Cuerpos de texto | Primera Edición | Escrituras Híbridas
- Maumy González

- hace 1 día
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Maumy González (Venezuela, 1974) es escritora e ilustradora. Vivió durante quince años en Argentina y reside en Bulgaria desde 2021. Sus cuentos han sido publicados en revistas y antologías de Argentina, entre ellas Bailarinas (2018), Basura (2020) y Mujer y escritura: 35 autoras argentinas de hoy (2022).
Es autora de los libros de cuentos Todas las mañanas un muerto (2014) e Imagina la felicidad (2017), publicados en Argentina, y del libro ilustrado Τα όνειρα του γάτου (Sueños de gato, 2017), editado en Grecia. Su obra combina escritura e ilustración en un diálogo constante entre imagen y palabra.
Anatomía de una separación
He establecido un orden.
Primero, mover la mano hacia el costado de la nalga derecha. Después, tantear. Es un gesto
mínimo, distraído, como quien hace garabatos en una hoja de papel mientras habla por teléfono.
Lo hago bajo la ducha, al vestirme, incluso sentada. Toco. Constato. Alejo la mano.
No duele. Solo es una protuberancia insensible que, a esta altura, parece un pezón. El
tercero. Eso también es parte del orden.
No sé en qué momento comenzó a crecer. Al principio, era un lunar del tamaño de una
lenteja que descubrí enjabonándome las nalgas.
Un día comenzó a engordar. No paró hasta tener forma de coliflor. Tamaño de baya madura.
Él fue quien le puso nombre. Dijo que parecía un tercer pezón.
Desde que comenzó a crecer evito mirarme de cuerpo entero frente al espejo. No es una
decisión consciente, solo pasa. Quizás porque algo en mi cerebro dice que lo que no se ve, no
existe.
El cuerpo aprende a ser económico sin que se lo pida. La mayoría de las veces me visto de
espaldas a mi reflejo: pantaleta, sostén, remera, jeans. Listo. Puedo empezar el día.
Son las nueve de la mañana. Él recibe un mensaje. Lee y me cuenta que sus amigos
alquilaron en el pueblo una quinta por el fin de semana y nos han invitado a pasar la tarde. Esa
misma tarde. Después habrá asado. Hay que ir preparados porque hay pileta, dice. A mí se me
arruga algo en el pecho.
Pileta, pienso, y la mano se va, automática, a la nalga derecha. El tercer
pezón sigue ahí, aunque no lo vea.
Llegamos en bicicleta. La casa de la quinta está al fondo del jardín, rodeada de eucaliptos,
arbustos de rosas, hortensias y pasto al ras. A un costado está la pileta. Pedaleamos hasta el
borde. El grupo ya está adentro. Nos saludan. Dicen que nos saquemos la ropa, que el agua está
linda. Él sigue las instrucciones. Yo me siento en el pasto. Los miro chapotear. De lejos. No tengo
la menor intención de asolear el tercer pezón.
Hay un nombre clínico para la protuberancia: verruga. Lo busco en internet. Descubro que
es una pápula de superficie rugosa, con forma de coliflor. Término vegetal para algo que parece
carnívoro. En algún lugar decían que para eliminarla había que ponerse ajo machacado por unos
días. Eso hice. Termino con la nalga quemada y el tercer pezón intacto. Fresco, cual coliflor recién
cortado.
En la cama, al dormir, me acurruco siempre del mismo lado: el derecho. Mi cuerpo se
maneja solo. Responde a la costumbre como responde al orden de tanteo. Él me busca bajo las
sábanas. Yo saco un poco el cuerpo. El torso girado unos grados, el brazo interceptando su mano
que baja hacia las nalgas. Las caricias son las de siempre. Me curvo como una víbora, alejando
las caderas, acercando el torso. Hacemos el amor a oscuras.
En la penumbra, el tercer pezón no existe.
A veces, en la ducha, lo toco. No para constatar, sino para entender. Paso el índice por el
perímetro, por la superficie rugosa, la piel fina. Lo sostengo como una baya madura a punto de
caer. ¿Hasta cuándo piensas quedarte?, le pregunto, aunque sé que no trabaja con fechas.
Trabaja con acumulación. Un tejido blando que no necesita autorización para reproducirse.
Lo aprieto. Lo estiro. Lo lavo con agua y jabón.
Organizo fotos viejas. En muchas estoy en bikini, junto a mis hermanas. Distintas playas del
Caribe. Todas con sonrisa. Ninguna con tercer pezón. En las últimas, estoy con él. En ninguna hay
playa.
Mi deseo busca otras rutas. Unas que él no conoce. Aprendo a desdoblarme. Trabajo.
Cocino. Limpio.
Él deja de venir a almorzar.
No sospecho nada. Puedo pensar cualquier cosa de él: hastío, dejadez, depresión, falta de
ganas de hacer. Le conozco hasta la manera de hacer silencio.
Cenamos. Le cuento mi día. Él solo asiente. Mastica como un rumiante. Al final, mientras
levanto los platos, lo veo mirarse las manos, reclinado en la silla. Hay algo extraño en su postura.
Un no-se-qué. Me agacho frente a él. Le busco los ojos. ¿Qué te pasa?, digo. Él sonríe. Nada,
dice, y yo vuelvo a los platos. Sí, me pasa algo, dice a mi espalda. Vuelvo a mirarlo. Tenemos que
hablar, aclara, y lo que dice me golpea como un gancho al hígado. Me quedo sin aire. Afuera
cantan las chicharras.
Pasan tres días. Él duerme en el sofá. Le digo que tiene que irse, no tolero verlo. Él recoge
sus cosas. Mi mano sigue haciendo el mismo recorrido: toca la protuberancia por encima de la tela
del jean. Toco. Constato. Alejo la mano.
Él se ha ido. Se llevó su ropa. Se llevó sus libros.
Me paro frente al espejo. Giro el torso. Miro mi nalga derecha. Ahí está el tercer pezón:
último resabio del cuerpo que él dejó
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