Fuera de mí. Sobre "Menos detalles"
- Marina Julieta Amestoy (Mariné)

- hace 12 horas
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Por Marina Julieta Amestoy
Menos Detalles. Historia original: Rocío Gómez Cantero / Actúan: Carolina Saade, Gerardo Porión / Diseño y realización de títeres: Gerardo Porión / Diseño de arte y vestuario: Paola Delgado / Diseño de iluminación: Fernando Berreta / Música original: Pablo Viotti / Autoría de canciones: Gustavo Tarrío, Pablo Viotti / Diseño de movimiento: Milva Leonardi / Diseño gráfico: Trineo, Dalina Karin Degiorgi / Prensa: Prensópolis /
Fotografías: Nacho Lunadei, Laura Castro / Asistente de dirección y escenario: Julián Giménez Zapiola / Producción ejecutiva: Valeria Casielles / Producción general: Rocío Gómez Cantero / Guión y dirección: Gustavo Tarrío / Duración: 60 minutos / Edad sugerida: + 16 años El Galpón de Guevara, sábados 20hs. Función: 25/04
Un cuerpo. Dos. Tres. Otro (¿el mío?). ¿Cuántos más en esa penumbra que no termina de ser sala, escena o (solo) espacio? ¿Cuántos en los bordes, en los pliegues, en las sombras que no terminan de ser sombras sino restos de insistencia(s)? ¿Cuántos en los objetos que parecen estar ahí antes que nosotros, o después, o en un tiempo que no coincide con el nuestro?
Es sábado, en El Galpón de Guevara. Entro. Me siento. No espero. Es decir: no espero que algo se active.
Hay en esa quietud —que no es quietud— una espera sin objeto, inconsciente, corporal, disponible. Una forma de estar en/con/desde nada en particular, pero que tampoco se retrae: permanece abierta.
Me pregunto dónde empieza un escenario cuando nada parece empezar.
Cuando lo que aparece deja de ser presencia y se vuelve escena, sin organizarse, sin resolverse, sostenido en su propia inestabilidad.
No lo sé.
Y no necesito saberlo.
Porque en mi falta de precisión empieza a pasar otra cosa.
La atención deja de buscar un centro. Se desplaza, se fragmenta, se pierde y se recompone. Se detiene en un objeto que no explica lo suficiente, en un gesto incompleto, en una voz que no alcanza a decir. Y, sin embargo, todo eso sostiene el comienzo y deviene imagen.

Perder la cara (Bardet, 2021) —o perder el punto de vista— empieza a ser una posibilidad concreta. ¿Dónde situar lo corporal de estas significaciones que el cuerpo pone a obrar si el cuerpo mismo no se deja fijar en un lugar estable?
Miro.
O creo mirar.
Pero algo en ese gesto se desplaza antes de poder afirmarse.
Y es ahí donde la obra empieza a hacerse visible, no como plano escénico que se impone, sino como un campo autónomo donde la acción ocurre.


Menos detalles, dirigida por Gustavo Tarrío, se organiza desde un trabajo de relación entre materiales: objetos, sombras, música, voz. Nada se presenta como apoyo de otra cosa. Los objetos no son utilizados para confirmar un sentido previo; toman lugar en el transcurso, cambian de peso, desplazan la atención. A veces quedan, a veces interrumpen, a veces sostienen una forma que no se define del todo. En ese movimiento, lo que surge no se fija: permanece abierto, en ese resto que no se cierra, donde el sentido queda en suspensión, sin resolverse en un único significado.
Hay ahí una lógica que no es narrativa en el sentido más reconocible. El viaje que comienza se desarma a medida que ocurre. Lo que en principio se presenta como una experiencia compartida deviene una travesía introspectiva que reorganiza todo a su alrededor, volviéndolo un espacio donde el tiempo enviuda en su fauna de recuerdos.
En escena, Carolina Saade es la dramaturgia en su estado más orgánico.
Esa figura que está, que habla, canta y deja ver heridas que, aun en carne viva, encuentran su propia textura. Hay algo en esa exposición que no busca mostrarse, pero tampoco se retira. Permanece. Y en ese permanecer, la corporalidad, entendida como materia sensible, se reorganiza.
No es un cuerpo que conduce ni que acompaña. Es superficie y fondo por donde la obra pasa. Y, al pasar, cambia: de densidad, de ritmo, de posición. Esa operación no se subraya ni se vuelve evidente como procedimiento, pero organiza el modo en que la escena se mantiene en movimiento. Ninguna pieza queda intacta después de atravesarlo.
Carolina me atrapa en ese punto —entre otros—. No desde la intensidad ni desde el despliegue. Me toma por sorpresa en algo más íntimo y sostenido. Me quedo ahí. No hay un momento en el que eso empiece ni uno en el que termine. Simplemente ocurre. Y cuando quiero volver a mirar desde afuera, ya no estoy.
Su sola presencia es teatro: decir, canto, refulgencia y muerte. Todo a la vez.
Me devuelve a Anne Sexton. A ese poema donde escribe:
“Son seis naranjas sagradas posadas en mi regazo.
Son los árboles, las piernas del verano,
y el sol, su apasionado rostro.
Aun así, me fallan a menudo.
Tengo tanto de lo que quiero decir,
tantas historias, imágenes, proverbios.
Pero las palabras no son lo suficientemente buenas,
las equivocadas me besan.
A veces vuelo como un águila,
pero con las alas de un gorrión.”

Si hay un momento en el que dejo de mirar desde afuera, es este: en la voz de Anne y en la de Caro. En la aparición de un corrimiento leve donde mi cuerpo responde antes que yo. Me muevo, me inclino; por momentos dejo de seguir lo que sucede. No porque no entienda, sino porque no logro contener el vuelo de mi gorrión.
Ahora entiendo que mis movimientos no acompañan la obra: son parte de ella.
El duelo, la muerte, estar, irse. ¿Dónde? Pienso, me hundo, danzo hacia adentro y me descuerpo. Menos detalles abre un campo donde corporalidad, sujeto, objeto y pensamiento encajan sin ordenarse.
Y en ese campo, la pregunta deja de ser si eso es posible.
Todas las fotos pertenecen a Lau Castro, cortesía de Prensópolis
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