¿QUÉ FUTURO PUEDE NACER DE UNA PANTALLA QUE NO SABE DORMIR?
- Martín Montani

- hace 12 horas
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Arte, política y tecnología del régimen de visibilidad hacia un pos capitalismo 24/7
Por Martín Montani

Conviene, antes de descender nuevamente a este subterráneo —que algunos, con ligereza casi periodística, han querido confundir con una estación de paso o con un simple nodo de tránsito— enumerar brevemente sus propiedades visibles, para no incurrir en las imprecisiones que suelen empañar toda empresa reflexiva cuando esta se ejerce bajo la iluminación excesiva de nuestro tiempo. No hablaré, desde luego, de las cavernas antiguas, ni de aquellas cuya arquitectura dependía todavía de la roca y del fuego; me limitaré a esta otra, más reciente y más eficaz, cuya materia es la oscilación y cuyo muro es la superficie táctil. No se trata —y aquí ruego a Glaucón que me conceda un instante de paciencia— de una prisión. Nadie está encadenado. Nadie ha sido forzado a mirar. Cada cuerpo, inclinado apenas sobre un rectángulo brillante, parece sostener voluntariamente la dirección de su propia mirada. Y sin embargo, esa inclinación minúscula, ese gesto casi imperceptible de deslizar un dedo, ordena el cuerpo entero, lo aquieta, lo somete a una quietud que ya no es contemplativa sino operativa donde ya no miran sombras sino que administran destellos. Observa mejor, hijo mío. La luz ya no proviene de un fuego situado detrás, sino de una red que circula en todas partes. No proyecta figuras sino más bien ordena y distribuye cargas. Pues no imita sino que reemplaza. Y si antes la alegoría exigía un afuera luminoso, ahora nos encontramos ante una arquitectura sin exterior. No hay salida porque no hay borde. La caverna se ha vuelto infraestructura. Dirás que exagero. Dirás que todavía existen calles, cielos, árboles. Pero esas extensiones han sido plegadas en el mismo plano que el rectángulo que sostienen entre las manos. Lo cercano y lo lejano, lo presente y lo imaginado, lo propio y lo ajeno, todo ha sido comprimido en una simultaneidad dócil. La distancia ha sido abolida con tal eficacia que ya no sabemos qué significa estar lejos. Y es aquí donde conviene recordar —no como quien cita una autoridad, sino como quien reconoce un precursor involuntario— a Paul Valéry, que con una lucidez que hoy nos parece profética escribió: “Tal como el agua, el gas o la corriente eléctrica vienen de lejos a nuestras casas para atender nuestras necesidades con un esfuerzo casi nulo, así nos alimentamos de imágenes visuales o auditivas que nazcan y se desvanezcan al menor gesto, casi un signo. Así, como estamos acostumbrados, sino ya sometidos, a recibir energías en casa bajo diversas especies, encontraremos muy simple obtener o recibir también esas variaciones u oscilaciones rapidísimas de las que nuestros órganos sensoriales que las recogen e integran, hacen todo lo que sabemos. No sé si filósofo alguno ha soñado jamás una sociedad para la distribución de realidades sensibles a domicilio.” (Valéry, 1934/1999, pp. 131–132) Repara en esa última expresión: “distribución de realidades sensibles a domicilio”. Lo que para Valéry era conjetura, para nosotros hoy rutina. Una realidad ya no se conquista sino que se actualiza ubicuamente. Y si la antigua caverna separaba la sombra de la cosa, esta nueva no distingue entre circulación y verdad. La verdad, si todavía nos atrevemos a usar esa palabra fatigada, ha dejado de ser hija de la historia para convertirse en hija de la velocidad. No importa lo que ha sucedido, sino lo que aparece. No importa el origen, sino la frecuencia. —Maestro —dirá acaso Glaucón—, ¿no es esta una exageración retórica? —No más que la del viejo ateniense que imaginó hombres encadenados ante un muro — responderé—. La diferencia es que aquellos podían levantarse y salir. Aquí, en cambio, la salida sería indistinguible de la proyección. Porque advierte, hijo mío, que la imagen ya no representa ni se remite a un mundo, sino que lo anticipa. Antes de que algo ocurra, ya ha sido dispuesto en el plano de su visibilidad. Lo que llamamos experiencia no es sino la confirmación tardía de una escena previamente calculada. Y en esa anticipación constante, el cuerpo aprende a