Cuerpos de Texto |Primera Edición |Narrativa Breve
- Gabriela Bertolotti

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Gabriela Bertolotti
Nací en Paraná, Entre Ríos (Argentina) en 1965. Me crié en zonas rurales de Santa Fe. Actualmente vivo en Ciudad de Buenos Aires, jubilada como docente de Literatura e Historia, formadora de docentes y supervisora de escuelas medias. Curso la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. En 2023 fui finalista del VII Concurso de Microrrelatos Carmen Alborch de Fundación Montemadrid. En 2024 resulté seleccionada como una de los cinco ganadores del Concurso Entre orillas organizado por la Municipalidad de Paraná, por lo que tres de mis cuentos han sido publicados.
CIUDAD Y PAÍS DE RESIDENCIA: Ciudad Autónoma de Buenos Aires,
Argentina
LA PODA
Verónica tiene una cicatriz que le cruza el pecho desde la axila hasta el
esternón. A veces late con puntadas pequeñas. Siente entonces que una aguja
de hielo le está bordando la piel. En días de calor pica y ella imagina que una
hormiga con su carga hace equilibrio por ese cordón rosado. La cicatriz tiene
forma de una sonrisa torcida. O una canoa con su proa hacia la luna cargando
su pecho izquierdo. Su manzana perfecta a la que le han dado un tarascón.
Cuando Verónica levanta ambos brazos como pidiendo al cielo un poco de
lluvia, nota que el izquierdo no alcanza la altura del derecho. Sabe que es culpa
de la cicatriz interna y que debería ejercitarse más para recuperar la elasticidad
del músculo. Pero, extrañamente, ese tirón que siente en su carne no le molesta.
Esa línea que la recorre es un trofeo. A ella no la mordió un tiburón; sufrió el
ataque silente de unas células insurrectas escondidas en un conducto mamario.
Una traición de su propio cuerpo. Por eso luego del baño se mira desnuda en el
espejo empañado y acaricia despacito su pecho. Siente cariño por su teta herida,
el mismo tipo de amor sobreprotector de una madre hacia su cachorro enfermo.
Un mañana Verónica se despierta con comezón bajo la axila, justo donde
termina (o empieza) ese tajo que la surca. Al tacto siente que hay algo allí: un
grano, una protuberancia. Quizás un quiste. Con habilidad y juego de espejos
consigue verlo. El bulto tiene el tamaño de una semilla de girasol. No le duele,
pero molesta. Todo el contorno está caliente y levemente enrojecido. Cuando se
lava, el agua que corre la alivia. Al día siguiente palpa algo que sobresale.
Contorsionándose como una malabarista lo mira detenidamente. Es verde, no
hay lugar a dudas. Es un brote.
Lo que más le molesta a Verónica es el corpiño aplastando la pequeña
hoja arrugada que quiere abrirse. De modo que desecha la prenda y de a poco
empieza a disfrutar del bamboleo suave de sus pechos liberados. En pocas horas
una tierna ramita serpentea sobre la cicatriz y se enrosca sobre sí misma a la
altura del corazón. Pequeños botones se forman y Verónica sueña que serán
flores. Ojalá sean jazmines. Comienza a vestirse con camisolas amplias que
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disimulan lo que sucede. De vez en cuando, mientras viaja en el subte o espera
en la vereda de la verdulería, Verónica espía por su propio escote y sonríe. Le
parece que es justicia que le nazcan flores, porque se lo merece. Con el perfume
que exuda ahora su teta engalanada, ella olvida ese fantasma que le murmura
al oído cuando te descuides, volveré.
Un día, mientras pica cebolla en la cocina, la toma por sorpresa una
picazón insoportable en el bajo vientre. Verónica recuerda entonces que cerca de
su sexo duerme la cicatriz de las cesáreas. Larga y transversal imitando la bolsa
de una mamá canguro. Cierra los ojos para recordar a sus hijos escapándose por
este cierre invisible. Se levanta la blusa con ansiedad. Doblada sobre sí misma
como en el inicio de un origami se examina. Recorre dulcemente la costura en su
piel con el dedo índice. Sí. Ahí está. Algo puja por salir justo en el centro, en línea
recta con su ombligo. La hoja que se asoma es del color de la sangre vieja. Podría
ser un ciruelo. La sola idea de volver a dar fruto la marea. Mientras sus dedos
hábiles tejen el repulgue de las empanadas, imagina su abdomen cubierto de
azahares que se convierten en esferas dulces. Por las tardes pasea sonriendo con
el vientre germinado escondido en lánguidos vestidos. Tres meses. Sólo hay que
esperar tres meses y podrá compartir este secreto que trepa por la tierra fértil
de su panza hacia su pecho florecido.
