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Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve

Juan Sebastian Ordoñez (Calima el Darién, Colombia, 2004) es estudiante de Licenciatura en Literatura en la Universidad del Valle. Su obra ha sido publicada en antologías y en revistas de Colombia, Chile y Perú. Ganó el primer puesto en el 6.º Concurso de Cuento Corto de la Biblioteca Mario Carvajal y obtuvo la quinta mención de honor del Premio Nacional de Poesía Maruja Vieira–RTVC 2026. Fue finalista del XII Premio Nacional de Cuento La Cueva. Dirige la revista literaria Azul Oscuro y ha publicado las plaquetas La curandera, Este insomnio, Poemas para mi funeral y La flor en el tanque.


Mi padre llorando


Hay una fotografía de mi padre parado a un costado mío vigilando la corriente

bochornosa. No nos miramos, pero estamos juntos. Aún no nos diagnosticaban el odio, el

resentimiento, la vergüenza desnuda. Solo éramos padre e hijo, evitando la orfandad,

comiendo del mismo plato. Nos amábamos. Luego llegaron los hombres a enseñarnos cómo

se mataba el cariño. La imagen nos hizo inmortales en lo que fuimos, en esa mirada infantil

que lo observa todo desde abajo. Por eso papá es esa ropa, esa pose, esa mirada congelada en

el retrato. No hay nada más de él. Un desconocido que pasó por nuestro frente nos la tomo

con su cámara, y papá, tan emocionado de haberme llevado de viaje, le ofreció dinero para

que el hombre se la entregara en papel.

Ese día llegamos a su casa y lo único que decoraba la sala era otra fotografía, de un

huérfano vestido de comunión con los ojos envueltos en lágrimas y rabia. Un niño dominado

por el diablo. Me acercaba para tocar el frio del cristal que separaba el papel de la imagen al

tacto de mis dedos. Papá sacó su foto de niño, gigante, para poner la nuestra, diminuta, en el

portarretrato que la cargaba. La imagen de su comunión quedó guardada bajo el colchón de

su cama. Lo primero que hice luego del entierro fue ir a su casa para acostarme sobre ella, la

misma en la que lo encontraron muerto, acobijado con la sábana y los zapatos puestos. Quise

asegurarme de que todas sus ropas estuvieran colgadas en el armario y que nadie hubiese

sacado esa foto de debajo del colchón

Cuando me dijeron su nombre, me sorprendí, porque era el mismo, lo compartíamos.

Pero papá era otra cosa, una carne convertida en una belleza que jamás se volvería a repetir.

Y saber que había muerto me causó la satisfacción de la libertad concebida, de cortarme la

parte de carne no reconocida por nadie jamás. Eso era mi padre, un desconocido con el que

me crucé varias tardes en la calle cuando regresaba a casa, un anciano sentado en la banca

fumando, un adulto, conduciendo a mi lado. Eso era mi padre: un cualquiera en el mundo.

Un cualquiera que, sin embargo, era enteramente mío.

Nunca había visto su casa, rodeada por tantas plantas y cortinas que desde afuera daba

un aspecto abandonada. Nunca pensé que mi padre lograra mantener un lugar donde dormir.

Papá murió por el miedo, por el silencio de sus noches, por nunca haber venido a visitarlo.

En sus mesas todas las cartas, todos los lápices y las llaves. Todas sus cosas en los bolsillos

de los pantalones. La foto diminuta seguía postrada en la pared como la única decoración de

la sala, arriba del sofá, sin haber pedido el color gracias al vidrío. Esa tarde reconocí la

fotografía como siempre la había recordado: el presagio de lo que vendría ese mismo día en

la noche.

—¿Amaneció en la calle? —preguntó mi padre. Vivo, pero molesto.

Parado atrás de la mesa de la cocina revolviendo unos huevos rancheros en un plato

lleno de aceite. Masticaba. Me miró de pies a cabeza y se empinó para asomar su cabeza para

observar con más atención el charco de agua y sangre que brotaba de mis piernas. Cinco años

sin vernos y la primera impresión, para ambos, no era la mejor: comenzaba a quedarse calvo.

Sus ojos parecían haberse aclarado y el cuerpo se le había consumido hasta volverlo apenas

reconocible frente al hombre que yo recordaba de mis ocho años.

—No, no. Salí a correr temprano… estoy intentando mantenerme entretenido.

—Imposible—terminó de masticar—. Con el frío que hacía esta mañana me parece

impresionante salir de la cama para hacer ejercicio. Estaba tan nublado que ni siquiera pude

ver que no estabas en la cama.

—¿No te duelen los brazos?

—¿Cuándo?

—Cuando hace tanto frío ¿no sientes que se te mete al cuerpo? —le pregunté. Mi voz

de trece años, mi cuerpo de muchachito insoportable.

—Ya te vas a acostumbrar, así es siempre.

La acumulación de agua se extendía como un hilo hasta la puerta. Había nadado en

estanque de los patos y uno me mordió las piernas.

—Ayer que llegaste no pudimos vernos… llegué tarde del trabajo, ya estabas dormido

¿muy cansado del viaje?

—No quería regresar—dije la verdad.

Papá, que estaba lavando su plato, detuvo su movimiento cuando me escuchó;

irritado, cerró la llave del agua y se mojó el rostro con las pocas gotas que le quedaron en la

mano.

Mi padre había insistido en la nula posibilidad de permitirme mudarme. A diferencia

de mi madre, tan pasible y consoladora, él insistía con frecuencia con mi regreso a la casa, a

sus cuidados, a la irracional idea de quedarme con él en una casa propia.

