PEQUEÑOS LUCÍFERES DE LA NOCHE
- Martín Montani

- 16 ene
- 9 Min. de lectura
¿Cómo sobreviven imágenes mínimas en tiempos de una vida dañada?
Un campo de imágenes consteladas, articuladas en clave de ensayo, a partir de la obra Mínima Moralia de Mateo de Urquiza, en colaboración con Belén Parra.
La vida del espíritu sólo conquista su verdad cuando se encuentra a sí misma en el absoluto desgarramiento.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel
Una antigua diosa lleva la antorcha de la aurora. Un pequeño insecto titila en la noche. Mirar el cielo y advertir cómo las formas de las nubes se fragmentan en su deriva. Avanzar. Caminar un sendero donde los pasos cargan un peso muerto sobre una tierra dañada, agrietada, atravesada por una sequedad que ya no se nombra. Percibir en esa aridez la fractura de un nosotros que ha perdido el suelo común. Haber dejado de vivir poéticamente un tiempo que ya no se habita y existir desgarrados en una mínima moralia nos conduce a un estado donde la invisibilidad compartida se vuelve hábito y la intemperie, forma de vida.
La civilización no detiene ese movimiento, lo que ayer bajo el cielo, hoy desplegado en la técnica. La cultura avanza de lo malo a lo peor, y de lo peor a su aceptación. Del daño no se extrae una corrección, sino un aprendizaje en el que se enseña a acostumbrarse. En ese ejercicio silencioso de las ideologías, la violencia deja de pedir razones, porque ha aprendido a incorporarse a la conducta. Así se consuma el triunfo de una violencia histórica que ya no necesita justificarse. Se instala entonces un exilio interior donde se aprende más a tolerar lo intolerable que a saber verlo, distinguirlo y denunciarlo; donde la mirada se adiestra para resistir sin comprender y la conciencia se acostumbra a convivir con aquello que debería haber sido impugnado.
Theodor W. Adorno reflexiona en Mínima Moralia que la vida dañada no se reconoce en las grandes tragedias, sino en pequeñas imposibilidades: la imposibilidad de quedarse, de confiar, de hacer durar la espesura no lineal del tiempo de la experiencia.
Este ensayo nace a partir de la experiencia de haber presenciado la obra Mínima Moralia. Apertura de proceso, presentada en octubre de 2025 en Galpón F.A.C.E., en el marco del ciclo Escenas Emancipatorias. A partir de ese encuentro, el texto se despliega como una indagación crítica y sensible que trabaja con un campo de imágenes —fotografías y pinturas— reunidas en forma constelar. La investigación ensaya así una distancia filosófica situada, articulada desde una política visual de la mirada: un desvío del modo de saber-ver hacia un poder-ver de lo posible.

1.-EL NOSOTROS HERIDO. - Una comunidad de jóvenes habla un lenguaje que comienza a fragmentarse y que ya no basta para permanecer unidos. Sus voces se rozan, se pisan, se interrumpen y golpean entre sí. Ninguna termina de llegar al final de su frase. Solo son oídas como restos mutilados. Cada uno carga su propia catástrofe, una experiencia agonizante, testimonio privado de secuestro, persecución o tortura.
Los cuerpos ocupan el mismo espacio, pero no el mismo tiempo. Lo que antes era presente comienza a replegarse antes de suceder. Y lo que alguna vez fue pasado retorna, no como memoria, sino como repetición degradada de dolor.
Una ventana se está cerrando en el momento exacto en que la luz escénica cambia, empujada por el movimiento de la violencia. Dos focos de luminaria cambian la distribución del golpe. Instantes en que la historia decide su encuadre.
Como diría Umberto Eco en El fascismo eterno que este no siempre regresa necesariamente con camisas negras ni marchas militares; puede volver de maneras inocentes, cotidianas, incluso bajo la apariencia del lenguaje.
El nosotros herido se expande sin marco que lo sostenga. Hablar juntos ya no basta porque el "nosotros" no nace del discurso, procede de una ausencia que se vuelve indiferente, en una comunicación que fustiga al propio hablante, despojado de mundo y palabras sin suelo.