Es una noche sofocante cuando la despierta el calambre feroz en la
pantorrilla derecha. Tarda unos segundos en entender qué sucede. Sin encender
la luz, se sienta en la cama buscando estirar el músculo que se retuerce con
voluntad propia. La palma de su mano interrumpe el masaje cuando se choca
con dos bultitos calientes. En la oscuridad, la boca del perro bravo la vuelve a
morder mientras su bicicleta de niña cae de lado en el camino de tierra. Con sus
dedos recorre el borde de dos mínimas púas que se abren paso tímidamente en
la piel varicosa. Pero no se asusta, sino que siente curiosidad ¿Será una rosa
aterciopelada? ¿O una Santa Rita desfachatadamente fucsia? Por la mañana
examina las cicatrices de su pierna que ahora tiene unas líneas verdes brillantes
descendiendo hacia su tobillo. Las espinas tempranas no rozan la piel, forjan un
escudo que le da seguridad. Ya no importan las fauces abiertas, la baba entre los
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colmillos. No siente miedo. Con esta enredadera pinchuda que sube desde su
talón a la ingle, ella se siente tranquila. Protegida.
A veces se para sin ropa frente al espejo del ropero y se mira de frente y
de perfil. Su figura está diferente. Se pregunta si debería recortar las hojas
nuevas, un poco acá, otro poco allá. Darle forma. Darse forma. Una nueva silueta.
Finalmente decide que está bien así. Que esa es ella ahora.
Con la llegada del otoño se transforma nuevamente. Se sonroja y aliviana.
Y con el invierno se aletarga y palidece. Verónica casi no sale de su casa. Duerme.
Mira fotos viejas y relee libros que saca al azar de la biblioteca. Se sienta en el
banco de su jardín a tomar sol, lejos de la mirada de los vecinos. Camina descalza
por la tierra seca. Después de la lluvia, los dedos de sus pies se regocijan en el
charco. Se ha vuelto más callada y quizás por eso, de vez en cuando, algún pájaro
se le acerca y picotea buscando lombrices junto a sus pies desnudos. Un hornero
recolecta material para su casa. Con el pico lleno de barro fresco mira a esta
mujer inmóvil que observa el cielo sin pestañear.
La llegada de los zorzales coincide con un reverdecer de su cuerpo. Una
mañana una artera puñalada de dolor detrás de su hombro la obliga a
arrodillarse. Sabe qué es. No necesita usar los sentidos para reconocer que lo
que está brotando es un cactus tremendo. Las agujitas se abren paso y corren
hambrientas por el hueco de la columna vertebral. Arde. Un asteroide le estalla
en la piel. Ya era hora. Con una mano busca el omóplato donde la cicatriz se
esconde hasta de su memoria. Siente el reborde áspero y la protuberancia la
pincha con sus espinas de dientes afilados. En la ventana se reflejan otra vez su
ojo morado, la boca hinchada, el brazo enyesado. Verónica grita sin sonido y con
cada exhalación su espalda se raja para dar a luz nuevos bracitos vegetales que
se elevan como puños con aguijones.
Lentamente camina hacia el patio y se detiene en el césped nuevo que
reverbera con el rocío. El sol la reconoce. Con la gentileza de un amante le
calienta el lomo dolorido. El creciente escozor en el cuero cabelludo es la señal
que estaba esperando. Sabe con certeza que le está naciendo un aromo. Con la
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yema de los dedos lo acaricia reconociendo las hojas plumadas y los suaves
pompones amarillos.
Cuando su mejilla estalla en una magnolia sonríe con voluptuosos pétalos
blancos, suaves, de bordes sutilmente oxidados.
Es tarde se dice a sí misma mientras las ramas ávidas le cierran la boca,
los ojos, los oídos.
Debí iniciar la poda hace mucho tiempo.
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