adaptarse. Se vuelve pliegue. Pliegue del flujo, pliegue del consumo, pliegue de una energía que no proviene de ninguna hoguera visible pero que sostiene, sin interrupción, la continuidad del brillo. El subterráneo no conduce a ningún destino; su función es evitar la detención. Si todo se desplaza, nada permanece. Y si nada permanece, ninguna cosa puede adquirir espesor. La profundidad, que era el privilegio de la sombra, ha sido sustituida por la saturación. No vemos menos; vemos demasiado. Y en ese exceso, paradójicamente, la mirada se adelgaza. La imagen ya no nos pide interpretación sino adhesión. No creas, Glaucón, que estoy proponiendo una reforma moral o un regreso nostálgico a la roca y al fuego. Sería demasiado sencillo. Tampoco afirmo que la caverna antigua fuese más verdadera. Solo sugiero que esta nueva ha perfeccionado el arte de no necesitar un afuera. Lo que antes era engaño ahora es eficiencia. Lo que antes ocultaba ahora distribuye. Lo que antes requería cadenas ahora exige conexión. Tal vez el error no esté en las pantallas, sino en nuestra persistencia en imaginar que existe un exterior al que podríamos regresar. La caverna no es el problema, es la condición. Y el hombre de este siglo no es su prisionero, sino su operador. Se desliza, selecciona, interrumpe, cree elegir. Pero cada gesto confirma la continuidad del sistema que lo sostiene. No se vence a un hombre quitándole el día, sino desapareciendo la noche. El interior de la fantasía sexual, el territorio de la memoria de los pueblos. La noche es el intervalo en el que la imagen no circulaba. Era el espacio donde el habitáculo de los sueños podía recomponer aquello que el brillo había elevado o reprimido. Ahora, en cambio, la pantalla no duerme. Acelera y convierte el tiempo en una vigilia sin descanso y atención estimulada. —Maestro —me dirás entonces—, ¿No hay salida? Te responderé con la misma cautela con que aquel docente universitario respondió a su discípulo desde su clase virtual. La salida no es un lugar, sino una pregunta. Pero incluso la pregunta corre el riesgo de ser absorbida por la circulación que la reproduce. Y Glaucón, que en otras conjeturas pudo haberse llamado un tal Jorge Luis o Pierre Menard — quién sabe—, miró los infinitos circuitos cibernéticos en los que cada ojo permanecía adherido al brillo que fulgura y se repite mientras el subte persevera en su movimiento incesante, y que de esa continuidad sin pausa formuló la pregunta que, desde siempre, ya lo estaba interrogando. Maestro, y ¿qué futuro puede nacer de una pantalla que no sabe dormir?
DE LA FORMA DEL SABER AL SIGNO DEL SIMULACRO. EL INTERIOR DENTRO DE UN SISTEMA ENTRE (PARENTESIS).
El pensamiento occidental nace mirando, pero no mira con los ojos, sino que hereda de ellos su gesto. Platón llamó noesis al conocimiento que ve con el intelecto y asocia lo conocido con la luminosidad (Cordero, 2008, p. 143). Conocer es ver y lo visto —aunque no se toque— se vuelve más real que aquello que cambia, se corrompe o desaparece. Asimismo, el filósofo griego llamó ideas (idéa, eídos) a esas realidades en sí como formas eternas. No son imágenes sensibles sino figuras o modelos que el intelecto reconoce mediante su razón como si estuvieran iluminadas desde siempre (Cordero, 2008, p. 144). No dependen de la materia, es la materia la que depende de ellas. Así de lo visible común —figuras contornos y apariencias— recibe su realidad de formas invisibles que el pensamiento aprende a ver. El libro séptimo de la República abre con la exposición del célebre mito de la caverna, alegoría fundacional que Platón articula acerca de la estructura misma del saber humano, concebido como un proceso de liberación gradual de la apariencia hacia la verdad, y como conversión del alma desde el ámbito de la opinión (doxa) al dominio del conocimiento inteligible (episteme). (Cordero, 2008, p. 149) Allí se nos propone, abstracta e idealista, imaginar una forma a la que no alcanza la luz del sol, un espacio cerrado y subterráneo en el que habitan hombres reducidos a la condición de esclavos. Atados desde la infancia, inmovilizados en el cuerpo y en la mirada, que permanecen obligados a contemplar una única pared, sin posibilidad de girar la cabeza ni de interrogar el origen de lo