El arte, el trabajo y la vida entre dos ciudades: Sobre "Una Otra Yo"
Por Yamila Juara
Una otra yo. Actriz: Ana Municoy Coordinación técnica y puesta en escena: Julieta Kilgelmann
Dirección y dramaturgia: Carolina Defossé
En Santa Fe
Diseño de video y VJ en vivo: Desi Darrichon Asistencia de dirección: Lourdes Sack Asistencia en escenografía: Joaquín Adrove Cámara: Facundo Cernadas
En Buenos Aires
Asistencia de producción: Fernando Schanzenbach Asistencia escenotécnica: Luis Alvarado Prensa: Prensópolis
Teatro en simultáneo CABA: Área 623 Santa Fe: C. C. Provincial “Francisco Paco Urondo”
Un domingo a las cinco de la tarde, en una sala de Santa Fe y en una de Capital Federal, entran dos grupos distintos a ver la misma obra. Los separan 500 kilómetros, pero durante una hora están conectados.
La actriz ya nos recibe desde el primer momento con la frustración evidente en la voz. Es un tono conocido, el cansancio permanente de existir en el mercado laboral. Nos habla como a una amiga y su catarsis cala hondo en quien ha tenido que oír más de una vez la palabra “reinventarse”.
Además del agotamiento con el que prácticamente cualquier persona puede identificarse en el panorama actual, subraya un problema un poco más personal: habla de un desencanto con la vida del artista. Ese momento en que se rompe la ilusión de la belleza de una vida dedicada a “hacer lo que uno ama”. Dinero, recursos, exposición, difusión, gestión, planificación. El arte que quiere existir en un ámbito comercial necesita una red que lo sostenga. Muchas veces, ser artista significa ser todo aquello que sostiene nuestro arte. Ser tu propio jefe es ser tu propio empleado, y ser artista independiente es ser todo aquello a la vez.
Hay una disonancia entre el mito de una vida desprendida del artista y las necesidades materiales de la sociedad capitalista. Querer vivir del arte es navegar esa disonancia todos los días. Al mismo tiempo, la noción colectiva sobre lo que significa hacer arte suele banalizarlo y, en varias ocasiones, incluso adquirir un tono despectivo.

Sin embargo, el arte no es la única dimensión de la vida que aparece atravesada por ideas idealizadas dentro de la obra. La protagonista es seducida durante su discurso por la idea del éxito corporativo: la seguridad de la relación de dependencia, el confort de una vida materialista llena de lujos. Explora una versión paralela de sí misma, resultante de haber tomado aquel camino más tradicional.
Dentro de esta fantasía juega con todas aquellas cosas que construyen el estereotipo de una persona perteneciente a estos ámbitos: su forma de vestir, su familia, sus pasatiempos, sus ideales, sus valores e incluso su ideología política, o la falta de ella. En esta ida y vuelta verbal, estas dos vidas terminan estableciéndose como dos caras de una misma moneda: distintos sacrificios que estamos dispuestos a hacer dentro de un mismo sistema.
Una Otra Yo sucede simultáneamente en un teatro de CABA y en un centro cultural de Santa Fe. Una de las funciones es presencial, es decir, actriz y público comparten el mismo espacio, y es proyectada en vivo en la otra sala.
¿Podría grabarse antes y proyectar esa grabación? Sí. ¿Podría hacerse presencial en ambos lugares, en fechas distintas? También. Pero hay cierta maravilla en saber que esta experiencia la compartimos en ese mismo momento, no solo con las butacas vecinas, sino también con un grupo de personas a cientos de kilómetros.
Además, existe una pequeña revolución en que la función presencial suceda fuera de Capital Federal. Es el caso de tantas veces —demasiadas veces— en que pareciera que la creatividad y la innovación solo pueden producirse en las capitales para luego ser exportadas. Decisiones como esta, sea o no esa su intención, contribuyen a la descentralización del capital artístico.
Sucede algo particular con el formato en el que se desarrolla la obra. Solo hablaré desde mi experiencia, ya que tuve la oportunidad de presenciar la función proyectada en CABA y no la presencial en Santa Fe.
No me di cuenta al comienzo de qué era lo que me provocaba esa sensación de incomodidad tan fuerte. No fue hasta bien entrada la obra que logré identificar su origen

Una entra a la sala esperando una obra de teatro, en la que se produce un encuentro con un otro en escena. Se establece una conexión entre el público y el actor que es distinta de la que construyen otros medios. Por ejemplo, cuando entramos a una sala de cine no esperamos aquella conexión. No buscamos la mirada del actor ni le devolvemos energía con nuestras reacciones del mismo modo. Nos reímos en voz alta, lloramos o nos sorprendemos, pero nuestras reacciones son diferentes porque sabemos que frente a nosotros hay una persona que las recibe.
En una proyección, en cambio, no solo no sentimos la necesidad de interactuar como audiencia: sentimos la obligación de no hacerlo. El teatro en vivo nos permite trascender ciertas normas sociales que la pantalla no permite.
Es algo que pudimos comprobar una y otra vez, y que se volvió especialmente evidente desde la pandemia. Las reuniones, las clases, los festejos, el arte. Todo aquel color pierde un poco de saturación a través de la pantalla.
Vivimos en el período con mayor cantidad de maneras de comunicarnos, pero ¿qué nos decimos? ¿Realmente estamos más conectados?
Para seguir pensando algunas de las preguntas que abre Una Otra Yo, hay tres libros de Libros Mariné que entran en diálogo con la obra desde perspectivas diferentes. Videodanza: complejidad y periferia, de Susana Temperley, permite volver sobre la relación entre territorio, tecnología y circulación artística que plantea el encuentro simultáneo entre Santa Fe y CABA. Espacios y Lenguajes Escénicos, de Fundamental Ediciones, amplía la pregunta por el espacio teatral cuando intérprete y público dejan de compartir físicamente el mismo lugar. Y Ceremonias para actores desesperados, de Abilio Estévez, acompaña la reflexión sobre la condición del actor y las tensiones que atraviesan la experiencia de hacer teatro. Tres lecturas posibles para continuar la conversación allí donde termina la función.
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