top of page

Lo demás sigue circulando. Sobre el Indio Solari y las formas de permanecer

Por Marina Julieta Amestoy (Mariné)

Sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo

Indio Solari


Hay artistas que admiramos. Hay otros que se vuelven compañía. El Indio fue de esos.



Apareció en distintos momentos de mi vida y, sin proponérselo, terminó habitándolos. Estuvo en la euforia de algunos años, en la intemperie de otros, en los viajes, en los duelos, en las amistades que parecían eternas y en los días en que el mundo cambiaba de forma sin pedir permiso. Su música supo acompañar la celebración y el derrumbe con la misma intensidad. A veces fue refugio. A veces, combustible. A veces, el lugar donde ciertas preguntas encontraban una forma más precisa de existir que cualquier respuesta.

Por eso la muerte de ciertas figuras produce un movimiento extraño. No se trata solamente de la desaparición física de una persona. Se modifica una parte de nuestra biografía. Como escribió alguna vez el sociólogo francés Pierre Bourdieu, las obras culturales no existen únicamente en sí mismas: existen también en la relación que construimos con ellas. Nos forman mientras creemos que apenas las consumimos. Nos moldean el oído, la sensibilidad, la manera de mirar el mundo.


Algo de quienes somos está hecho de aquello que amamos.


Cantante calvo con gafas oscuras canta al micrófono en un escenario, bajo luces moradas y verdes intensas. Indio Solari

El Indio pertenece a esa categoría rara de artistas que lograron convertirse en experiencia colectiva. Sus canciones funcionaron durante décadas como un punto de encuentro para sensibilidades muy distintas, capaces de reunir experiencias, lecturas y emociones que excedían largamente el hecho musical. Una forma de leer la realidad. Un territorio simbólico donde convivieron el desencanto, la ironía, la ternura, la rabia, la sospecha frente al poder y una obstinada confianza en la imaginación.

Su poesía siempre me pareció profundamente argentina. No porque hablara de banderas o de patrias, sino porque parecía escrita desde las grietas de nuestra propia historia. Había barrio, filosofía, marginalidad, literatura, humor negro, política, deseo y una sensibilidad callejera difícil de traducir. Una mezcla improbable entre el arrabal, la contracultura, la historieta, la tragedia y el sueño.

Cantante calvo con gafas de sol y camisa vaquera, con micrófono en mano, actuando en un escenario rojo y morado. El indio Solari

Por estos días, Mariana Enríquez señaló algo que vuelve una y otra vez a mi cabeza: el fenómeno del Indio era imposible de exportar por completo. Podían viajar las canciones, los discos o las letras, pero aquello que ocurría alrededor de él pertenecía a una geografía emocional muy específica. Y creo que su observación ilumina una dimensión fundamental del fenómeno. El Indio solamente podía haber sucedido aquí porque fue el resultado de una trama cultural irrepetible: la salida de la dictadura, la desconfianza hacia las instituciones, la construcción de comunidades por fuera de los circuitos oficiales, el deseo de encontrar una voz propia cuando tantas voces habían sido silenciadas.



Quizás por eso nunca terminó de convertirse en una estrella en el sentido convencional del término. Su figura estaba más cerca del mito popular que de la celebridad. Más cerca del relato oral que del espectáculo. Más cerca de la peregrinación que del consumo. Pienso también en la enorme cantidad de personas que encontraron en sus canciones una forma de nombrar lo que sentían. No es un dato menor. Vivimos rodeados de discursos que simplifican la experiencia humana. El Indio hizo exactamente lo contrario. Construyó una obra llena de pliegues, de ambigüedades, de imágenes abiertas. Confiaba en la inteligencia de quien escuchaba. Dejaba espacio para que cada uno encontrara allí su propia historia. Tal vez por eso cuesta despedirlo. Porque no se despide solamente a un músico. Se despide una presencia que acompañó décadas enteras de la vida argentina. Una voz que atravesó generaciones. Un modo de estar juntos. Sin embargo, hay despedidas que no se parecen a las ausencias definitivas. Hay personas cuya obra sigue produciendo encuentros mucho después de que se han ido. Permanecen en los libros subrayados, en las canciones que vuelven cuando menos las esperamos, en ciertas conversaciones de madrugada, en la memoria afectiva de quienes fueron tocados por ellas. El Indio deja algo de ese orden. Una herencia difícil de medir y todavía más difícil de explicar. La dulce certeza de que algunas voces terminan mezclándose con la respiración de una época. Y que, cuando eso ocurre, la muerte alcanza apenas al cuerpo.


¿Lo demás?

Lo demás sigue circulando.


Cantante en blanco y negro, con micrófono y brazos abiertos, mira hacia arriba en un escenario con luces dramáticas. Indio Solari
GRACIAS, POR TANTO, INDIO Y HASTA SIEMPRE.


Comentarios


Bio

WhatsApp Image 2025-10-28 at 11.11.51.jpeg

Críticas

Si te gusta Revista Mariné y querés ayudarnos a crecer, podes comprarnos un cafecito desde $2000

 

(https://cafecito.app/revistamarine)

  • Instagram
  • LinkedIn
bottom of page