Sobre los caminos de la tristeza.
- Victoria Keriluk

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Por Victoria Keriluk
La Tristeza. Dramaturgia: Consuelo Iturraspe Actúan: Fernanda Bercovich Músicos: Bruno D´ambrosio
Voz en Off: Federico Liss Diseño de vestuario: Leonel Elizondo Diseño de escenografía: Santino Mondini Rivas Diseño De Sonido: Nicolás Torchinsky Edición musical: Pablo Butelman
Edición de sonido: Guido Deniro Audiovisuales: Agustín Obregón Música original: Ariel Obregon
Diseño De Iluminación: Fernando Chacoma Diseño gráfico: Agustín Obregón Asistencia de dirección: Elisa Carl Producción: Consuelo Iturraspe, Mumi Paladini Dirección: Consuelo Iturraspe Fundación Cazadores, Función: 20/06,21: 30 hs.
La remisería brilla con el resplandor propio de un atardecer. El ventanal reticulado central de la sala, adrede al descubierto, deja entrar la luz cálida de las luminarias públicas. Desde esta primera impresión la obra irá descubriendo, a través de Sonia (Fernanda Bercovich), único personaje en escena, el ocaso de una época y la nostalgia que esto supone. Pero también el necesario cierre de un ciclo que como todo final merece un duelo: adaptarse a una nueva realidad sin aquello que ya no está.
Mientras el público termina de acomodarse, la remisería permanece vacía. Las luces de la callen tiñen de ocre un mobiliario austero que conserva objetos de otra época: un teléfono inalámbrico, un intercomunicador de radio analógico y el torso de un maniquí solitario que anuncian el declive de una era. Un elemento disruptivo da comienzo a la obra, cuando un corte de luz a cuchilla habilita la proyección de un texto que presenta el llanto como forma primitiva de la tristeza. Cuando la luz regresa, el resplandor cálido del comienzo es reemplazado por una luz que evoca el blanco frío de la luz de tubo, propia de las remiserías. Un procedimiento que instala, desde el comienzo, otro modo de ver la obra: no solo desde la contemplación, sino desde la reflexión activa.


En algún barrio de Buenos Aires Sonia y Caballo (la voz en off de Federico Liss) pasan las horas de la noche de un trabajo vacío charlando por un intercomunicador de radio. El suicidio de una compañera y su diario íntimo abandonado regresan tenazmente una y otra vez a sus conversaciones. La obra indaga en los caminos de la tristeza y en el esfuerzo personal que exige el no permanecer perdido. En este sentido, el texto de Iturraspe se sumerge en la melancolía y en la añoranza por el pasado, pero sin detenerse en esa nostalgia. Entre juegos inventados para pasar el tiempo, canciones e historias familiares incómodas, la obra propone un retorno constante hacia la tristeza atravesado por relatos que oscilan entre lo real y lo imaginario, donde el humor funciona como el contrapunto perfecto de la melancolía y la ternura surge en medio del dolor junto a la amistad entre Sonia y Caballo.
La autora logra un equilibrio entre matices, maravillosamente encarnados por la frescura y la sensibilidad de Fernanda Bercovich. Su interpretación, de una franqueza sutil, invita a una identificación inmediata y a perderse en caminos introspectivos. Un cambio en el tono de voz, el revoleo de los ojos, una mueca o una postura familiar le bastan a Bercovich para generar momentos entrañables, como saltar de la ternura al enojo en una sola exclamación durante su charla con Caballo, o el desborde de tristeza al relatar una película que cree comprender a pesar de haberla visto en absoluto silencio. De este modo, la dirección de Iturraspe articula un vaivén escénico que permite al espectador transformar el llanto en risa, el cariño en enfado y el juego en melancolía.
Pero el de Sonia y Caballo no es el único relato presente en la obra; la alternancia que Iturraspe logra en el interior de la trama también la proyecta por encima de ella. El corte de luz a cuchilla, seguido por breves textos en la penumbra, se vuelve un recurso recurrente que interrumpe la cronología de la puesta y sacude la atención del espectador. La repetición de este recurso da lugar a un dispositivo escénico rítmico que complejiza la trama e invita al público tanto a dejarse llevar por la ficción como a detenerse en su propia introspección. A través de este distanciamiento, crudo y punzante, la directora edifica una narrativa metatextual que corre en paralelo: una trama inesperada que dialoga de frente con la escena. Es allí donde emerge la historia de Yona, el personaje de Chéjov atrapado en su infinita soledad durante una gélida y gris noche de invierno tras la muerte de su hijo y su deseo de desahogo, de ser escuchado. Al igual que Sonia halla en Caballo un refugio de empatía, Yona encuentra el suyo en su único y fiel compañero: su propio caballo. Con esta referencia, Iturraspe habilita una operación dramatúrgica que traslada el dolor individual hacia una dimensión política y afectiva: la soledad en tanto una condición del trabajo y también como una herida social afectiva y la ternura en tanto resistencia y posibilidad de nuevos modos de vinculación.

La belleza y sensibilidad de La tristeza radican en su capacidad para hacer convivir fuerzas que a simple vista parecen opuestas o incompatibles. La dramaturgia de Iturraspe no elige entre el texto y el metatexto, ni se debate entre la empatía y el desapego; por el contrario, utiliza el distanciamiento crítico para profundizar la identificación, y reviste de una inesperada calidez la frialdad de esa remisería agonizante y analógica. En esa tensión complementaria se edifica una experiencia de múltiples capas de sentido que desborda y transforma el tópico inicial. Así, la tristeza deja de ser una mera idea para volverse un territorio transitable: se encarna en el cuerpo, se piensa en la oscuridad, se charla por intercomunicador, se canta en comunidad y, finalmente, se reconfigura. Porque la obra, en su poética fragmentaria, nos recuerda que para encontrar el camino primero es preciso perderse.
Todas las fotos pertenecen a Ana Rodríguez Baños.
Para seguir habitando los caminos que abre esta obra, recomendamos dos libros que dialogan con su sensibilidad: Predar, de Camila Alonso, una exploración poética del cuerpo y la vulnerabilidad, y Odas, de John Keats, donde la belleza y la melancolía encuentran una de sus expresiones más perdurables.
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