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BAILARINAS INCENDIADAS: UN MANIFIESTO INFLAMABLE POR EL TIEMPO.

Performers: Milva Leonardi, Carla Di Grazia, Luciana Acuña, Julián Cabrera, Agustín Fortuny

Música original: Agustín Fortuny Asistencia: Carla Grella Investigación de movimiento:

Milva Leonardi, Carla di Grazia, Tatiana Saphir, Luciana Acuña Luces: Matías Sendón

Coordinación Técnica: Adrián Grimozzi Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte

Textos: Mariana Chaud, Alejo Moguillansky Colaboración Dramatúrgica y video:

Alejo Moguillansky DJS en vivo:Agustin Fortuny, Carla Di Grazia. Producción general

Gabriela Gobbi Dirección: Luciana Acuña


Basada en una investigación de Ignacio González. Función: 18/07. Centro Cultural Borges


En esta obra-fiesta de Luciana Acuña (con un gran equipo) los límites entre forma y contenido, tiempo y espacio, arte y técnica, se derrumban. El tema se desintegra en diferentes perspectivas que componen al hecho en sí, caótico e irreductible, como el fuego.


Una fina ilusión lumínica que el humo enturbia, como la memoria a la historia, que la resquebraja y recompone en cada intento.


3 bailarinas: la propia Luciana Acuña, junto a la destreza impresionante de Carla Di Grazia y el histrionismo increíble de Milva Leonardi. Se encienden al sonido pirata de Agustín Fortuny, electrónico, industrial, multifacético, que le pone voz y cuerpo a la acción, en un clima incandescente que lo consume todo:


+     Emma Livry (1863 - Ópera de París) 

+     Clara Webster (1844 - Teatro Drury Lane de Londres)

+     Las hermanas Cecilia, Ruth, Abeona y Hannah Gale (1861 - Teatro Continental de Filadelfia)

+     La Telesita (figura mítica del norte argentino)

+     Obreras anónimas de la combustión


Dos bailarinas con tutú blanco en un escenario con humo; una salta y otra se inclina con los brazos extendidos. Baillarinas incendiadas

TODAS EN LA HOGUERA

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EN DOS ACTOS


Una propuesta multitemporal en la que todo se mezcla. Materiales, relatos, técnicos, bailarinas, tiempos y dispositivos, en un espacio no convencional, donde la tramoya y la parafernalia se encuentran al alcance de lxs espectadores. La ilusión de obra en construcción incluye al público en el desarrollo de la misma desde una perspectiva cercana, casi zambullida en la tensión de una cotidianeidad dramática, al calor y al sudor de estas bailarinas cansadas, pero convencidas, de ofrendar su vida a la belleza y la ficción. A la con-moción… y ahí estamos nosotrxs, siendo el meta-público de una historia trágica que se recrea a cada instante. 


Celebramos a los espíritus de estas mujeres que nos poseen en los 3 minutos de entreacto, una rave que invita a creer y arriesgarse en la danza colectiva.


LA LUZ ES UNA MUJER EN LLAMAS


La luz es todo. Funciona como herramienta, pero es también estrella al servicio del acontecimiento. Julián Cabrera (sobre un fondo impecable de Matías Sendón) despliega una puesta de luces que promete demostrar cómo murió Emma Livry. Dos reflectores en una danza inquietante que va del blanco al rojo como el drama de los ballets decimonónicos. Y es que acá hay un detalle hermosísimo y fundamental: cuando Luciana comienza esta investigación, su foco está en los cuerpos, en sus mutaciones y el lugar social que ocupan como bailarinas a lo largo del tiempo. Pero a lo largo de la obra podemos observar los cruces que, por fortuna para todxs nosotrxs, ha tenido su curiosidad con la investigación de Ignacio González sobre los incendios de teatros durante el siglo XIX. (todos menos el Colón, porque en eso también somos el mejor país del mundo)


Bailarines en escenario con luces azules y verdes, tutús blancos; un hombre al frente posa con gafas de sol. Bailarinas incendiadas

