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Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve

Florencia Schulman tiene 33 años y enseña Lengua y Literatura. Tiene dos gatos y escribe mejor durante el silencio de la mañana.

Algo parecido a la franqueza


Son las cuatro de la tarde de un día caluroso y estoy en un balcón amplio que no sé

describir en términos geométricos. Siete años recién cumplidos y una devoción por

todas las partes de las que se compone un gusano. Durante esas semanas los agarro

cerca de la orilla del río y me los guardo en bolsitas.


Yo pesco. Tengo una caña simple: tanza, palo y anzuelo. Veo que los especialistas tienen una manivela que tensan y tensan cuando sienten que el pez agarró. En esa zona solamente hay bagres. Son tan feos que los pescadores los devuelven al río. Es una recompensa muy lastimosa para el tiempo que exige estar ahí e igualmente yo encuentro en esa actividad una forma de expresión de mi personalidad. Juego con mi paciencia para ver hasta donde llego, cuántas horas soporto sin hacer nada, nada y más nada. Mi hermano no puede como yo. Espera un rato a que el pez se agarre pero no soporta que la actividad no sea como un videojuego, no soporta que esto sea algo que pueda o no pasar. Yo lo vivo como propio y aprendo algo parecido a la franqueza.

Ser franca conmigo misma es un collar que llevo colgado toda la vida, lo tenso para hacerlo gargantilla, lo dejo más suelto cuando se vuelve puro daño. Sé que hay cosas que pueden pasar o no pasar. Y que a mí me van a pasar poco. Contadas veces. Aprendo, además, que cuando me pasan no las puedo disfrutar. Mi mamá dice que la gente, desde el río, empieza a gritarle que venga rápido, que corra a ver a su hija que está agarrando un pez gigante. Mi mamá nunca ve el pez que saco. Explica que como había sido tan pesado para mi cuerpo lo devolví al río rápidamente, antes de que ella llegara, pero asegura que en la escena había mucha gente alrededor azorada por mi perseverancia. Mi mamá les dice a todos los que encuentra a su camino, se dice a sí misma, que nadie es tan insistente como yo. Mi mamá sostiene, cada vez que narra ese recuerdo, que todos están fascinados por el pez, por la niña que sostiene el pez, el papá pez de los bagres. Yo estoy segura de que lo invento, o de que le doy a mi mamá historias sueltas, probablemente ajenas, para que invente arriba de ellas. No hay fotos mías con el papá pez bagre.


Hay fotos de ese verano, sobre el balcón, sentada como india y jugando con gusanos. Ese día los sacó de las bolsitas con tierra para tocarlos. Los dejo al aire libre mientras yo me baño. Después me siento en una silla para que mi mamá me pase el peine fino de los piojos. Me duermo con un poco de fiebre, levanto. Levanto hasta llegar a 39 y mi mamá se contiene a sí misma para no volverse ella febril. Pienso, durante esa noche, que mis gusanos deben estar tranquilos, disfrutando del viento de verano. Que al otro día me voy a sentir bien para seguir jugando con ellos.


Me despierto sin fiebre, pero me pesa toda la parte de abajo de la cara. Son pequeñas erupciones que se expanden hacia abajo hasta tomar mis labios inferiores y la pera completa. Mi mamá también lo tiene cuando levanta fiebre. Cuando está estresada. Cuando recibe una mala noticia. Como yo, que el día anterior, en medio de la puesta del sol me enteré de que ese año sería el último en el colegio al que voy. Dispongo de mi cuerpo para vivir la angustia y mi mamá insiste en que yo, ahora, como ella, tengo herpes. Que es para siempre. No sabe que yo la puedo superar: puedo llenar mi cuerpo de vesículas que, agrupadas, narran mis tristezas. Llego a niveles sorprendentes e instalo las ampollas en distintas partes de mi cuerpo. Salgo con dolor a ver a mis gusanos y los encuentro disecados. No puedo agarrarlos porque se pegan al piso y mi mamá, a pesar de mi llanto, trae una espátula para romper la adhesión. Rompe en partes a los gusanos secos y los tira a la basura. Me dice que tengo que ser más cuidadosa, me promete que a la tarde va a traer nuevas lombrices para jugar y me advierte que esas no van a poder quedar al sol.


