Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve
Julián Pacheco (1997) nació en Córdoba, Argentina, ciudad en la que reside. Es hijo único y detesta el frío. Trabaja como redactor creativo en una agencia especializada en comunicación política. Participa de talleres de escritura creativa con Santiago Craig y con Pablo Natale. Su cuento “Las manos" fue publicado en la convocatoria “Cuentos de una siesta de verano” de la editorial Rama Negra.
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Meditar es lo mejor
La idea de pagar por respirar le parecía ridícula y sin embargo ahí está Yariel: ojos cerrados, espalda recta, siguiendo instrucciones para respirar junto a ocho desconocidos. “Iiinhalo por la nariiiz… Mantengo… Exhaaalo por la boooca…”. Yariel está sentado sobre un zafu. “Zafu”. Aprendió esa palabra hace minutos. También aprendió sobre la posición de loto. Piensa que es más difícil de lo que parece. Respirar también. La meditación es guiada por Sanaia. Yariel cree que Shanaia podría tener entre treinta y setenta años. Es difícil determinar la edad de las mujeres calvas. Lleva puesta una túnica naranja que le llega hasta los tobillos. Tiene canas en sus axilas y en su cara no hay arrugas. Tiene el cuerpo de una gimnasta olímpica y la voz de una locutora de radio teatro. Todo eso piensa Yariel y recuerda que Sanaia fue muy clara respecto a “pensar”. Dijo: “dirijo mi atención a la entrada y salida del aire por las fosas nasales; siento su ritmo sin intentar cambiarlo. Observo mi respiración, no la controlo. Es normal que aparezcan pensamientos; no me juzgo por eso. Solo los observo como nubes pasajeras y devuelvo mi atención a la respiración…” O quizá no fue tan clara. Posición de loto, ojos cerrados, inhalar, mantener, exhalar, no pensar, no juzgar. Difícil. Los ocho meditadores y Yariel están repartidos por la sala sin un orden claro. Sanaia camina descalza alrededor de ellos. La sala es, en realidad, una cabaña hecha de bambú y papel de arroz. En el centro de la sala hay un bonsai de arce y una laguna artificial en la que nadan carpas naranjas, negras y blancas. El sonido del agua se mezcla con una música tipo oriental y con un humo muy espeso que huele a humedad. La cabaña de bambú y papel de arroz está en un predio a quince minutos de la ciudad. Yariel creía que para encontrar tanto pasto había que alejarse al menos una hora de los edificios. Antes de comenzar la meditación, Sanaia les sirvió un té. “Les ayudará a comunicarse con su interior más interno”, dijo. Les explicó que se trata de un té espiritual que tiene sabor a luz y canela. Para Yariel tenía gusto a otra cosa. Intenta poner su mente en blanco, pero no logra mantener ese estado por más de diez segundos. Su cabeza está llena de nubes pasajeras que cambian de forma y se amontonan. Prueba poniendo la mente en negro y le resulta más efectivo. Yariel accedió a probar la meditación guiada luego de que su psicóloga le insistiera mucho. Hace tres semanas, Yariel tuvo su primer ataque de pánico. “Pagar por respirar es algo que hace la gente que tiene plata y tiempo de sobra”. Eso le había respondido Yariel a su psicóloga la primera vez. Después hubo un segundo ataque de pánico. Transpiración fría, palpitaciones, falta de aire… A Yariel no le sobra ni plata ni tiempo. Quizá por eso los ataques de pánico. Yariel fue recibido en el predio por un viejo vestido con una túnica celeste. Como bienvenida, el viejo le dedicó una sonrisa de encías y golpeó un gong muy grande. El predio es un terreno de varias hectáreas atravesado por senderos de piedras blancas que llevan a distintas cabañas. También hay un sendero que lleva hacia un bosque de cañas de bambú. Con los ojos cerrados, Yariel aún puede escuchar un residuo del gong que golpeó el viejo. No le gusta, lo altera. Piensa en que el gong debería cumplir la función