EL FUROR DE ESTAR JUNTOS
- Marina Julieta Amestoy (Mariné)

- hace 2 días
- 5 min de lectura
Por Mariné
El próximo furor. Idea: Federico Lehmann, Matías Milanese, Los Pipis Teatro l Texto: Federico Lehmann l Actúan: Martina Algan, Fran Bert, Rocío Busca, Eva Capusotto, Pedro Concetti, Ramiro Gelvez, Federico Heinrich, Malena Luchetti, Milton Novo, Ima Parise, Salvador Romano, Paloma Urquiza, Trinidad Xanthopoulos l Producción musical: Matías Calatroni, Majo Chicar, Caterina Rafaela Glüzmano l Piano en vivo: Lucía Mantinan l Letras de canciones: Lina Lavarello, Federico Lehmann l Coach vocal: Fran Abbondati Coreografía: Eloy Antunez Greminger l Asistencia musical: Lina Lavarello l Producción Audiovisual: Tatiana Boria l Producción: Tomas Savino, Los Pipis Teatro, Teatro Empire l Prensa: Prensópolis l Asistencia de dirección: Lautaro Mele l
Dirección: Federico Lehmann, Matias Milanese, Los Pipis Teatro l Duración: 90 minutos Función: 19/06
Lo contrario de la indiferencia no es la ira, es la ternura.
— Olga Orozco
Hay algo profundamente argentino en la necesidad de inventar un nuevo furor cada vez que la realidad amenaza con volverse insoportable.
Pensé en eso mientras veía El Próximo Furor.
Pensé también en algo que rara vez se reconoce con la justicia que merece: el teatro musical continúa siendo un género atravesado por prejuicios. Muchas veces se lo considera una forma escénica ligera, subordinada al entretenimiento y al despliegue espectacular. Sin embargo, las mejores obras del género demuestran que la emoción, el pensamiento y el disfrute no son experiencias excluyentes. El Próximo Furor es una de ellas. Entre canciones, humor y una energía arrolladora, construye una experiencia que conmueve y, al mismo tiempo, interpela. Nos hace reír y emocionarnos, pero también nos obliga a preguntarnos por los deseos, las contradicciones y las formas de vida de nuestro tiempo.

Hay escenas que se olvidan apenas termina una función y hay otras que permanecen alojadas en el cuerpo. En mi caso, más que una escena puntual, me quedó la sensación física de una sala respirando al mismo ritmo. Una comunidad efímera construida a partir de canciones, humor y deseo. Esa experiencia, tan simple y tan compleja al mismo tiempo, es quizás uno de los materiales más valiosos de la obra.
Pensé en las canciones que sobreviven décadas enteras porque alguna vez fueron cantadas por miles de personas al mismo tiempo. Pensé en los ídolos que se convierten en refugio, en las multitudes que se reconocen unas a otras alrededor de una misma emoción y en la extraña potencia de aquello que solemos llamar fenómeno popular. Pensé, sobre todo, en la necesidad humana de pertenecer.
Porque detrás de la estructura del musical, detrás del humor, de las coreografías, de la velocidad narrativa y de la brillante construcción escénica, la obra parece formular una pregunta mucho más profunda de lo que aparenta:
¿qué buscamos cuando nos dejamos arrastrar por el entusiasmo colectivo?

Lo primero que me llamó la atención fue que El Próximo Furor evita la tentación de burlarse de sus personajes. Podría hacerlo. Sin embargo, la obra elige otro camino. Se ríe, sí, pero también comprende. Y en esa comprensión aparece algo profundamente humano.
Mientras observaba el escenario, recordé algunas reflexiones de García Canclini sobre los consumos culturales. Durante décadas, gran parte de la teoría distinguió entre alta cultura y cultura popular como si fueran territorios separados. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra que nuestras identidades también se construyen a través de aquello que escuchamos, admiramos, compartimos y celebramos colectivamente. Los consumos culturales no son simples entretenimientos: son formas de producir sentido.
Desde esa perspectiva, el furor deja de ser un exceso emocional para convertirse en un acontecimiento social.
La obra parece comprender perfectamente ese mecanismo. Lo que está en juego no es únicamente una banda musical. Lo que aparece es una comunidad organizándose alrededor de un deseo común. Una multitud encontrando una narrativa compartida.
Por momentos sentí que la propuesta dialogaba con la noción de carnaval desarrollada por Mijaíl Bajtín. El carnaval, para el teórico ruso, no era simplemente una fiesta. Era un espacio donde las jerarquías se suspendían temporalmente, donde los cuerpos ocupaban el centro de la escena y donde la experiencia colectiva generaba otras formas de imaginar la realidad.
Algo de eso sucede aquí.

La música, la danza y el humor producen una experiencia de participación afectiva que desborda la representación. El público deja de ser únicamente espectador. Se convierte en parte del fenómeno. Como investigadora de las relaciones entre cuerpo, escritura y presencia, me resultó imposible no detenerme en ese aspecto. El furor no aparece representado; aparece producido. Se construye en tiempo real entre los intérpretes y quienes observamos. Circula. Se contagia. Se expande. Y quizás allí reside uno de los mayores logros de la obra. Porque no nos habla del deseo desde afuera. Nos hace desear. Nos hace participar de aquello que simultáneamente analiza. Nos convierte, aunque sea por momentos, en parte del mismo mecanismo que pone en cuestión. ¿Qué nos reúne? ¿Qué nos emociona juntos? ¿Qué nos hace cantar la misma canción? ¿Qué necesitamos encontrar en otros para seguir adelante? Las respuestas que ofrece El Próximo Furor nunca son unívocas. La obra oscila permanentemente entre la celebración y la crítica. Entre el entusiasmo y la sospecha. Entre la fiesta y la reflexión. Y es precisamente esa tensión la que la vuelve tan potente. Sin embargo, si algo permanece después de los aplausos, no es el espectáculo. Es la ternura. La ternura de quienes creen. La ternura de quienes esperan. La ternura de quienes necesitan compartir una canción, una ilusión o un recuerdo para sentirse menos solos frente al mundo. Quizás por eso el epígrafe de Olga Orozco vuelve una y otra vez mientras escribo estas líneas. Porque la obra podría haber elegido la distancia, el sarcasmo o la superioridad. Pero elige comprender. Cuando termina la función, las canciones permanecen resonando. Pero no son solamente las melodías las que persisten. Lo que permanece es la pregunta. Tal vez el verdadero furor no sea el que despiertan los ídolos. Tal vez el verdadero furor sea esa necesidad persistente de encontrarnos con otros, reconocernos en una emoción compartida y descubrir, aunque sea durante unas pocas horas, que todavía somos capaces de construir comunidad. Porque en un presente que parece empujarnos constantemente hacia la separación, El Próximo Furor se atreve a recordar algo elemental: que los cuerpos reunidos siguen siendo una fuerza. Que la emoción colectiva sigue siendo una forma de conocimiento. Y que, incluso en medio del ruido, todavía existen experiencias capaces de devolvernos la sensación de estar juntos.
En tiempos donde la indiferencia parece convertirse en una forma de supervivencia, El Próximo Furor apuesta por otra posibilidad: la de emocionarse con otros. Y esa apuesta, profundamente política y profundamente humana, es quizás su mayor acto de resistencia.
Todas las fotos pertenecen a TatI Boria
Esta reseña dialoga con lecturas provenientes de la teoría teatral contemporánea, los estudios sobre cultura popular, la filosofía de los afectos, la antropología de la fiesta y las investigaciones sobre comunidad y emociones colectivas.
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