Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve
Actualizado: 8 ago
Manuel Molina (Daimiel, España, 1984) es docente y graduado en Relaciones Laborales y Recursos Humanos. Publicó las novelas Arena en la garganta (2017) y Pan con Chocolate (2024), ambas editadas por ACEN Editorial. Sus relatos han sido distinguidos en diversos certámenes literarios. Actualmente reside en Madrid, donde colabora con artículos de cultura y opinión en Revista Popper y trabaja en su próxima novela. Instagram: @manuel_molinash.
LA TUMBA CELESTE
Es probable que la policía nos busque por la estúpida llamada de mi padre. Antes de que me lleven a una comisaría mugrienta a pedirme explicaciones, tengo el permiso de mamá para estampar el coche contra el primer puente que aparezca en nuestro camino.
Está decidida, no quiere esperar más. He pasado toda la noche llorando junto a ella en la cama. La habitación olía más que nunca a friegasuelos y lejía. Mi madre hace tiempo que dejó de ser mi madre. Con el paso de los meses y el bocado terrible de su enfermedad se ha ido consumiendo en una bolsa de pellejo que apenas puede caminar o comer. Este camino que hemos recorrido juntas no tiene nada de especial, pues la muerte, a pesar de entenderla como un final trágico, es necesaria. Necesita morir porque su cuerpo ya solo es una carga dolorosa. Una roca que aplasta sus huesos encima de un escenario donde la observamos atados a las butacas. Aquí no hay escenas eliminadas, ni cambios de guion. Es toda una cuesta abajo que desemboca contra un muro de hormigón, según sentencia mi padre. Yo prefiero pensar que es un río que la lleva a un mar donde todo se pierde. Un mar inmenso y azul que acoge las pequeñas aguas dispersas.
Unas horas antes veo pasar a la enfermera y me queda la sensación de que sospecha algo. Nos mira con descaro mientras comprueba la bolsa de suero y toma apuntes. He notado cómo remolonea alrededor de la cama preguntando idioteces. Es probable que mi padre, en su desesperación, confesara la inestabilidad emocional que llevamos arrastrando durante semanas. No quiero ni imaginar sus conversaciones en esta habitación o las constantes salidas a fumar a la puerta del hospital. Pavoneándose como artista famoso en la calle, ante los familiares apesadumbrados que tiran sus colillas al cenicero de metal. Nada me extrañaría que hubiera sido capaz de advertir de cualquier locura a una enfermera cotilla y pasada de rosca. De ahí también sus llamadas absurdas para saber cómo está mi madre a altas horas de la noche.
¿Cómo va a estar una persona que se muere?
Es muy difícil asimilar que deseas la muerte de tu madre. Sin embargo, cuando pasan los días y las ideas punzantes que te atormentan se van limando, entiendes que no pides nada raro. Que vas a agarrar con todas tus fuerzas los recuerdos de los años anteriores y que ahora toca despedirse. Soltar. Ya he pasado el duelo bajo la almohada de mi cama viendo todas las fotos. Las de mi infancia junto a ella en la casa del pueblo, los cumpleaños en Madrid con mis amigas del colegio, aquella en blanco y negro que tenemos frente al espejo maquillándonos, la de las playas de Cádiz... He llorado tanto que los ojos se me han secado. Son dos bolas huecas restregadas por la tierra. Siento de forma constante que caigo a un abismo infinito, esperando un golpe seco contra el suelo que nunca llega.
Estos últimos meses mi estómago se ha vaciado, a solas, en una esquina cualquiera.
Lo he purgado borracha o besándome con el primer gilipollas que se ha acercado en la discoteca. Alguna noche, tras salir de un antro oliendo a tabaco y ginebra he corrido por las calles como si huyera de una guadaña. A esas horas solo estamos los vampiros y los barrenderos. He intentado volar con largas zancadas mientras la ciudad empezaba a despertar. En esos momentos, quizás en pequeños instantes, he sentido que todo era mentira. Que mi madre seguía sana, limpia, sin ningún resto de muerte acechando.