que se les presenta ante los ojos. Su mundo se define por esa frontalidad forzada, por esa imposibilidad de desvío. A sus espaldas arde un fuego, y entre ese fuego y los prisioneros se desplaza una caravana de figuras que transportan diversos objetos. Sin embargo, lo que aparece ante los cautivos no son los hombres ni las cosas mismas, sino únicamente sus sombras, siluetas proyectadas sobre la pared que se suceden como un teatro de apariencias. Estas imágenes, cambiantes y mudas, constituyen el único horizonte de experiencia posible para quienes no han conocido otra cosa. De tal modo, la forma de la caverna no es solo una categoría ontológica sino también, como sostengo en este ensayo, una teoría política de la percepción. Gobernar lo que puede verse, cómo verse y hacia dónde se dirige la mirada. La alegoría de la caverna ofrece una imagen fundacional de este régimen de sombras, fuego y pared que componen una estructura que organiza la experiencia sensible y orienta dialécticamente la mirada hacia un “afuera”, concebido como camino de acceso al conocimiento verdadero, justo, luminoso. (Cordero, 2008, p. 151) La verdad está puesta en la forma inteligible y la mirada se educa como ascenso. En ese esquema, las cosas sensibles son copias de las formas, y las imágenes, a su vez, copias degradadas de la copia. La imagen queda relegada a un tercer orden ontológico donde no se funda verdad, sino distancia. La famosa “línea dividida” jerarquiza los modos de ser y de conocer, estableciendo una dirección clara de la mirada que se direcciona de la sombra a la luz, de la apariencia al saber. Sin embargo, este modelo resulta insuficiente para comprender nuestro presente. Por lo tanto, el actual desafío es preguntarnos:
¿De qué modo la lógica técnica, en su uso generalizado de pantallas virtuales, transforma aquella antigua pedagogía de la verdad en una simulación de la imagen?

El umbral de esta era virtual se abre en el pasaje de la forma al signo, esto es, un desplazamiento que desarticula la estructura platónica de la idea y la sustituye por el simulacro. Es aquí donde el pensamiento de Jean Baudrillard se vuelve decisivo parteaguas a la forma dialéctica entre el adentro y el afuera porque el desplazamiento ya no se produce en el plano de la imagen como copia degradada, sino en el modo en que el signo, convertido en ontología, acciona desprendiendo vestigios de lo real hasta esfumar la diferencia entre lo uno y lo otro (Baudrillard, 1978, p. 6) No se trata ya de una lógica representacional, sino virtual. La imagen deja de funcionar como mediación entre realidad y verdad para operar como simulación. No oculta la verdad; oculta que ya no hay verdad como fundamento, en un ciberespacio sin atmósfera. (Baudrillard, 1978, p. 7) “La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad (esto es) lo hiperreal.” (Baudrillard, 1978, p.5) Desde Cultura y simulacro, Baudrillard despliega este plano ontológico de inmanencia desde cuatro órdenes para entender el cambio de paradigma de la antigua ontología griega. En un primer orden, el signo refleja una realidad; en el segundo, su desnaturalización; en el tercero, el enmascaramiento de su ausencia y finalmente, se accede al cuarto orden, donde el signo simula sin remitirse a ningún origen, donde ya no existe correlato ni distancia, porque el referente ha desaparecido. (Baudrillard, 1978, p.12) Lo real es suplantado por el signo de lo real. Es así como el signo operará sobre el régimen de visión, alterando una hiperrealidad, como diría Mark Fisher: “una hiperrealidad más real que lo real” (2022, p. 295). De tal modo se despliega una clausura del recuerdo como apertura a la ficción simbólica. La mirada se vuelve estimulada, distribuida, fragmentada; su atención circula y se multiplica en un flujo cibernético continuo que vuelve indistinguibles las diferencias. El anillo del tiempo se cierra sobre sí mismo en lo instantáneo (Baudrillard, 2007, p. 16), bucle o agujero negro, sin pasado ni futuro tal como una recreación virtual de la realidad que solo quiere ser visible. En escritos posteriores, Baudrillard avanza un poco más y sostiene en su obra “El complot del arte” que la función de la simulación en el plano artístico hace desaparecer la realidad (Baudrillard, 2007, p. 