Lo que más me preocupa es que mis nuevos compañeros del colegio crean que yo soy así. Que en la concepción de mi cuerpo vino anexado un territorio que podría ser, no sé, la provincia de Jujuy. La forma del herpes, veo, tiene la misma forma que Jujuy. Es fácil darse cuenta, tiene forma de zapato. De zueco. No es como la bota del mapa de Italia, esto es en realidad un zueco. Cómo le explico a mi nuevo grado, el primer día de clases, que lo que tengo en la boca y en la pera no es para siempre, que no me robé ningún territorio, que no soy ladrona. Que se creó sobre mí, hace poco menos de un mes, una costra blanca, amarilla, cada vez más oscura. “Se va a volver negra y cae solita cuando se seca” según los médicos. Mi mamá ya sabe eso. Lo sabe porque ella sufre de lo mismo, pero cuando me pasa a mí parece no saber nada.


El mundo empieza cada vez que yo o mi hermano tenemos un problema. En mí, un herpes podría ser el indicio de una enfermedad incurable o peor aún, jamás vista, no diagnosticada. Vamos a tener que viajar a los Estados Unidos o a Cuba para probar un tratamiento experimental. Vamos a tener que ir con un médico especializado que cobra en dólares o en una moneda que no conocemos y a la que solo tienen acceso las personas ricas. Mi mamá viajaría conmigo, papá se quedaría cuidando a mi hermano.



Yo sé lo difícil que sería para mis papás tener que hacer todo eso, van a tener que vender la casa que tanto les costó conseguir. Vamos a tener que hacer una rifa, como la que hacen las personas a las que se les incendian las casas, las que pierden todo en las inundaciones.


Por orden de aparición: esa vez, la primera, en las vacaciones a la orilla del Delta. La segunda, sin motivo aparente, una ampolla solita y dolorosa en el lado derecho del labio superior. Las siguientes, a los nueve años, por eso que mi mamá llama “fritanga”. A los diez, por el sol y fiebres leves. Once, doce y trece (en adelante y para siempre) pensamientos obsesivos que no puedo expresar más que a través de este bicho y de gestos repetitivos. También está todo lo otro, lo que no tiene explicación. Me muerdo el labio, trago de una manera especial para hacer un ruido en la garganta, un ruido que me calma. Me trueno los dedos. Cuando mi mamá usa tijera para cortar algo, un papel, un paquete de arroz, muerde su lengua. La coloca a un costado y la muerde, sin fuerza, pero con constancia, como si fuera un interruptor que le permitiera mantener la línea por la que va la tijera. Mi madre se concentra mediante muecas que la estabilizan.


Entonces llego a la adolescencia. Es, como para casi cualquier chica en este mundo, una etapa rasposa. A partir de esa edad, cada vez que llega el verano, lo odio de la misma forma. No se parece en nada a lo que solía ser cuando era chica. Me preocupan cosas que antes no. Soy rolliza. Soy excesivamente blanca en comparación con cualquiera que no sea de mi familia. Una amiga me invita a la costa a pasar las vacaciones con su familia y me detengo a analizarlos, trato de entender sus comportamientos. El papá es igual a todos los papás que conocí: existe en esa familia y también por fuera de ella. No es lo mismo con la mamá. Ella parece estar destinada a ser madre y todo lo demás es accesorio. Mi amiga es hija única, así que me inspiro y le otorgo una muestra gratis de lo que es la hermandad. La peleo, la irrito y la hago reír en partes iguales. Alquilamos unas bicicletas oxidadas que nos llevan por caminos de asfalto y tierra. Cuando llega la bajada pedaleamos con más velocidad hasta que caigo por culpa de una piedra que no consigo esquivar. No lloro, aunque quisiera. Me levanto estoica y llevo a mi lado la bicicleta que perdió la cadena. Mientras camino no emito ninguna palabra. Mi amiga no entiende qué me pasa, me habla y yo no respondo. Desde el momento en que esa decisión me toma a mí, no puedo dejar de hacerlo. Quiero decir algo, pero no sé cómo.


Mi mamá y los veranos junto a ella, en las casas que alquilamos en playas deshabitadas para no estar “uno arriba de otro, como hacen todos en Mar del Plata”. Mi hermano picando la pelota sin parar contra una pared del jardín, mi mamá pidiéndole por favor que deje de hacerlo. Ya que mi hermano no puede parar, ella nos lee mientras papá duerme la siesta sagrada. A través de la lectura consigue la hipnósis. Lee en voz alta Vivir para contarla y nosotros nos reconocemos en una vida en Aracataca, en un hombre que, al final de su vida, narra su infancia. Cada siesta de mi papá es un capítulo de historia ajena. Se nos lee todo el libro “porque el sol del mediodía es muy fuerte, vamos a eso de las seis”. Llega al final, casi al mismo tiempo que llegan al final nuestras vacaciones e imprime en mí la frase con la que termina el libro: que la vida no es la que se vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla.