Luego, cuando las fuerzas me han fallado o un reflujo ha subido por mi garganta con sabor a cerveza caliente, la realidad me ha golpeado de nuevo. No se puede escapar de esa corriente que te lleva hacia la profundidad del mar.
Estamos indefensas a merced de las aguas.
Cuando más lloré fue al principio, en el momento que un simple papel nos certificó que algo la estaba pudriendo. “Un Bicho”, así tituló mi padre —con sus absurdas manías de ficcionarlo todo— a aquel tumor asesino. El Bicho que irrumpió sin llamar en nuestras vidas golpeándolas para siempre. Pero así somos las personas, un propio universo dentro de la envoltura de la piel. Unos millones de seres vivos independientes a nuestro raciocinio que se desplazan dentro de una armadura de carne. No había nada que hacer. Pelear hasta el final y cuando llegase el momento de la rendición hacerlo de la mejor manera posible, como un samurái derrotado.
¿Pero cómo ser digno cuando el telón se baja de golpe y las luces se apagan?
Sobre las cuatro de la mañana hemos decidido que era el momento. Mamá se había quedado dormida por la dosis extra de opiáceos. Le ha costado levantarse y ponerse las zapatillas de deporte que le he traído en el bolso. Mientras se calza torpemente sobre la cama reclinada, recuerdo verla volar con su túnica amarilla sobre los campos. Lo hacía cada noche de verano, en la casa del pueblo, cuando el sol empezaba a meterse entre los picos de la sierra. Esa luz naranja la impulsaba como una chispa de una hoguera, como esas pequeñas bolitas que salen del fuego y flotan por el aire hasta apagarse. Así bailaba mi madre cuando el atardecer se vertía por las copas de los olivos y las viñas. Embriagada de vino blanco y con la ligereza de una mujer que podía haber
sido cualquier cosa excepto lo que fue. Por eso, en aquel instante de plenitud la dejábamos libre con la certeza de que escapaba de todos nosotros. Que huía de un mundo que la devoraba recordándole las obligaciones primarias. La gran anfitriona, la que leía novelas rusas, la que inventaba fiestas de disfraces, la que hablaba en el supermercado y terminaba olvidando media lista de la compra.
Mi madre, la mujer silenciosa detrás de un artista pomposo con corona de cartón. Mi madre es la ciudad en la que yo me pierdo para olvidar que se marcha en silencio. Mi madre es el edificio que se erige sobre un cielo raso mientras en el suelo se escupen y se devoran los sueños.
Ella sueña con los mendigos y los lagartos.
Todo el mundo duerme en este hospital de paredes blancas y ventanas opacas. Los pasillos están vacíos y las puertas, en su mayoría, cerradas. Espero no encontrarme con ningún segurata fisgón que le dé por preguntar dónde narices vamos a estas horas de la madrugada. Antes de abandonar la habitación he comprobado que la mercancía está en la mochila, a resguardo en el bolsillo secreto del forro. El brazo frío de mamá se coloca sobre mi cuello y siento como le cuesta dar cada paso. Se asfixia y me clava las uñas en el hombro. Su piel, a pesar del tono amarillo, sigue suave y huele a gel de algodón y almendras. Ahora no es el momento de hacerse preguntas. Pese a ello, por algún motivo que no logro entender golpea mi cabeza mientras pasamos por los
pasillos en dirección al ascensor.
