostalgia un pasado que creemos más sencillo. Sentimos que esta faceta de nuestra existencia no nos representa. No nos representa como humanidad la incertidumbre y la desconexión. Mary Shelley revaloriza la pertenencia. El pertenecer a una familia, comunidad o una nación. Algo que parece desdibujado en nuestros tiempos donde parece que sabemos de todo, pero que nada nos aporta significado a nuestras vidas.
El relato de Víctor Frankenstein nos recuerda algo inquietante: el verdadero desafío del progreso no es descubrir hasta dónde podemos llegar, sino decidir si estamos preparados para hacerlo. Porque, más de doscientos años después, seguimos sin saber si estamos listos para asumir el poder que el conocimiento nos concede.
El progreso no avanza: arrastra. En Frankenstein, no hay triunfo del conocimiento, sino una deriva que no se interrumpe. El creador persigue a su creación. La creación devuelve esa persecución. Nadie se detiene. Y en ese movimiento, lo humano empieza a desdibujarse.

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