Cuerpos de Texto | Primera Edición | Escrituras Híbridas
- Juan Carlos Rodríguez Soriano
- hace 1 día
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Juan Carlos Rodríguez Soriano (Madrid, España, 1968) es poeta y técnico logístico en Metro de Madrid. Ha publicado los poemarios Sintiéndote, poemas desnudando el alma (2020) y Rumores del silencio: versos del alma (2023). Su escritura explora los cruces entre la poesía y la experimentación formal, indagando en los límites del lenguaje, la memoria y la experiencia íntima.
Traducción fallida del insomnio
Ensayo poético sobre el arte de no saber decir lo que duele
Poema fuente (hallado en la vigilia del tercer día)
Esta noche he encontrado un poema. No sé dónde estaba. No sé si lo escribí yo o
si lo escribió alguien que ya no recuerdo. Solo sé que estaba ahí, en la pantalla del
móvil, a las tres y veinte de la madrugada, cuando el insomnio se había convertido en
un paisaje y yo en un habitante más de ese paisaje.
El poema decía así:
La nóque del desvelo
riega su habla en el falso techo
y el cuerpo es un moscardón que no alcanza
la vera de su propio peso.
La luz del poste, quemada,
entra por el resquicio del estor
y dibuja una mano que no es mi mano
pero es mi mano, y tiembla.
No sé qué lengua es esa. Parece español, pero no lo es del todo. Nóque no existe
en el diccionario. Vera suena a antigua, a Cervantes, a cosa de pueblo. Estor es una
palabra que mi madre usaba, y que ya casi nadie dice. Quizá por eso el poema me habló.
Porque estaba escrito en la lengua de mi infancia, esa que no se enseña en las escuelas,
esa que se aprende en las cocinas y en los patios de Alcorcón.
Traducción preliminar (v.1)
Como buen técnico, mi primer impulso fue traducir. Poner orden. Pasar aquello a
un idioma que entendiera todo el mundo. Al español normativo, al de la RAE, al que no
tiene nóques ni veras ni estores.
Este fue el resultado:
La grieta del insomnio
derrama su lenguaje por el cielorraso
y el cuerpo es un zumbido que no logra
tocar el borde de su gravedad.
La claridad de la farola, fundida,
se cuela por la rendija de la persiana
y traza una mano que no es la mía
pero es la mía, y tiembla.
Quedó bonito. Quedó literario. Quedó, sobre todo, falso.
Notas del traductor
Nota 1
He optado por grieta frente a nóque. En la lengua de la duermevela –llamémosla
así, con perdón de los lingüistas–, las oclusivas velares indican obstrucción, pero a las
cuatro de la madrugada toda obstrucción es, en rigor, una entrada. Quizá debí
escribir puerta. Corrijo sobre la marcha, que para eso está la noche.
Nota 2 (corrección sobre la v.1)
La versión primera es un fracaso. Dice derrama su lenguaje, pero el verbo
original, riega, implica constancia, un humedecimiento lento, como el que hace uno con
una regadera de lata cuando no quiere despertar a nadie. ¿Quién riega? Una mano. ¿Mi
mano? Ah, no caí: el poema habla de mí, de pie en la cocina a las tres, regando el
geranio seco para no pensar en tu nombre. El techo no es un techo, es el límite de lo que
sé decir cuando la cabeza zumba y las palabras se tuercen.
Nota 3
He escrito cielorraso en lugar de techo, porque en el barrio decimos así, con esa
erre doble que suena a obra mal acabada. Pero el original dice falso techo, y eso cambia
todo: el falso techo es el que instalaron en el salón hace veinte años, el de placas de
escayola que se comban con la humedad, donde se acumulan las polillas y los silencios
que no compartimos. Derramar el habla allí es un acto inútil, como gritar en una caja de
zapatos. La v.1 se queda corta, es academicista, de manual de taller literario. No la tiro,
la dejo aquí para que se vea el error.