27) a través de la mirada posada en una imagen que ya no imagina lo real porque ella misma asume el régimen de lo que es más real desde su ausencia. Entonces, no hay trascendencia, sino pura inmanencia y una gigante caverna de sombras y de fuego encerrada entre paréntesis, sin salida ni alternativa, y lo que es aún peor, sin resistencia posible para habitar su distancia con la imaginación en la mirada. De este contexto, emerge una inversión decisiva hacia una des-imaginación que ya no busca reflejar lo real, sino superarlo. La virtualidad no trabaja sobre la ilusión, sino sobre la cancelación del intervalo. Y ese intervalo era, precisamente, el lugar donde el deseo podía no ser productivo. Aquí aparece un punto crítico, el ataque al único espacio de sacralización del objeto en el que aún se producía mercancía —el fetichismo—, pero también al último refugio de la experiencia no programada, el sueño en la era del post-capitalismo. La abundancia de imágenes ofrece un sentido de homogeneidad, que a diferencia de un logos totalizante que recuerda al camino platónico hacia la verdad, ahora radicalmente tecnificado en millares de fragmentaciones dispersas sin horizonte. Una visión del mundo programada, des- imaginada, en la que no solo se ve afectado el régimen estético, sino —de manera más drástica— la salud mental, la alteración de los ciclos biológico del descanso y la posibilidad misma de imaginar un afuera frente a este nuevo modo de enajenación que vincula la visión a la pantalla. El espejo de nuestra vida ha sido tragado por un mundo sin afuera nos diría Baudrillard, una experiencia sin distancia que codifica su ingreso mediante contraseñas hacia la vía digital del ciberespacio. Para comprender aún más estos tiempos, debemos ahora entrar en las interpretaciones que Mark Fisher heredó de los fundamentos que ya enunciamos de Jean Baudrillard, esto es, el pasaje del tercer al cuarto orden del simulacro. En el tercer orden se altera la diferencia representacional y la imagen enmascarada comienza a disimular la ausencia de la realidad para en su cuarto orden, el signo operar sin correlato y cancelar definitivamente esa distancia. Ya no hay origen, ni exterior, ni reverso. Se diluye la banda entre lo real y lo ficcional. Desaparece la sombra, el mito, la ilusión y lo maravilloso. Sin espejo, proyección ni utopía como una línea muerta de un flatline. (Fisher, 2022, p. 125) El ciberespacio se reconfigura en donde sus exteriores han sido suplantados en un mundo dentro de un mundo dentro de un mundo (Fisher, 2022, p. 290) continuado por la iteración de un plegamiento de paréntesis anudadados (()) tal como lo formuló Mark Fisher en su novedosa tesis doctoral. Desde ella retoma los estudios de Gilles Deleuze que menciona la lógica del implexo (Fisher, 2022, p. 291), una articulación de duplicación inmanente de lo real en la que la relación objeto imagen es reemplazada y fusionada entre el ciberespacio plegada al mundo sin salida metafísica. Estamos ante un régimen visual en el que el mundo y su sistema digital coinciden funcionalmente, fusionados en una misma estructura operativa. En esta convergencia, el dispositivo tecnológico ya no se percibe desde una experiencia, sino que resulta afectada directamente en nuestra percepción. En las escenas ficcionales de Videodrome —la pistola que se funde con la mano y luego es absorbida por el abdomen de su protagonista, Max Renn— constituyen una formulación estética del implexo deleuziano como proceso de afectación material. No se trata de una metáfora visual, sino de una mutación somática en la que el dispositivo no representa la realidad, la pliega en la carne. Siguiendo a Mark Fisher, aquello que resulta “más real que lo real” no es la ilusión, sino la intensidad perceptiva que captura la atención frente al televisor, cuyas señales brillan en “la retina del ojo de la mente”. La experiencia deviene adictiva dentro de un estado de simulación que produce efectos más reales que la propia carne. La película muestra cómo la confusión, la alteración y la sobre estimulación de cintas televisivas pornográficas aceleran y fusionan los límites de los ciclos biológicos y sexuales de quienes la consumen, borrando la distancia entre percepción, deseo y aparato técnico.

