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Cuerpos de Texto | Primera Edición | Escrituras Híbridas

Milagros Belén Gil. Desde Ramos Mejia, Provincia de Buenos Aires, uso la escritura como refugio para transitar la noche. En mis textos convergen la soledad, el humo denso del pucho y los trenes. Escribo porque mirar no me alcanza; necesito capturar los silencios que me rodean. Construyo una voz que observa el mundo desde el margen, intentando darles sentido a las horas solitarias, un intento torpe para que los mapas jamás se borren de mi cabeza.

Instagram: @ellalatiene_, @anatomiadelanoche

Mastico a un chico como chicle de vidrio, lo sudo en mercurio y me doy cuenta en la forma que parpadeás: ME QUIEREN MÁS CHICA. Midiéndome los contornos con regla escolar, ESTÁN, un centímetro más y exploto en tu cara. ¡BANG BANG! ¿Y si pierdo índice de masa corporal hasta hacerme desaparecer? ¿Poner la tristeza debajo de la lengua para no salir volando? ¡No! No voy a tragar más mi respiración, no voy a tragar más (COMPLETALO CON LO QUE QUIERAS…

            VASOS ROTOS

                        BORRACHOS-MARICONES

                                   FUTUROS DE LA NACIÓN). Me caracterizo en especial por arruinar el decorado, desborde total, accidente de camiones en la ruta que te jode la rutina. Y si mi anatomía te desordena el Feng Shui, lo lamento un montón. Iuris et de iure: soy asfalto caliente, soy maleza, soy DERRAMADA. Porque de aquí no me muevo: soy el verde infinito que rompe las baldosas de tu casa. No preguntés, ¡lo sé porque te ví la cara! Asusto más de lo que fascino. Y no preguntés: no voy a hacerme una línea, doblarme en mí misma, primero a la mitad, después en cuatro, después en ocho, hasta entrar en el agujero de tu puerta. Mi conclusión es otra: mi volumen fue demasiado y ay, no me alcanza. La fantasía nunca es suficiente.

Si el tren no vino, no vino.

El metal tendrá sus razones

y yo tengo este banco de madera

que no me pide nada

cuando me confunden

con el paisaje de la estación.

 

Si escuchás que estoy perdida,

estoy perdida

de forma CAPITAL!.

Y tengo muy poco interés en encontrarme.

 

Me desordeno sin motivo

aparente,

me gusta.

Me gusta que la vida sea tan blanda

cuando dejás de apretarla con las manos.

No hay drama en el desencuentro.

No pasa nada.

No pasa nada.

 

No me interesa guardar un nombre

que nunca vino, si lo anoto en papel

es para pasar el rato…

escribiendo…

como poeitisa demasiado trash

del conurbano bonaerense.

Por eso escribo sobre trenes

y no subtes.

Eso debería ser suficiente

para diferenciarme algorítmicamente,

asumo.

 

Acá se ve el cielo, aunque esté sucio,

y el tiempo es un chicle pegado

abajo del asiento: no avanza,

pero se estira.

 

Escribo para que me lea el viento

o que no me lea nadie, no importa.

No te espero,

no me busco,

no escapo ni me quedo,

porque jamás llegaré a tiempo

a lugares donde no quiero estar.

 

Eso debería ser suficiente,

perder el tiempo es mi única forma de ganarlo.

Escribo y pierdo.

Escribo y pierdo.

 

Fumo el tiempo que me sobra,

el Sarmiento siguió de largo

(¡se me explotan los sesos!).


Se hace de noche

en nuestro balcón de la vida,

cuando me aburre la superficie terrestre.

Acá mi corazón es más grande.

Veo el laberinto fluorescente porteño

que digiere taxis y corazones rotos,

me banco todo con el pecho abierto.

 

Soy la espectadora enamorada de un monstruo precioso.

 

Por eso,

vení y contame de tu botella vacía.

No me voy a poner triste, lo juro.

Lo sé por la forma

en que me inclino sobre el borde:

estamos suspendidos

en una lengua de cemento.

