Sumergirse en la fantasía de Asuntos Internos: una oficina con vida propia.
- Evelin Bottani.

- hace 2 días
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por Evelin Bottani
Idea y dirección: Florencia Werchowsky. Producción artística: Alejandro Quesada. Producción y asistencia de dirección: Ianina Maglia. Vestuario: Victoria Nana. Escenografiá y luces: Santiago Badillo. Música: Diego Voloschin. Coreografía: Julieta Zabalza & David Gómez. Intérpretes: recepción por Julieta Zabalza y David Gómez, jefatura por Iván García, maestranza por Carla Rímola, cadetería por Oliver Carl. Función Jueves 12 de febrero.
El reloj marcaba las 21.30 hs cuando Oliver Carl, el cadete se acercó a la plazoleta de Arroyo y Esmeralda a buscarnos. Un grupo de personas, entre las que me encontraba yo, caminó detrás de él hasta un edificio que se levantaba a unos metros. La aventura que nos propondría Asuntos internos ya había empezado. Entramos en una oficina ubicada en un primer piso, donde nos esperaban una sala de espera y dos escritorios. Lo que al principio simulaba ser un pequeño cuarto sin gracia se convertiría, minutos después, en una fantasía. Una pareja de recepcionista ingresó a la sala para habilitar una aventura impensada: un trámite.

Asuntos internos invita al espectador a involucrarse con la obra incluso antes de comenzar. La cita en la plazoleta genera un murmullo cómplice entre los espectadores, donde todos intentan descifrar que está sucediendo mientras caminan hacia la puerta. La propuesta es auténtica y constantemente lúdica: se adueña del espacio escénico y de la historia, involucrando a todas las personas que habitan el momento. A partir de ese primer contacto, la obra despliega su lógica con una precisión casi coreográfica. El trámite no es solo una excusa narrativa, sino un dispositivo de activación. Completar una planilla, responder preguntas aparentemente absurdas, esperar un turno que nunca termina de llegar: cada una de estas acciones cotidianas se desplaza hacia un territorio ambiguo donde el tiempo se espesa y el cuerpo entra en estado de atención. La espera deja de ser pasiva y se vuelve performativa; en ese pequeño cuarto, la oficina abandona su función administrativa para convertirse en un umbral.
El recorrido fragmenta la experiencia y la recompone bajo nuevas reglas. En el pasillo, mientras una foto carnet intenta fijar una identidad, Carla Rímola, a cargo de la maestranza, irrumpe en la ventana con una coreografía junto a sus elementos de limpieza: bayetas, baldes y una escoba que se vuelve extensión del brazo. Lo que podría leerse como mantenimiento se revela como danza, y el roce del trapo reconstruye una partitura doméstica que suspende la frialdad productiva de la oficina y la transforma en un tiempo sensible, donde cada gesto contiene una poética propia. Continuamos hacia la escena en la sala principal, donde el cadete asigna pequeñas acciones a los espectadores es un pequeño milagro de comicidad y tensión. Justo cuando la coreografía involuntaria toma forma —cada persona tentando un paso, una mirada, una rémora de vergüenza— el jefe, Iván García, interrumpe la mecánica y comienza a cantar una canción de amor. El gesto corta la sincronía colectiva y produce una fisura deliciosa: la figura de autoridad se vuelve vulnerable y humana en un instante. Reír y emocionarse se vuelven la misma cosa. Ese canto previo es la antesala perfecta a la escena romántica que veremos después; nos prepara el cuerpo para la ternura, y lo hace desde la debilidad del que manda. La directora, Florencia Werchowsky, merece una mención aparte. Su impronta es sutil pero innegable: marca el ritmo y la cadencia de cada momento del guion, como si sostuviera una batuta invisible. A la vez, es hermoso ver cómo los intérpretes juegan con esa estructura abriendo pequeñas libertades, frases inventadas que aparecen y se desvanecen, chismes que surgen en los pasillos y estallan en risas reales.

Ese equilibrio entre disciplina y soltura le da a la pieza una vida viva y se siente que lo que pasa está ocurriendo en el presente y que la obra respira con sus propios respiradores. La música cumple un rol de sostén onírico: su textura ambiental, con guiños a autores como Mort Garson, funciona como una nube sonora que hace flotar la oficina. Las voces de los personajes, a medio camino entre diálogo y partitura, organizan tiempos y silencios; cada indicación, cada susurro, actúa como una marca rítmica que guía el tránsito de los cuerpos. Uno de los momentos más reveladores ocurre cuando las luces se apagan y la acción se traslada a otra sala, visible únicamente a través de un gran ventanal. La distancia del vidrio convierte la escena en una imagen detenida: allí, en una cocina, los personajes muestran una intimidad que hasta entonces había permanecido latente. Sus movimientos, abandonando la lógica funcional del espacio laboral, se entregan a una danza más blanda, más vulnerable.

El amor aparece entonces como una fuga posible dentro de la maquinaria administrativa: pequeño, obstinado, domesticable y a la vez inmenso en su delicadeza. Hacia el final, todos somos conducidos a una sala chica donde, como si viéramos una película en directo, los personajes realizan las últimas secuencias. Los cuerpos, antes dispersos en funciones distintas, se reúnen en una coreografía que no busca resolver el trámite sino expandir su misterio. No hay conclusión burocrática, pero sí una transformación perceptiva: la oficina ya no es la misma. Tampoco nosotros. Asuntos internos logra infiltrar la ficción en las grietas de lo cotidiano. Nos recuerda que incluso en los espacios más reglados existe la posibilidad del desvío y la fantasía. Y que, a veces, basta aceptar una invitación —seguir a un encargado, completar una planilla, esperar— para descubrir que el verdadero trámite es otro: el de volver a mirar el mundo con extrañeza y ganas de reír.

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