Nota 4
Moscardón no es zumbido. Un moscardón es algo más corpóreo, más torpe, que
choca contra los cristales sin entender el concepto de transparencia. Así estoy yo desde
que te fuiste: dando cabezazos a lo que parece aire y es muro. La traducción dice no
logra tocar el borde de su gravedad; pero el original, no alcanza la vera de su propio
peso, habla de un borde que no es geométrico sino físico, la orilla de una cama, el filo
de una silla, el límite donde el cuerpo se sabe pesado y a la vez se olvida de sí. He
metido gravedad para sonar profundo, y ha sido un error de principiante. Lo que quería
decir es peso, simple, sin adorno.
Nota 5
La luz del poste es la de la calle Brasil, la que entra por la ventana del cuarto
pequeño. Está quemada porque fundió el filamento hace tres meses y nadie la cambia, y
parpadea con un ritmo que parece el de una respiración enferma. En la v.1 la
llamo claridad, que es una palabra de poeta de boina, y la hago fundida, que suena a
eléctrico, pero no a muerto. El original no engaña: está quemada, huele a quemado, tiene
ese olor a polvo caliente que se pega a la sábana. Y entra por el resquicio del estor, que
en la traducción he convertido en rendija de la persiana, y he perdido el matiz: un estor
no es una persiana, es un enrollable de tela barata, con cuerdas que se enredan y un
tirador de plástico que se calienta al sol. El resquicio es el sitio por donde se cuela la luz
justa para ver la forma de tu ausencia.
Nota 6
La mano que dibuja la luz no es mi mano, pero es mi mano. Esta línea no debería
traducirse, debería leerse en la lengua original y punto. La he traducido como traza una
mano que no es la mía / pero es la mía, y el posesivo se ha vuelto posesivo de verdad,
un objeto de propiedad, cuando en la duermevela la mano es la de nadie, la de un vecino
que se asoma, la de un niño que no he tenido. Y tiembla. El temblor no es metafórico, es
el pulso acelerado, el café de las once de la noche que aún no he digerido, el dedo índice
que no acierta a borrar el mensaje escrito y no enviado.
Nota 7
He pensado en llamar a esto ensayo poético. Pero no sé si es un ensayo ni si es
poesía. Es más bien un cuaderno de bitácora de una noche de insomnio. Una bitácora
que registra no la ruta, sino el extravío. En mi trabajo, una bitácora sirve para que nada
se pierda. Aquí sirve para que yo me pierda, y que eso, de alguna manera, sea el
hallazgo.
Epílogo: La noche como único verso verdadero
A las cinco y veinte, después de tres versiones desechadas y siete tazas de café,
caigo en la cuenta de que no hay poema. Solo hay una pantalla que brilla contra la
oscuridad de la calle, un cursor que parpadea como la luz del poste, y la certeza de que
este cuaderno de notas es el único verso verdadero.
He traducido el insomnio a palabras, y las palabras han resultado ser el mismo
insomnio disfrazado. He querido poner orden en el desorden de la noche, y el orden se
ha revelado como una forma más de desorden. Porque hay cosas que no se traducen.
Hay cosas que solo se viven, y que al vivirlas se vuelven intraducibles.
Cuando el alba asome por el resquicio –esa luz nueva que no pide permiso, que
se cuela sin llamar– apagaré el ordenador, bajaré el estor del todo y me tenderé en el
borde de la cama, que es la vera de mi propio peso, y quizá, por fin, deje de intentar
nombrar lo que solo se soporta.
El cuerpo es un moscardón que ha dejado de dar vueltas. Y eso, por ahora, es
suficiente.
Sinopsis
Traducción fallida del insomnio es un ensayo poético que nace de una pregunta
aparentemente sencilla: ¿cómo se traduce al español normativo un poema escrito en la
lengua de la duermevela, esa que no tiene gramática, pero tiene ritmo? A través de un
poema fuente inventado y sus sucesivas traducciones –cada una más fallida que la
anterior–, el autor explora los límites del lenguaje para decir lo que duele, lo que se
escapa, lo que solo se siente en la intimidad de una madrugada sin sueño.
Con una voz que huye del academicismo y se ancla en la experiencia cotidiana
–el trabajo, el ruido de una farola quemada, el gesto de regar un geranio a las tres de la
madrugada–, este ensayo es a la vez una reflexión sobre la escritura y una confesión
personal. No busca respuestas definitivas, sino compartir el camino de quien intenta
nombrar lo innombrable y descubre, en el fracaso de ese intento, la única verdad
posible.
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