Contame tus pedacitos de vida

que soltás en este vacío

pensando que se pierden.

Yo los atajo.

 

Puedo ser esa canción para vos,

si querés,

puedo capturar toda esa poesía involuntaria

que te habita.

 

En este confesionario de caldo estrellado,

soy el Dios voyeurista que absuelve a todos.

Será toda esta humanidad

que me da una ternura asquerosa.



El cielo es un bloque de grasa que aúlla

entre la humedad del aire.

Cinco de la tarde, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Una gota más.

Una gota más y explota en mi cara.

 

Con un cigarrillo en la mano,

vivo el melodrama de la muchacha triste

pero no su estridencia para ser salvada.

Que no vengan

los milagros monumentales,

absolutos y ascendentes.

 

Porque quiero estar sola

del consenso insoportable del gran mundo

que mi vocación es otra.

 

Porque las cerámicas están rotas,

porque la luz parpadea,

no me interesan las cosas concretas,

no me interesan.

 

Es simple termodinámica:

si no abro una válvula urgente,

la cabeza me revienta.

Y así, en caída vertical

y contra todo pronóstico favorable,

resuelvo mi estupidez general

en este baño que podría ser mi vida.

Es aquí mi pequeña rebelión

contra el buen gusto

y la profilaxis obligatoria de la época.

 

Ahora que escucho el tren y vibra mi espalda,

recuerdo que sobreviví al impacto.

 

Doy una última seca,

el atardecer me pinta de naranja sucio

y mi lucidez está intacta:

mi pierna ardida y los auriculares al palo,

siento la arrogancia de quien acaba de ganar,

en absoluto silencio,

una discusión que nadie más entendía.


Trapito de rejilla, vomito toda mi mierda

en este ranchito ciego de la provincia

de Buenos Aires.

Me especializo en arruinar el decorado,

mis espasmos son de hecho,

asunto de Estado.

Y mientras armo mi espectáculo

de cuarta categoría,

te aviso para que no vengas:

hay accidente en la cañería

interna por exceso

de biología. Y sin acrobacias para salvar

mi orgullo,

chiquito en mi culito del mundo,

con el revés de la mano:

siento la demolición que baja

por la garganta

por la ruta más breve del asco.



(Escuchando losing my edge live at madison square garden ON REPEAT). Estoy perdiendo mi filo. Estoy perdiendo mi filo contra un hombre inútil que habla de postestructuralismo para no lavar los platos. Mostrame tu sensibilidad de chico sensible, escuché que tenés una lista con todos los grandes poemas de las grandes poetisas argentinas, escuché que todos tus escritos son mucho más relevantes que los míos. Pero yo estuve ahí, leyendo Ioshua a porteños hiperculturizados en la pedagogía del descanso, en clubs de vermú y lectura opcional y careta. Y estoy perdiendo mi filo contra gente más creativa, más flaca y con menos humedad en el techo (lo siento en este abandono que trae consigo esta libertad de mierda). ¿Y TE GUSTARÍA HACER ALGO REAL? Yo estuve ahí, haciendo poemas con el cuerpo antes que saques tu libro de poesía instagramera con sensibilidad villa crespera, porque mi biografía es un derrumbe que me violenta y me encanta. Estoy perdiendo mi filo con mi poesía demasiado literal clavada en la pared de cemento que no deja de sudar, estoy perdiendo mi filo contra cuerpos de alambre y luz que no cargan con la gravedad del párpado. ONTOLOGÍA DEL DESCARTE, la sangre no es verídica y mi obsesión por tu cuerpo tampoco. Basurita en el ojo, corazón en la garganta, hecho a imagen de poesía experimental ¿BUSCÁS EL ORIGEN? Dejá de chupar la vitrina y mordé el metal, el gusto a sangre no pide permiso. ¡Mi poesía no es literal, es evidencia, BOLUDO!



Milagros Belén Gil.
Milagros Belén Gil.

 
 
 

Bio

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