2.- DONDE YA NO SE PUEDE MORAR LA INTEMPERIE INTERIOR. - Hay un momento en que el espacio deja de ser habitable. No porque falte techo sino por falta de una esperanza de futuro dentro de un mismo techo común. La tierra, expuesta, perdió el secreto que la sostenía y la ecología seguirá sangrando en una hemorragia interna, sabemos todos cuáles son esas manos suciamente distinguibles.
La vida dañada no se reconoce por grandes tragedias sino en pequeñas imposibilidades. La imposibilidad de quedarse; la imposibilidad de confiar; la imposibilidad de hacer durar la espesura del tiempo no-lineal de la experiencia.
El animal habita el suelo antes de trazar su forma. Los elefantes recuerdan el camino del agua. Las hormigas miden el peso de la naturaleza con sus cuerpos. Las aves no levantan nidos porque si, primero habitan el aire, buscan sus ramas, escuchan el viento y recién entonces tejen su hogar.
Los animales habitan antes de construir.
Este humano, en cambio, ocupa el espacio desde el cálculo de un plano, cuadrícula o su proyección abstracta ideada desde una maqueta. Levanta inmensas estructuras de cemento, vidrio y aluminio que organizan cuerpos sin producir morada. Grandes recipientes de unidades apiladas en vidas separadas por individuos no habituados a vivir poéticamente en su singularidad. Allí donde la construcción precede al vínculo, el habitar queda reducido al uso y diluido en la forma.
Primero se construye y después se habita su suelo. De tal modo, la vida que no encaja aprende rápido a desaparecer del mapa. En la República Argentina, por ejemplo, Capital Federal y su cordón bonaerense se vuelven un núcleo hipertrofiado, una acumulación de cuerpos empujados hacia el mismo centro, mientras extensas provincias quedan suspendidas en una deshabitación silenciosa. Se concentra lo vivible allí donde el capital puede circular con mayor velocidad, y se abandona el resto como si el suelo, sin rentabilidad inmediata, no mereciera ser habitado.
La ciudad se densifica en vertical mientras el territorio se vacía en horizontal.

3.- DE LO MALO A LO PEOR Y DE LO PEOR A SU ACEPTACIÓN. - Los capirotes de la liturgia penitencial de la Inquisición española no funcionaban tan solo como una iconografía estéticamente reconocible ni como un simple disfraz que tapaba su responsabilidad. Ellos descienden como una señal antigua, una marca en su cuerpo desde arriba, rito de la vergüenza de mirar.
Un cono sobre la cabeza y la tradición como marca pedagógica visual del terror. El rostro deja de pertenecer al mundo y cargar sin nombre. El cuerpo aprende rápido a interiorizar la culpa (incluso cuando no la tiene) y el verdugo aprende algo peor que es la comodidad de su anonimato.

En la obra emergen tres paisajes que deseo visualmente sintetizar, no en términos de secuencia sino de insistencia en el orden temporal de la puesta, acerca del castigo como normalidad.
El primero ocurre cuando el cuerpo de tez negra ocupa el último eslabón de una escena de disciplinamiento colectivo. Extiende las manos y permanece tendido en plancha abdominal. Las articulaciones se detienen como si hubieran sido fijadas por un reglamento invisible. El temblor aparece por cansancio cuando el cuerpo sostiene el castigo que nadie pronunció.
El segundo paisaje instala un dispositivo de vigilancia. La blancura dialéctica del KuKluxKlan rodea, en tensión muda, e intimida al cuerpo anterior. No hay novedad en la escena. Solo la reactivación de una coreografía arcaica que el mundo nunca dejó de ensayar.
El tercero fija la imagen panóptica del anillo de los cuerpos encapuchados dispuestos y distribuidos alrededor siempre, del mismo cuerpo desviado de la norma de la visibilidad.

Antes del juicio estuvo el rito y previo a su ley, la forma. De lo malo a lo peor y de lo peor a su aceptación, el triunfo de la violencia histórica que ya no necesita justificación.
4.- PASAJE. - En su novena Tesis sobre la historia, Walter Benjamin se detiene en una acuarela de Paul Klee para imaginar el ángel de la historia. Imagen alegórica donde progreso y destrucción coexisten de manera trágica y dialéctica.
El ángel querría detenerse, despertar a los muertos, recomponer lo destruido. Pero no puede. Un viento implacable lo empuja hacia el futuro. Sopla desde atrás, desde aquello que se llama paraíso. Sus ojos desmesuradamente abiertos, sostiene una mirada que no recorre una sucesión de acontecimientos, sino una única catástrofe que no cesa de amontonarse de ruina sobre ruina, hasta alcanzar el cielo.
Benjamín nos concluye diciendo que ese viento se llama progreso. Y en toda idea de avance, algo irremediablemente se pierde. Cada paso hacia adelante deja algo en el pasado. En el silencio del ángel pesa todo el dolor del mundo. Un eco antiguo que nos habla desde los escombros del lenguaje.
Hay tiempos que ocurren dentro del tiempo. Momentos en que la voz se golpea y se alza en los muros que sueña ser hendija, umbral hambriento. Pero la voluntad de civilización triunfa cuando se cree horizonte, cuando cae y olvida que también es margen y pierde de vista que la fuerza de que su potencia residía en la fuga.