En este sentido, resulta fundamental el ensayo “Sobre Videodrome de Cronenberg. El Cuerpo Como Territorio de Dominio”, escrito por Andrea Rosales1. Allí, la investigadora formula su pregunta central: ¿qué es el Videodrome? Para luego esclarecer que estas épocas tecnológicas configuran la vida como una “(re)programación con el fin de experimentar con la conciencia humana y usarla como herramienta de control para afectar los patrones del pensamiento” (Rosales, 2025). Una de las aporías frente al repliegue del ciberespacio en la vida cotidiana es la salud mental. Será esta la siguiente problemática que se desarrollará a continuación.
ENTENDER LO QUE NOS PASA

A diecisiete años de la publicación de Realismo capitalista. ¿No hay alternativa?, y a la luz de su análisis sobre cómo el clima neoliberal británico de la década de los ‘80 — hoy intensificado por el tecnocapitalismo digital de primera mitad del siglo XXI— impacta en la salud mental de sus usuarios, la pregunta de Mark Fisher no solo persiste, sino que continúa resonando y expandiéndose con fuerza en nuestra actualidad. ¿Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo? (Fisher, 2023, p. 22) ¿Existe todavía una alternativa imaginable para habitar este mundo? ¿Cuánto puede sobrevivir una cultura si nada nuevo se produce? ¿Qué ocurre cuando los jóvenes (históricamente portadores de ruptura, invención e impulsos insurgentes) dejan de generar sorpresa y solo reproducen el deseo borrado por la técnica lógica (tecnología) que el sistema ya anticipó para ellos? Tal vez allí comience la pregunta más inquietante de un sistema acelerado por narrativas que administran crisis —climáticas, económicas, sanitarias— con la promesa de conservar el mundo frente a un colapso siempre inminente. Lo que sí podemos reconocer, en cambio, son las consecuencias visibles de un agotamiento más profundo que puede fundamentarse como la erosión simbólica de los sueños. No se trata tanto del fin del mundo, sino del progresivo eclipse de la imaginación. En 2012, en su artículo para The Guardian “Why mental health is a political issue2”, Mark Fisher advertía en pleno ciclo de austeridad del gobierno de David Cameron, después de la crisis financiera de 2008, que las decisiones políticas entendían que la salud mental no es solo un asunto clínico, es también una cuestión política. El punto de partida en su nota fue concreto. Tras una serie de suicidios vinculados, según diversas denuncias, a recortes en el sistema de bienestar británico, algunos comentaristas conservadores respondieron con un argumento: “Los suicidios no son políticos, son problemas de salud mental”. Esta operación retoma un viejo desplazamiento, convirtiendo el conflicto social en patología individual y, al hacerlo, diluir la responsabilidad del deber de un Estado en garantizar el derecho a la salud. Lo que debería discutirse en el plano de las políticas públicas se redefine como problema “natural” y privado que termina absorbido por el mercado farmacológico.

Así, la salud mental se despolitiza y el malestar se canaliza hacia el negocio del consultorio y las terapias del cuidado de sí como el yoga, mindfulness, coaching, las psicoterapias y sus múltiples variantes, que administran síntomas sin interrogar las condiciones que los producen. El modo en que las políticas libertarias argentinas impactan en la psique social no es abstracto. Cuando los ajustes reducen todos los problemas a variables económicas y el Estado subfinancia áreas sensibles mediante prórrogas presupuestarias, subejecuciones y reprogramaciones, el mensaje es claro. Lo que se presenta como técnica administrativa funciona también como pedagogía del fundamentalismo político clausurado de compresibilidad social. Una forma de organizar el ánimo colectivo bajo la lógica del menor costo y el menor riesgo para la racionalidad económica dominante. Y así se instala, casi sin decirlo, una ética del “sálvese quien pueda” que deja a cada individuo desamparado en lo que antes era una responsabilidad pública, un bien social común. En el Boletín Oficial (Argentina) se han registrado elevados actos técnicos de gestión financiera con apariencia de neutralidad administrativa. Pero cuando