En ese momento, el mundo está en plena expansión urbana por la industrialización; un momento en el que se construyen y distribuyen los roles sociales de cara al nuevo siglo, en parte, a través del desarrollo cultural de élite. En este contexto, como explica la obra, las bailarinas son casi obreras, al servicio de un arte que busca ser etéreo y fantástico, que navega los sentimientos humanos más profundos, el amor, las pasiones, la locura, a bordo de un romanticismo que busca desesperadamente nuevas explicaciones para escaparle al oscurantismo de la Edad Media europea [1]. Y las historias del ballet no sólo no son la excepción, sino más bien un locus estético fundamental en las principales ciudades. En este contexto, podrán imaginar cuál es el lugar que se le otorga a las mujeres en la construcción y el fortalecimiento de esta élite capitalista (y si no, les dejo una refe en las notas al pie :) [2]


A las bailarinas de la Ópera de París les dicen pettit rats

pequeñas ratas


En este pequeño emporio cultural de la sociedad capitalista, son Les Abonnés, una especie de mecenas, señores ricos abonados al teatro para sostenerlo, quienes se apropian de las petit rats y solventan su carrera, mientras son obligadas a servir, vida y cuerpo, al deleite de su señor y los demás.


Según explica el iluminador, basado en registros histórico-científicos, es en este momento de avances tecnológicos y disciplinamiento sociocultural, que se desarrollan las primeras lámparas a gas, con un nuevo mecanismo de tubos que permiten, por primera vez, regular la intensidad de la luz por secciones — un dimer! gritan las bailarinas —. Las arañas lujosas, con miles de lámparas convierten al teatro en un horno, y las candilejas, al escenario en una trampa mortal. Es por este motivo que los tutús (las polleras de las bailarinas) pasan de sedas y tules vaporosos hasta debajo de las rodillas, al tutú corto, rígido e ignifugado, a cuya incomodidad y estética tosca, las bailarinas como Emma Livry se opondrán. Y esta es la historia que da inicio a la obra-fiesta.


las bailarinas se incendian porque eligen el riesgo de la belleza




Bailarines de danza contemporánea levantan a una mujer con tutú blanco en un escenario iluminado en azul. Incendiadas


porque deciden elegir


Todas ellas se niegan a cambiar su estética, su comodidad, la belleza etérea que las caracteriza. Todas ellas sacrifican sus cuerpos en pos de conservar la sensibilidad frente al avance técnico. Dice Luciana en una entrevista con Dulcinea Segura Rattagan para el canal del Instituto de Artes del Espectáculo de la UBA [3]:


Cómo pensar la muerte desde un lugar no solemne,

no como cierre, no como final, sino como comienzo de algo,

como apertura a un mundo… y ese mundo es el de la ficción,

ese mundo es el imaginario, construir desde ese lugar

ENTRARLE A LA OSCURIDAD SIN MIEDO.

Todo junto a la vez: bailar, decir y escuchar la música,

todo junto, se puede hacer eso?



DONDE HUBO FUEGO, LAS LUCHAS QUEDAN


 “–Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron.

Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar

nuestras cicatrices.”

 

“podía escuchar música y tratar de no pensar (...)

En si debía traicionarlas ella misma,

desbaratar la locura desde adentro.

¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva?

¿Por qué tenía que respetarlas?”

 

“«Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. /

Lo consume pronto,

lo acaba sin tocarlo.»”

 

Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enriquez



Hay algo que Luciana pone en el centro de la escena, como un fogón, y es el imaginario de las mujeres que se queman.


Y este imaginario no es abstracto, sino que remite a innumerables hechos y memorias a lo largo de la Historia. Basándose en material documental, navega en los márgenes de lo real. Parte de imágenes de la realidad para crear una ficción en tiempo presente, de la que todxs somos parte.


En este sentido, la directora junto a su colectivo maravilloso no trabaja en capas, sino que cada elemento es un integrante fundamental e inquieto que se entrevera permanentemente



con el todo. Una chispa que enciende un fuego, uno de los miles de soplos colectivos que avivan una fogata descomunal. El método es la combustión. Y Luciana crea ese método para habitar la historia y desplegar sus infinitas formas de relato.