Mientras bajamos hacia la calle observo a mi madre en el espejo. Juntas de pie, en este pequeño habitáculo, parecemos parte del cuadro de Hans Baldung “Las tres edades y la muerte”. Observo de reojo su rostro demacrado y sus antebrazos cubiertos de heridas por las agujas y a pesar de ello, la muy cabrona, sigue desprendiendo una belleza inusual. Sus rasgos orientales en los ojos, sus pómulos firmes y los labios que siempre han parecido una tortilla sin cuajar, esponjosos y apetecibles. Le digo que el coche está en las últimas filas del aparcamiento, por lo que tiene que caminar un poco más. Es lo mejor para pasar desapercibidas. Ella asiente con la cabeza, pero sé que va muy floja de energía. Le ofrezco un trozo de chocolate, pero haciendo un gesto de angustia lo niega. Pregunta por mi padre, se asegura de que no es conocedor de lo que vamos a hacer en cuestión de horas. Asiento con gesto rotundo mirando sus ojos grises. Insiste en saber de él y le digo que todo va bien, no quiero causarle más remordimientos.
Es imposible confesar que mi padre está roto. Siempre se ha hecho el duro, por su posición en la industria del cine y su aire de bohemio aburguesado. Ahora soy consciente que ha interpretado un papel desde que cumplí los diez años y sabía que comenzaba a generar recuerdos. Su vocación frustrada como actor la ha volcado en nuestra casa. El papel de su vida ha consistido en vendernos que era ajeno a todo. Que el dinero podrido de su familia, aquella que detesta y que de igual modo lo odia a él, es su salvoconducto para caminar por encima de la gente. No es un caso de clasismo, mi padre evita a los señores que consumen restaurantes caros y joyerías. Él se siente cómodo entre artistas humildes o personas de los márgenes que le proporcionan ideas para sus películas. Es un parásito y está destruido porque sabe que su vida va a ser aplastada por una soledad terrible. Mi madre es su raíz, su tierra. Él siempre ha flotado a dos palmos del suelo y ha sido sujetado por ella para que no terminase de perderse envuelto entre sus nubes y pájaros de cristal. Ahora que ella se está despidiendo, mi padre es un niño tirado en el sofá, pensando en qué nuevo guion escribir. Lo conozco y sé que ha intentado cubrir la realidad de la enfermedad y la muerte con sus barnices de fantasía. Esos cristales opacos que se ha puesto delante de los ojos durante toda su vida. Pero la muerte, a pesar de su capa mística, es una realidad absoluta. Y esa realidad le ha atropellado.
Una brisa fina de madrugada sorprende a mi madre y le eriza la piel. Las luces del parking están apagadas en su mayoría y cuesta encontrar el coche. En una garita de seguridad un hombre de pelo canoso intenta no quedarse dormido mirando una pequeña televisión portátil. Nos ve salir, pero como teníamos hablado, saludamos con media sonrisa y seguimos andando. El hombre nos levanta la barbilla, se coloca las gafas y enseguida vuelve a lo suyo. Mi madre se asusta, pensaba que nos iba a echar el alto, llamar a las enfermeras o incluso a la policía. Nos reímos por su dramatismo mientras buscamos el coche. Una vez entramos en el vehículo y pongo la calefacción la escucho respirar agitada. Le cojo la mano y ella la aprieta mientras me indica que arranque. Salimos despacio, las luces verdes del hospital se reflejan en su rostro. La ciudad está en completo silencio a pesar de los coches nocturnos que nos acompañan por las calles. Miramos Madrid desde la ventanilla, nos dirigimos hacia la playa más cercana. Ella quiere adentrarse en el mar, verterse como un río que llega a su fin.
Siempre me lo dijo: “nada de cementerios ni misas, quiero perderme como una flor en
el mar”.
Mientras avanzamos por la carretera le hablo a mi madre del sueño que tuve la pasada noche. En ese sueño yo vivía dentro de ella, como si jamás hubiera nacido. No era un feto perpetuo dentro de su barriga, sino más bien una especie de energía que había decidido quedarse dentro de su cuerpo. No flotaba en el líquido amniótico ni estaba atada al cordón umbilical, sino que podía ver el mundo a través de sus pupilas. Hablábamos en una especie de voz en off, esa que tanto le gusta poner a mi padre en sus películas. Era una sensación hermosa, como si fuéramos un juego de muñecas rusas compartiendo todo. Entonces mamá me contaba el mundo.

.png)



Comentarios