la técnica presupuestaria descuida la garantía del derecho a la salud —que nuestra Constitución (art. 42) reconoce como deber del Estado— deja de ser un simple procedimiento administrativo para convertirse en una decisión política. Y toda decisión política en materia de salud impacta de manera concreta sobre qué vidas reciben protección y cuáles quedan expuestas dentro de un sector de la población. Un ejemplo reciente en Argentina. Según los datos recabados de ACIJ (2025), el análisis de los presupuestos nacionales demuestra que Argentina continúa incumpliendo sistemáticamente la pauta del 10 % del gasto en salud que la Ley 26.657 establece para políticas de salud mental, y en los últimos años la proporción destinada nunca superó el 2,66 % del total. Para 2026, incluso con un ligero incremento proyectado, la inversión prevista rondaría apenas el 1,42 % del presupuesto de salud. En paralelo, la Ley 27.130 de Prevención del Suicidio establece obligaciones estatales específicas. Sin embargo, informes públicos —como los de la Defensoría del Pueblo bonaerense— señalan reducciones en partidas vinculadas al Plan Nacional de Prevención del Suicidio. (Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires, 2024) En el área estatal responsable del Estado Argentino de implementar el Plan Nacional de Prevención del Suicidio —creado por ley en 2015— según datos del Presupuesto Abierto del Estado Nacional citados por la Defensoría del Pueblo bonaerense, la partida destinada a “Acciones de Promoción y Apoyo de la Salud Mental”, dentro del programa “Prevención y Tratamiento de Patologías Específicas”, pasó de un presupuesto inicial de $699,1 millones a $482,8 millones. Al 3 de septiembre de 2024, se habían ejecutado $329,4 millones, equivalente a poco más del 68% del crédito vigente. (Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires, 2024) Aquí reaparece la paradoja fisheriana en la cual el suicidio se declara problema de salud mental, pero se debilitan los dispositivos colectivos de prevención. El costo psíquico empieza a retornar al ámbito privado de la familia, individuo, medicación o deterioro por ausencia. En capítulo 4 de realismo capitalista, Mark Fisher nos sitúa su labor práctica como docente para describirnos el futuro de una generación de jóvenes con impotencia reflexiva, falta de motivación, depresión o ansiedad de narcosis suaves guiado por una suerte de “depresión endémica” (Fisher, 2023, p. 50). Allí se define hedonia depresiva a esa manifestación de la nueva carne pos-literaria disléxica por su “incapacidad de sentir placer de no hacer otra cosa que no sea buscar placer” (Fisher, 2023, p. 50). Luego menciona, que para las nuevas generaciones “el acto de leer en sí mismo les resulta aburrido” vinculada a una falta de complementariedad por estar “demasiado conectados para concentrarse”. Da el ejemplo de un alumno con auriculares puestos sin usarlos para terminar sentenciando que su uso es una retracción al Edipop privado (Fisher, 2023, p. 53) con el efecto de un consumo narcótico que pone un muro entre el sujeto y la esfera social. Esto deja traslucir que la atención de cada instante es capturada por una matriz comunicacional de estímulos y sensaciones — red de mensajes instantáneos que hoy se expanden a través de inteligencias artificiales, redes sociales y promesas especulativas de enriquecerse con criptomonedas— que altera nuestra experiencia del tiempo. El cuerpo pierde espesor, la duración se comprime y la vida se vuelve una sucesión de actualizaciones sin pausa. Una de las hipótesis centrales que atraviesa este escenario sostiene que el deseo humano ha sido progresivamente privatizado a través de una mediación maquínica y que, de manera aún más radical, este proceso se extiende hasta la privación del sueño. Si primero el malestar fue individualizado y gestionado como problema personal, ahora el propio tiempo de descanso aparece colonizado. El cansancio deja de ser un límite biológico y se convierte en un obstáculo para la productividad permanente. Y un nuevo diluvio en la historia de esta humanidad nos recuerda que no se vence a un hombre quitándole el día, sino desapareciendo la noche.
¿Y HACIA DÓNDE VAMOS?