Todo este tiempo llevo sin hablar, mi amiga se asusta. Me confiesa, cuando cae la tarde, el pensamiento que la dominó: que la caída de la bicicleta me había provocado la mudez. Estaba segura, científicamente, de que eso no tenía ningún sentido. Pero lo pensó igual. Entre risas, dice que en el momento no podía parar de preguntarse cómo le iba a explicar a mi mamá que yo era muda. No sé, el viaje en bicicleta, una piedra. Está así, muda. Perdoname, Celia, no sabía que las piedras podían hacer eso.


No lo digo, pero sé que solamente estaba muda para afuera. Adentro, griterío, acusaciones, palabras desafiantes. ¿Cómo podés estar así porque te caíste? Eso es porque no apretaste el freno. Vos sos excelente andando en bicicleta. Sos excelente en casi todo lo que es destreza física. Y artística. Esto es ridículo ¿Qué te pasó? ¿Te olvidaste? Hablá. Decí algo. Decí “estoy bien, tranquila” y ya está. Pero no, no digo nada.

Esa noche salimos a pasear por la peatonal con los papás de mi amiga, ellos entran a jugar al casino y nos dejan a nosotras libres. Nos sentamos a mirar el mar porque nos aburre todo lo demás y volvemos a entrar en el terreno más fértil, el de reírnos de mi repentina mudez. No pasan más de dos horas y vemos que, caminando hacia nosotras, aparece una amiga que también está vacacionando ahí. Llega junto a sus primos que tienen nuestra edad o un poco más y se sientan a mirar este mar. Se ríen con nosotras porque se enteran de que yo fui muda durante casi un día entero y se revela ante mí una nueva verdad sobre el mundo: si se ríen de lo mismo que yo, si bajo el efecto de la marihuana puede ver lo ridículo que es el tiempo, la necesidad de estructurarlo en horas, minutos y segundos. Si comprenden lo extraño que es escuchar música, hacer música. Ay, la música. Nadie siente la música así, ¿Alguien siente esto? Si entienden que reírse es explorar los detalles hasta volverlos elásticos. Entonces hay conexiones que sólo se explican a través del humor ¿Viste lo que dije? Es genial, esto es genial. Esta noche, este verano. Tenemos solo dieciséis años. Diecisiete, dice Rey, el morocho de rulos. Los demás se ríen de otras cosas. Él es el que mejor me sigue. Está adentro de mi cerebro y se ríe de mis ocurrencias. ¿Te imaginás ser muda en serio? ¿Cómo cantás una canción que te vuelve loca a los gritos? No podría, le digo, pero seguramente, para un mudo, gritar no significa nada. Hay cosas que solo se vuelven una necesidad porque son físicamente posibles. No necesitamos cosas que no sabemos que podemos producir. ¿Pensaste en cómo seríamos si tuviéramos un sentido más? No, el de ver muertos no, ese no. Otro, como el del olfato. Rey se sube a mi discurso y se acomoda. Vemos, de lejos, un barco y empezamos a imaginarnos cómo seríamos si fuésemos marineros. Que una tormenta nos hamaque, que tengamos que pedirle a Dios que, por favor, esta vez no nos lleve. Hay un algo que me pasa con mi nuevo amigo Rey y empiezo a sentir que abajo de la bombacha hierve algo que hasta ese entonces nunca había hervido. Se parece a lo que sentía por el chico de la novela de la tarde. Es como el latido del corazón, como me late la vena que me atraviesa el cuello cuando corro. Es similar, pero yo estoy quieta, no agitada.


Se hace la hora de volver. Cuando nos estamos yendo, Rey agarra mi mano y dice que me quiere volver a ver, que la próxima vez me va a llevar a caminar con él por la playa. Mi amiga lo escucha y durante el camino de vuelta arenga para que al día siguiente lo bese. Yo, que ya dí algún beso rápido, alguno sin sentimiento, alguno por curiosidad, ahora quiero darle un beso a este chico que parece haberme conocido y que, a pesar de este aspecto que le devuelvo al mundo ve en mí algo destacable, algo que querría llevar a caminar por la arena. Nos dormimos. Repaso la conversación con Rey, pero no la puedo seguir, no la encuentro. Solo queda la sensación. Me despierto tranquila y veo en el espejo mis ojos enrojecidos expulsando una especie de líquido pegajoso. Me pica, no veo bien. Al otro día nos vamos, así que puedo terminar de recuperarme en casa. Nos quedamos mirando la novela de la tarde y descubro que cualquier bicho puede aparecer cuando no debe. Esta vez es frente a la posibilidad del goce. Es nueva esa forma. Ese verano no beso a Rey, no quiero que se quede con esta imagen mía. Como él vive en otra provincia nos escribimos por mail durante algunos meses, pero no nos vemos nunca más.


Florencia Schulman
Florencia Schulman

 
 
 

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