contraria; piensa en que quizás el problema es él; piensa en… Pero recuerda las instrucciones de Sanaia (“pensamientos como nubes pasajeras”) y vuelve a intentar concentrarse en su respiración. Mantener los ojos cerrados durante tanto tiempo es más difícil de lo que parece. Estar rodeado de gente extraña no ayuda. Yariel se siente vulnerable y de ratitos abre los ojos para comprobar que todo sigue en su lugar. Sanaia lo descubrió una de esas veces y le pegó un tincazo en la oreja. A medida que la sesión avanza, Sanaia habla menos. En un momento, dice algo como: “pongo mi atención en la parte de mi cuerpo donde siento con más intensidad mi respiración… ¿Es mi nariz…? ¿Mi garganta…? ¿Es en mi pecho…?”. Yariel siente que donde debería estar su pecho hay una bolsa de consorcio negra rebalsada de plásticos, telgopor y vidrios rotos. Es una bolsa pesada que le presiona la caja torácica y casi no le deja espacio a sus pulmones. Intenta respirar hondo y largo, pero no puede. Sanaia dice: “inhalo con cada célula nueva que nace en mi cuerpo, incluso con aquellas que aún no aprendieron cómo hacerlo… Exhalo con cada célula agonizante, como si fuese lo último que esa célula hace por mí…”. Las respiraciones de Yariel son cortas y ruidosas. Los otros ocho meditadores alcanzaron respiraciones pausadas, profundas, y eso lo pone aún más nervioso. Se siente un intruso. Sostiene el aire en sus pulmones todo lo que puede y lo suelta por la boca. Hace un ruido similar al que haría un gato recién atropellado. Además, se marea. Las imágenes de sus pensamientos se apilan todas en una sola nube negra y cuando abre los ojos su visión está borrosa. El mareo parece un lugar más cómodo para que la meditación ocurra. Su cuerpo se afloja y Yariel se hunde en el zafu. La cabeza pesa más, como si hubiese crecido. Como si el cuello que la sostiene se hubiese achicado. Su respiración es densa y más ruidosa que antes. Yariel piensa en palabras como “glotis”, “laringe”, “tráquea” ... En algún momento siente un pinchazo en el hombro cuello. Es casi imperceptible y la sensación no llega a ser de dolor. Piensa en abejas que pican, pero que en vez de veneno inyectan miel. Luego, el negro se intensifica y sus hombros caen hasta sentir que se desprenden de su torso. Sanaia puede identificar una respiración ansiosa con solo escuchar una inhalación. Sabe del potencial de la respiración de Yariel. Lo ve derrumbarse a medida que el propofol que le inyectó hace efecto. Observa sin juzgar, igual que hace con sus respiraciones. Lentas, despreocupadas. “La iluminación a la que todos aspiran significa la aniquilación consciente de uno mismo”. Sania carga el cuerpo desmayado de Yariel casi sin esfuerzo y se dirige hacia el Templo Mayor. En el interior del bosque de bambú está el Templo Mayor. Es una construcción enorme, con paredes altas, rojas, de laca erosionada y detalles en dorado. El piso es de madera oscura, pulida por los talones de los monjes. Las cañas de bambú ayudan a que el Templo Mayor se preserve en el tiempo. Lo protegen del viento y de la lluvia. Sobre todo, lo esconden. Detrás de su puerta de bronce está el salón donde hace muchos años un Huda más jóven y sano oficializaba las ceremonias. La luz del reflector médico despierta a Yariel. Está tendido en una camilla de metal, manos y pies atados. El cuarto se parece al consultorio de su dentista en la ciudad, pero en lugar de certificados y pósters con muelas hay pergaminos escritos en sánscrito y estatuas doradas. También hay gente con barbijos y ambos que parecen túnicas de distintos colores. Yariel ve como estas personas entran y salen del cuarto, lo rodean, lo tocan en zonas muy específicas con delicadeza, usan sus estetoscopios para escuchar el ritmo de su respiración y asienten. Él intenta mantener los ojos abiertos, pero no tiene fuerzas. En una camilla junto