—Volver era algo inevitable… tarde o temprano tenía que regresar a la casa.

—¿Por qué? —pregunté.

—Uno se va solo por instantes, Santiago. Uno se aleja demasiado de los sitios, pero

siempre hay algo que te hacer volver… que te jala con tanta fuerza que no te da el tiempo

necesario para mirar el camino.

—Yo vine por ti.

—No—contestó. Se acercó de regreso a la mesa con un trapo limpio enredado en las

manos—. Tú no regresaste por mí, estás aquí porque fue el único lugar donde te permitieron

pasar las vacaciones… por eso volviste a la casa.

Con la tela intentó secarme la cara empapada, pero a la mitad de la tarea la expresión

se le llenó de enojo, parecido al rencor, y terminó entregándome el trapo para que yo mismo

intentara secarme.

—No está mal no querer regresar…—continuó—. Sin embargo, uno empieza olvidar

los motivos por lo que se fue de casa, la mente los desaparece.

—Yo todavía los recuerdo.

—Bueno, cuando me muera te vas a olvidar que el motivo era tu padre.

Se escondió en el fondo del pasillo y regresó con el trapeador en sus manos, estaba

enfadado porque se mordía las malas palabras murmurando casi en silencio. Secó el charco

de agua de la puerta a mi asiento. Rendido por la cantidad de agua mi padre se decidió por

trapear todo el suelo, pero como había olvidado lavarlo antes de restregarlo la casa quedó

con un olor a mugre y barro. Me sorprendió ver que ya no le daba vergüenza agarrar con

ambas manos los utensilios de aseo, que ya no discutía, ahora se arriesgaba a ponerse de

chacha y contagiarse de las cosas de mujeres que tanto señalaba. Probablemente mamá lo

había domesticado, esos eran los cambios, ajustarse a las nuevas de la soledad.

—¿Tomas café? —preguntó.

—No, no tomo. Nunca me gustó el café papá… bueno, el de esta casa.

—¿Qué tiene?

—Amanece guardado en una olla sobre el mesón, sabe mal.

—No sabe mal, nunca ha tenido mal sabor—renegó—. Es el mismo café que tu madre

ha hecho desde que nos conocimos, antes de que nacieras. Yo todavía lo hago.

—Bueno, pues ya te acostumbraste.

—Te falta a ti a acostumbrarte entonces.

—¿A qué?

—A la vida que te tocó. A pensar que yo también puedo ser tu madre.

Dejó el trapeador acostado en la pared y subió al segundo piso oliéndose los dedos de

la mano.

Me vi el pecho sucio de barro, mis cejas también tenían tierra en ellas, me urgía una

ducha. Cuando me levanté vi que la ropa continuaba empapada y caminar hacia las escaleras

arruinaría la mala limpieza que papá había hecho; me percaté de que papá no estuviera cerca,

próximo a aparecer en la cocina, y asegurando el sitio opté por bajarme la pantaloneta, con

la ropa interior, dejarme el pene flácido colgando y salir corriendo con la ropa húmeda en

mis manos hacía el segundo piso también. Sin embargo, el charco de agua no se detuvo y se

extendió, no dejó de seguirme, bajo mis pies mojado las escaleras hasta el pasillo de arriba.

Cuando intenté cruzar a mi habitación, al cuarto de reblujos que papá acondicionó

con una cama, escuché un sollozo terrible que parecía el quejido de un perro grande. El

lamento de alguien desangrándose. Dejé la ropa tirada en el suelo y me cubrí con las manos

la entre piernas, el ruido del llanto me llevaba a otra puerta abierta, la última, la que protegía

a mi padre en su habitación. Llegué a ella dando pasos silenciosos para que no me escuchara.

Asomé la cabeza por el hueco de la puerta y lo vi desnudo, sentado en la orilla de la cama,

con la ropa tirada en una esquina y la espalda doblada como si le hubieran partido algo

adentro. Lloraba cubriéndose la cara con ambas manos. A sus pies, sobre la alfombra, estaba

la fotografía del niño vestido de comunión. No sé si la había sacado él o si la había pateado

al buscar dónde sentarse, pero la vi boca arriba, mirándolo también. Papá no se dio cuenta de

que la estaba pisando con el talón.

Papá el frágil, el pequeño, el débil. Mantenía su espalda en una curva que mostraba

los huesos de su columna, lo delgado de la vejez. Luego, sus manos no soportaron la cantidad

de lágrimas de sus ojos y optó por tirarse al suelo. Fue la primera vez que le vi el pene a mi

padre, fue la primera vez que le vi el llanto, fue la primera vez que supe que en él existía la

tristeza. Crucé la puerta, pero el agua no me siguió. Corrí hacia mi padre y me acurruqué con

él, lo abracé como si fuera tan pequeña para lograr caber en mis brazos. Me pareció que era

un recién nacido. Y él no se asustó, me miró con sus ojos largos de tristeza y me abrazó.

Éramos una misma cosa. Mi padre llorando como un animal herido y yo la cría que lo mordía,

Había una fotografía de mi padre parado a un costado mío vigilando la corriente

bochornosa. La única foto en la casa. No nos mirábamos, pero estábamos juntos. Aún no nos

diagnosticaban el odio, el resentimiento, la vergüenza desnuda. Solo éramos padre e hijo,

evitando la orfandad, comiendo del mismo plato. Nos amábamos. Luego llegaron los

hombres a enseñarnos cómo se mataba el cariño.

 
 
 

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