Cada elemento, cada historia, cada track y movimiento, cada aparición del humo en sus distintas formas, es una unidad narrativa en sí misma que abre senderos futuros, formas de vincular los hechos históricos a otras dimensiones de la vida que les ofrezcan sentidos, formas de transitar la tragedia y la oscuridad mediante la fantasía densa presente.


Un concepto que suelo tener a mano es el de performatividad utópica que José Esteban Muñoz desarrolla en Utopía Queer. El entonces y allí de la futuridad antinormativa., en el que la acción performática des limitada produce, en tiempo presente, una continuidad con un pasado obturado, negado, reprimido o descartado, para crear nuevos sentidos que abonen a una futuridad utópica. Y lo traigo nuevamente porque Luciana hace exactamente eso. Su método se basa en esa operación: parte de terribles hechos históricos documentados, para traspolar algunas preguntas a lo largo del tiempo


¿Quiénes son esas mujeres que murieron quemadas trabajando?

¿Quiénes son las que mueren hoy? ¿Cuáles son sus potencias?

¿por qué se arriesgan?


La obra nombra sin nombrar.

El fuego, pero, sobre todo, lo que detona ese fuego.


Como en el cuento de Mariana Enríquez que abre con algunas citas este apartado, acá las mujeres que se queman no son víctimas, son mujeres fuertes. Obreras de la combustión que arrebatan sus cuerpos del servicio a la belleza para redefinirla. “Cómo sería un ballet con esas bailarinas quemadas?” se pregunta Luciana y nos las muestra, en un aliento, dislocadas, estalladas, incineradas, a la cuenta de 8 como un mantra.


Bailarinas Incendiadas es un ritual.



Esas bailarinas incendiadas que siguen ex-poniendo sus cuerpos al servicio de estos menesteres. La danza como punto neurálgico para desenredar misterios, hacer preguntas e intentar, en algunos movimientos, la belleza…

esbozar respuestas, encender alarmas, deconstruir todo.


Bailarina con camiseta a rayas y falda de tul gira en un escenario oscuro, con luces y humo azulados alrededor. Bailarinas incendiadas

[1] En su libro A la salud de los muertos, Vinciane Despret realiza un breve pero poético recorrido sobre el esoterismo y los avances técnicos de la luz en estos tiempos. Hay algo de lo fantasmagórico que, con la posterior aparición de la luz eléctrica, al mejorar la visión y la disminución de la oscuridad, se va desmitificando, modificando la mística popular y el enfoque sobre la imaginación, los sentimientos y las leyendas. Recomiendo.

[2] Otra gran y casi obligada recomendación sobre el lugar de las mujeres en la salida de la Edad Media, es y será siempre el libro “Calibán y la Bruja” de Silvia Federici. La hoguera no es sólo un castigo, ni los motivos son tan públicamente claros, porque lo que se busca eliminar es mucho más grande que los cuerpos en sí. Es la potencia de las mujeres en la construcción de mundos más igualitarios, conectados con la naturaleza y más vivibles. Por eso me parece interesante traer esta referencia acá; porque la obra tampoco es sólo un tutú romántico prendido fuego accidentalmente: ¿habla de un mundo, con roles definidos, en el que la técnica y la ficción parecieran ser más importantes que la vida misma, les suena?



 Algunas obras no terminan cuando bajan las luces. Siguen ardiendo en las preguntas que dejan abiertas, en los cuerpos que convocan y en los libros que permiten volver sobre ellas desde otros lenguajes. Si Bailarinas Incendiadas enciende una reflexión sobre las marcas que la historia imprime en los cuerpos, la potencia de la ficción para reescribir la memoria y la persistencia de aquello que el fuego no consigue borrar, estas lecturas prolongan esa combustión. Tres libros que, desde el ensayo y la literatura, dialogan con las huellas, los imaginarios y las resistencias que la obra de Luciana Acuña pone en escena.


Los peligros de fumar en la cama-Mariana Enriquez
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📘 Cuerpos marcados. Vidas que cuentan y políticas públicas
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