Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve
- Sofia Botero Saffon

- hace 5 horas
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Sofía Botero Saffon es una cineasta y artista escénica caleña interesada en la creación de narrativas emocionales y humanas. Estudió Artes Escénicas y Comunicación Social en la Pontificia Universidad Javeriana, y posteriormente se especializó en Producción Cinematográfica en Vancouver Film School. Como directora y guionista ha desarrollado los cortometrajes Un Día Para Recordar, Querida, Navegantes (proof of concept), Out the Door, Sweet & Sour, The Elephant y Boy Forgotten. Su trabajo explora temas de identidad, memoria, duelo, familia, maduración y pertenencia desde una mirada íntima y sensible.
Actualmente se encuentra desarrollando un nuevo cortometraje en Colombia, así como una línea de proyectos de largometraje y televisión.
Residencia: Bogotá, Colombia.
Veintiún Días de Emanuel Ramírez
A las tres semanas de haber nacido, Emanuel Ramírez se sentía completamente encapsulado por la realidad que acogió su existencia. Aparentemente, 3 semanas de vida era demasiado temprano para ser un existencialista radical. La mayoría de los bebés llegaban a estas posiciones filosóficas al menos al mes de vida. Pero no. Emanuel sentía el peso de la existencia desde el segundo que salió disparado del vientre de su madre, y sin un doctor lo suficientemente ágil o rápido para atraparlo, se chocó de frente contra una pared.
“¡Y tope, tope, TAZ!”
Le decía su tía mientras jugaba con el recién nacido, y le contaba entre risas la absurda historia. Como si él mismo no hubiera estado ahí presente. A pesar de la frente color rojo vivo, todavía era demasiado pequeño para expresar aquel incendio iracundo que sentía dentro de él. No tenía forma de decirle a su querida tía que la historia que a ella le sacaba tremendas carcajadas, para él estaba llena de humillación.
Su primer recuerdo fuera del útero de su madre le provocaba arrancarse los contados pelos de su calva cabeza. ¿Cómo es que ninguno de los 15 doctores en el quirófano era capaz de especializarse en atrapar bebés? Debería ser un requisito para entrar a la sala de parto, pensaba Emanuel, mientras imaginaba una de esas máquinas automáticas que disparan balones de fútbol americano para entrenar a sus deportistas, pero en vez de uniformes de hombreras fuertes y cascos para evitar contusiones, son batas blancas, gorritos y guantes azul cielo.
La jaqueca que le dio después del golpe lo dejó llorando sin parar por sus primeros 10 días de vida. “¡Qué dolor de cabeza tan hijueputa!”, pensaba el infante.
Aquel famoso accidente no solo lo dejó con uno de los peores dolores de cabeza en su corta vida, sino que, a causa de todo su llanto, privó a su inocente madre de sueño. Su madre, sintiendo la ausencia de las caricias de profundas fantasías nocturnas, exhibía ojeras tan hondas como las fosas de las Marianas, y tan púrpuras como aquellas flores de verano que nacen sin pedirle permiso a nadie.
Todo porque su bebe no la dejaba dormir ni 10 minutos. Su madre, quien culpaba al recién nacido. Su madre, que en medio del cansancio llegó a odiar a su bebe, y a arrepentirse de haberlo tenido. Su madre, destruida, porque en los 10 primeros días de vida, el padre del bebé nunca apareció a conocer a su hijo.
Emanuel, tan pequeño y tan nuevo a este mundo, todavía no tenía las palabras para tranquilizarla, decirle que estarían bien, y que solo necesitaba un acetaminofén fuerte para parar de llorar. Emanuel quien moría por consolar a su mamá, decirle que su padre no le podía importar menos, que ella era suficiente, y que él la amaba profundamente.
El tiempo pasó, el dolor de cabeza se fue, y ambos pudieron dormir, pero a sus tres semanas de vida Emanuel no había logrado decir una sola palabra.
Con la única misión de hacerse entender, la frustración creció más rápido que el tamaño de su estómago. Pero los adultos humanos son las criaturas más inútiles para escuchar. Cada vez que se intentaba expresar, terminaban dándole leche, cambiándole el pañal o intentando que se durmiera. Como si comer, cagar o dormir fueran las únicas razones para una pataleta.
La impaciencia por decir todo lo que sentía, llenó a Emanuel de gases atascados. Lentamente prefirió no estorbar con la inutilidad de sus enormes sentimientos contenidos en su cuerpito chiquitico. A él le parecía que todos intentaban calmarlo para callarlo, y recuperar lo más pronto posible la “paz” del hogar; más que para entender qué pasaba en la cabecita de esta pequeña personita, tan abrumada en su existir.
Lo peor de todo es que a su segunda semana de vida, Emanuel entendió lo que tantos ignoraron por años a seguir. Él había heredado de su madre la inhabilidad de hacerse entender. La falta de palabra no era culpa de sus pocos días de vida. No. Era culpa de todas las veces que callaron a su dulce madre cuando intentaba compartir el discurso eterno de su mente con el mundo exterior. Ella intentó y nunca lo logró. Emanuel en cambio, dejó de intentar incluso antes de poder pronunciar su primera palabra.
El mundo rugoso, lleno de ciegos y sordos por elección, le causaron un sarpullido en la piel que dermatólogos llamaron “eccema” por años. Pero Emanuel sabía que a aquellos ilustrados doctores, tan enfocados en su materia, se les había olvidado preguntarle al infante, al niño y al adulto, qué era lo que sentía. Pues más allá, debajo de capas y capas de superficie, montañas de piel eterna que le revisaron hasta el último lunar, la verdadera enfermedad no era una alergia, sino el efecto de un pozo vacío, ubicado debajo de la garganta y en el medio de los pulmones.
Un vacío infinito y diminuto que nunca supo nombrar.
Y así es como en 3 semanas. 21 días de vida. Emanuel Ramirez decidió aplicar el existencialismo a su pensamiento. Todas sus grandes emociones se llegaban a resolver con un simple “¿pa´qué?”, un “¿qué importa?”, o un perfecto “vale huevo”.
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