a la suya está acostada Sanaia. Se miran, ella le guiña el ojo, él vuelve a dormirse. El trasplante de respiración es una operación tan antigua como sencilla. Realizada por profesionales, no debería llevar más de quince minutos. Con un aparato que se parece a una aspiradora pequeña se succionan las respiraciones y se las almacena en frascos. La respiración de Sanaia es translúcida y fluida. La de Yariel es una nube de mucosa marrón que hace burbujas. Para colocarle la nueva respiración a Yariel, el proceso es el mismo, pero al revés. Se cambia el frasco, el tubo ingresa por la garganta y, en lugar de apretar el botón que dice “OUT”, se aprieta el que dice “IN”. Un monje viejo con túnica roja y sombrero amarillo es el encargado de bendecir el frasco con la respiración viscosa de Yariel. Es una ceremonia un poco solemne a la que asisten todos los monjes del Templo. Es más larga que el trasplante en sí, pero es obligatoria para su digestión. Una vez bendecida, el monje sirve la respiración de Yariel en una taza de porcelana celeste. Muchos años de consumo de respiraciones ansiosas convirtieron a Huda en un gigante adicto, escuálido y malhumorado. Así es Su sacrificio. El gong se golpea para indicar comienzos y finales, pero también simboliza otras cosas. Con el tiempo, su sonido se vuelve más fuerte: las ondas chocan entre sí, el sonido se abre y deja una estela que se desintegra de a poco. Es un sonido que surge de la nada, se expande hasta inundar la sala y regresa al silencio. “¡Gonnnnnnng!”. Yariel inhala profundo, exhala y abre los ojos. Delante suyo, una mujer calva golpea por segunda vez el plato de bronce. Lo golpea con profesionalismo y Yariel percibe cómo su pecho vibra con la misma frecuencia que vibra el plato. Además, su posición de loto se siente más natural. Su espalda continúa recta sin hacer esfuerzo… ¡Y cómo fluye su respiración! Puede sostener el aire por minutos y, mientras lo hace, todo su alrededor parece estático. No, su alrededor se mueve, pero en cámara lenta. Mira como los otros ocho meditadores recogen sus zafus, intercambian sonrisas, reverencias y abandonan la cabaña de bambú y papel de arroz mientras el instrumento aún sigue vibrando. Son movimientos en fases que duran siglos. La forma en que huele y escucha también cambió: escucha el viento y los pájaros; huele sus plumas y huele ollas en las que hierven caldos con jengibre y sésamo; escucha risas en pasillos lejos de ahí, huele la humedad de la tierra donde está plantado el bonsai de arce, y escucha cómo sus raíces se estiran debajo de ella. También escucha una tos un poco enfermiza. “Ninguna pastilla podría…”, piensa Yariel, “es la meditación”. En la sala solo quedan él, aún en su posición de loto, y una mujer calva que se parece a Sanaia. La mujer calva le sonríe y le dice una frase en otro idioma. Yariel también sonríe. “Tan simple… Tan life-changing…”. ¡Meditar es lo mejor! Desde la ventana, encerrado en su cuartito del Templo Mayor, Huda espía a Yariel. Lo ve salir de la cabañita de bambú y papel de arroz. Lo ve caminar descalzo por el pasto y ve en su cara el placer de sentir todo como nuevo. Melancolía y envidia. Las tacitas de cerámica celeste vacías se apilan en una esquina del cuarto. Las que no están rotas, están llenas de colillas. Los trasplantes de respiración se volvieron frecuentes y digerir aquellas infusiones le lleva cada vez más tiempo. Huda ve a Yariel detenerse a respirar. Una respiración soberbia. Se sube a su auto, aún descalzo, lo arranca y se aleja por el camino de tierra. Desde el Templo Mayor se ve la ruta que lleva hasta la ciudad. Pasan miles de autos por hora, todos llenos de urgencias. Huda los sigue con la vista, un poco preocupado y con frío, hasta que desaparecen. Inhala.
Luego exhala el humo del cigarrillo.

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