Jonathan Crary en su obra 24/7 – El capitalismo al asalto del sueño (2014) desarrolla una brillante investigación genealógica sobre el modo en cómo el capitalismo contemporáneo ha extendido su lógica de explotación continua hasta abarcar la totalidad del tiempo vivido. Una de sus hipótesis centrales es que el sueño es el último reducto de la humanidad de la cual no se puede extraer valor de mercado por ser una profunda ambigüedad para los esquemas binarios en los que el sistema se administra temporalmente y por lo tanto la tentativa sistemática de suprimir estos últimos espacios de desconexión. El término 24/7 designa un ciclo completo —veinticuatro horas al día, siete días a la semana— y configura, como él mismo lo expresa, un “mundo sin sombra” (Crary, 2014 p. 7), permanentemente iluminado. En este régimen temporal, el descanso deja de ser un límite biológico inevitable para convertirse en una anomalía que debe ser gestionada, optimizada o reducida. Dormir ya no aparece como necesidad natural, sino como obstáculo frente al ideal de disponibilidad constante. Crary muestra cómo este modelo promueve una sociedad en actividad ininterrumpida — “off” o sin pausa— donde el sueño, en tanto último bastión de tiempo no productivo, se vuelve objeto de intervención y colonización. La noche, que históricamente había funcionado como espacio de suspensión y repliegue, es absorbida por la lógica de la productividad, el consumo y la conectividad permanente. Lo que comenzó como una investigación científica en el marco del Departamento de Defensa de los Estados Unidos derivó en una inquietante hipótesis sobre la plasticidad biológica del sueño. Durante cinco años, sus científicos estudiaron la capacidad de ciertas aves —en particular, gorriones migratorios— para permanecer despiertas mientras vuelan de noche y se alimentan durante el día para atravesar en otoño extensas distancias desde Alaska, recorriendo la costa oeste de Norteamérica, hasta el norte de México. (Crary, 2014 p. 7-9) Ese modelo de observación estratégica de la biología del ave migratoria pasó así de ser objeto para el paradigma de la guerra militar del “soldado insomne”, un cuerpo capaz de sostener operaciones continuas, de combatir sin interrupción, de neutralizar la vulnerabilidad que implica dormir. La investigación sobre el vuelo nocturno de los gorriones no fue solo un estudio sobre aves, sino un experimento anticipatorio sobre los límites del cuerpo humano. Allí donde la naturaleza exhibía una excepción evolutiva, la lógica bélica imaginó una posibilidad técnica, producir sujetos que no necesiten descanso, cuerpos adaptados a una guerra sin pausa. Jonathan Crary señala, en las primeras páginas, que el objetivo científico de aquellas investigaciones consistía en reducir la capacidad corporal de dormir. Con el paso del tiempo, estas innovaciones del ámbito militar fueron desplazándose hacia la esfera civil. El blanco era que los trabajadores y consumidores sean insomnes. La pregunta es: ¿Cómo se produjo ese desplazamiento? Con continua repetición de campañas publicitarias agresivas para meter en circulación del mercado productos destinados a evitar el sueño y que dejasen de presentarse como recursos excepcionales y comenzasen a configurarse como un estilo de vida para finalmente percibirse como una necesidad. Siguiendo el pensamiento de Mark Fisher, este problema se vuelve crítico cuando una decisión política, esto es, promover condiciones que reduzcan las horas de sueño para intensificar el consumo y la productividad, dejasen de percibirse como tal y pasen a naturalizarse como hábitos de la cotidianeidad. Esta operatoria responde al modo en como el capitalismo funciona, hoy con intensos mecanismos adictivos de marketing publicitario en plataformas digitales con el propósito de que pasen a ser internalizadas como condición inevitable de la vida contemporánea lo que produce una forma de amnesia estructural en la que cada víctima insomne, quizá algunas de ellas, pero cada vez menos con el paso del tiempo, no reconozcan sus causas sociales y políticas, en sus dificultades para conciliar el sueño. Y que su lógica de respuesta para interpretar su malestar se traduzca en un fracaso individual o un desorden estrictamente biológico y decidan recurrir a comprar su medicación. El sistema de tal modo termina por cerrar su círculo y satisfactoriamente lograr su cometido. Según los datos descritos por su autor, un adulto promedio estadounidense duerme por la noche aprox. 6 horas y media, una erosión de las ocho horas de la generación anterior y de las diez horas de principio de siglo XX. (Crary, 2014 p. 14)

Y esta escenografía actual de autómatas insomnes en el consumo de pantallas, hace recordarnos la famosa oración de Walter Benjamín que en cada resurgimiento del capitalismo se arrastra una catástrofe más profunda y me pregunto:
¿HAY ALTERNATIVA?
No podría ofrecer una respuesta y cerrar el asunto. Si en cambio, prefiero trabajar desde la imaginación y habitarla como metáfora a partir del sublime montaje fílmico de La Jetée, del autor francés Chris Marker.