Esta primera imagen de lado izquierdo, condensa una paradoja insoslayable de una promesa de redención que se vuelve imposible cuando el deseo de interrupción mesiánica queda neutralizado por el tiempo homogéneo y vacío del progreso, que avanza sin detenerse, incluso sobre sus propios escombros.
Desde aquí propongo un desplazamiento. No una negación, sino una torsión.
Un pasaje del ángel a la experiencia humana.
Si el Angelus Novus encarna una conciencia histórica aturdida por la catástrofe y frustrada en su anhelo de salvar el pasado, el Lucifer de la obra de El ángel caído de Alexandre Cabanel (imagen lado derecho) en la que puede leerse como su reverso profano en clave contemporánea. No como contradicción, sino como complemento crítico.
No se trata aquí de hacer una revisión de la figura del demonio teológico, sino de una figura herida. Un orgullo destrozado. Una soberbia caída que despierta una empatía ambigua romántica, trágica y profundamente humana.
Esta pintura del romanticismo tardío, Cabanel representa al ángel instantes después de la caída de un cuerpo joven, desnudo, hermoso, arrojado fuera del cielo. Con una mirada fría, húmeda de lágrimas contenidas y el puño, crispado contra el rostro.
En su herida reconocemos la nuestra: ¿quién no cayó alguna vez por confundir el ascenso con la libertad, y cuánto hemos cambiado desde entonces, si el fascismo no desapareció sino que aprendió a disfrazarse?
No hay súplica. No hay promesa. Solo una mezcla densa de ira, vergüenza y dolor. En la que sus lágrimas no purifican ni redimen siendo residuo fisiológico de una experiencia, el rastro de una mirada que ya no soporta su propio brillo en la oscuridad.
Su caída es infinita. Su luz no detiene la tempestad. Lucifer encarna una mínima moral de la luz en el ocaso de toda promesa. Desde los márgenes de lo sagrado, su figura no anuncia el fin de la noche, sino la persistencia de un resto. Un pathos de la caída. Una supervivencia simbólica de la luz en la oscuridad, no como triunfo, sino como condición precaria para atravesar lo dañado.

No todo se salva. Pero algo, todavía, permanece encendido.
5.- CODA. - (Child of DeafAdults): - Oímos antes de hablar. Antes de toda palabra, su sonido. Antes del discurso y de la imagen, la vibración.En Mínima Moralia, la densidad grave de un lamento prolongado —el sonido del cello— irrumpe como un ultimátum anterior al sentido. Un ritmo que excava en la forma misma del dispositivo. El abatimiento de una hora final marcada al pulso de un piano con una percusión que hunden sus manos, absorbidas por la tierra, como si buscaran un suelo y no lo encontraran. Carteles brechtianos emergen entonces como fragmentos de un manifiesto fallido; consignas sin nación, palabras expuestas y desgarradas que ya no organizan, pero tampoco callan.
Desde allí se abren las preguntas: ¿Qué imágenes pueden todavía interiorizarnos socialmente para volver a habitarnos en una imaginación común? ¿Dónde encontrar una luz que no enceguezca ni sea ocultada su potencia bajo la forma de la opresión? ¿Existen modos de proyectar —desde una política visual y estética— imágenes lejanas por su posibilidad y justas por su dialéctica?
La pregunta que atraviesa esta constelación es simple y persistente. En términos generales, ¿Qué puede una imagen? y en términos particulares ¿cómo sobreviven esas imágenes mínimas en tiempos de una vida dañada?
La obra escénica nos deja el rastro de dos vestigium de ellas:


Entre la caída permanente del presente —crisis que se encadenan y nos educan en la sensación de haber perdido un paraíso— ver se vuelve un acto de coraje. No cegarse ante las luminarias del siglo ni rendirse a la inanición, sino aprender a reconocer, en la oscuridad, los destellos menores que insisten por otros mundos posibles.
ANEXO · PARTICIPANTES DE LA OBRA
Intérpretes: Cinthia Hernandez, Belén Parra, Esteban Puch, Liza Karen Taylor, Martín Antunia, Pia Hernandez, Nacho Szulga, Florencia Fiori, Mariano Sayavedra, Martina Greiner, Federico Shmidt, Julieta Pot y Robson Aparecido Bermardes. Músicos: Pia Hernandez (piano), Nacho Szulga (contrabajo) y Martina Greiner (cello). Concepto y dirección: Mateo de Urquiza, en colaboración con Belén Parra.
Iluminación: Adrián Grimozzi.
ANEXO · IMÁGENES
(por orden de publicación)
Gilles Peress (1993). Sarajevo durante la guerra de Bosnia. Serie Farewell to Bosnia. Fotografía.
Andrés Manrique (2025). Mínima Moralia. Fotografía del artista.
Mies van der Rohe, L. (1922). Glass Skyscraper (Rascacielos de Friedrichstraße) [Dibujo / proyecto]. Archivo Mies van der Rohe.
Andrés Manrique (2025). Mínima Moralia. Fotografía del artista.
Andrés Manrique (2025). Mínima Moralia. Fotografía del artista.
Klee, P. (1920). Angelus Novus [Acuarela y monotipo]. Israel Museum, Jerusalén.
Cabanel, A. (1847). El ángel caído [Óleo sobre lienzo]. Musée Fabre, Montpellier, Francia.
Martín Montani (2024). Mar del Plata. Fotografía del autor.
Andrés Manrique (2025). Mínima Moralia. Fotografía del artista.
Satō, T. (1997). Hikari–kokyū / Photo-Respiration [Serie fotográfica]. Bijutsu Shuppan, Tokio.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Mínima moralia Adorno, T. W. (2004). Mínima moralia. Reflexiones desde la vida dañada. Traducción de J. Chamorro Mielke. Editorial Akal.
Tesis sobre la filosofía de la historia Benjamin, W. (2009). Tesis sobre la filosofía de la historia. En Estética y política. Editorial Las Cuarenta.
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