La película construye, a partir de fotografías fijas, el relato de un futuro pos apocalíptico en el que los supervivientes habitan espacios subterráneos, confinados bajo ciudades devastadas por la guerra, exiliados de la luz del día. En ese escenario de ruina, las autoridades políticas deciden experimentar con formas primitivas como viaje en el tiempo. Buscar en la memoria un recurso para la reconstrucción histórica y, quizás, para justificar la continuidad de la existencia. El protagonista es elegido precisamente por su capacidad de retener una imagen del pasado, una escena que persiste como núcleo irreductible de sentido. (Crary, 2014 p. 72- 73) La obra nos interroga sobre cómo seguir siendo humanos en un mundo arrasado, cuando los lazos que nos constituyen como comunidad se han fracturado y cuando lo que permanece en funcionamiento son formas frías y malévolas de racionalidad —hoy traducidas en lógicas técnicas y dispositivos de plataformas virtuales—. En esta época en la que la tecnología circula para sustituir funciones esenciales que antes hacia nuestra inteligencia para pensar por nosotros, la supervivencia colectiva podríamos decir que depende de reconstruir la memoria a través de tres lenguajes fundamentales:
1) El político que opera sobre el espacio público y el orden normativo.
2) El histórico que actúa sobre el tiempo como narrativa crítica que interrumpe la continuidad del presente y reabre el pasado como posibilidades latentes.
3) El poético que construye el plano de lo simbólico y lo sensible para habitar la imaginación, la fantasía y el sueño como figura estética por otra alternativa posible.
¿Y qué futuro puede nacer de una pantalla que no sabe dormir?
Este ensayo concluye que, mientras exista lo humano, persistirá la imaginación y, con ella, el arte como metáfora de futuros posibles cuando la vida no lograse reflejarse por sí misma. Y aunque las máquinas procesen nuestra información y nos imiten, su técnica seguirá siendo derivada, nunca originaria, hasta ahora. Pero el verdadero riesgo no reside en su avance, sino en nuestra claudicación. Si el ser humano intenta parecerse a ellas y abdica de su voluntad de pensar y reflexionar y por tanto renuncia a su potencia tornando hacia la clausura del movimiento de la historia que solo él puede volver a abrir al tiempo. Recuperar el futuro exige interrumpir —desterritorializar— el flujo dominante de información, como señalaron Deleuze y Guattari. Porque la hora más oscura es justo antes de su amanecer, y es allí donde el ser humano puede sustraerse a su tiempo y regresar a la densidad de la noche para hallar, en sus sueños, su interioridad, que es lo más preciado que posee. Solo quien atraviesa esa oscuridad despertará en una realidad distinta y pública, no necesariamente centrada en el Estado, donde la comunidad pueda flotar libremente — individual y colectivamente — y proyectarse hacia una cuarta dimensión de su sentido vital. Y para que todos y cada uno de nosotros podamos construir un deseo pos capitalista, no como promesa abstracta ni nostalgia de lo anterior, sino fisura concreta en el presente posible, una lenta pero irreversible deserción del realismo capitalista 24/7 que nos hizo creer con sus pantallas que no había alternativa por algo mejor.
Martin Montani
Expreso mi especial agradecimiento al docente Mauro Rosal, cuyas clases y materiales del seminario Artes, tecnologías y política. Lecturas a través de Mark Fisher, dictado entre octubre y diciembre de 2025 en el Doctorado en Artes de la UNA, hicieron posible la elaboración de este ensayo.
ANEXO · IMÁGENES
(Por orden de publicación)
1. Spadaro O. (2017). Subte. URL
2. Dettbarn F. (2018). KL [Fotografía]. Proyecto Casa Mochila. URL
3. Cronenberg, D. (director). (1983). Videodrome [Fotograma de película]. Canada Film Development Corporation. URL.
4. Wearing, G. (2005). Margaret Thatcher [Fotografía]. URL.
5. Paik, N. J. (1974). TV Buddha [Instalación de video]. Smithsonian American Art Museum. URL
6. Spadaro O. (2017). Hay luz. URL 7. Marker, C. (director). (1962). La Jetée [Fotograma de película]. Argos Films.
BIBLIOGRAFIA
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publicado en 1934)
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-Rosales, A. (2025, 11 septiembre). Sobre “Videodrome” de Cronenberg. El cuerpo
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-ACIJ. (2025). Inversión en salud mental: Sin recursos para cumplir la ley.
-Ministerio de Economía de la Nación. (2024). Presupuesto abierto: Ejecución
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-Fisher, M. (2023). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Traducción de Claudio
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