Cuerpos de Texto | Primera Edición |Narrativa Breve
- Erick Sebastian

- hace 5 horas
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Erick Sebastián Ramírez (Morelia, 2003) es periodista egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado en N+Univisión y El Universal. Su escritura de ficción y narrativa breve ha sido publicada en revistas y antologías. Vive en Ciudad de México.
IG: @ericksebstian
Una noche en la Central de Abastos
Recuerdo esa noche como calurosa, aunque probablemente no lo fue, en Morelia, sin importar
cuan soleado estuviera el día, las noches eran heladas…o frías, cuando bien nos iba. Tampoco
recuerdo mucho los sonidos a excepción de algunos chillidos, cláxones y gritos de advertencia.
Yo, pequeño y temeroso, recuerdo que como siempre en esas ocasiones llevaba los ojos y
los labios bien cerrados para tener los oídos tapados, repetía una y otra vez a fuerza de memoria
la misma melodía: Otra vez que se queda con ganas, otra vez que se queda con nada, con nada.
La música de El Chapo De Sinaloa era bastante popular por ese entonces en Michoacán.
Ocurrió después del comienzo de mi primer ciclo escolar (yo no me incorporé a la
escuela hasta el tercer grado en jardín de niños), pero, antes del Atentado Granadero del 15 de
septiembre de 2008; entonces debió tomar lugar entre finales de agosto o principios de
septiembre de ese año.
Ya era costumbre que Los Zetas cerraran el Boulevard García de León y quemaran autos
al azar, pero esta vez –según todas las advertencias de los otros transeúntes- era diferente. Había
tomado también la Avenida Acueducto, la Calzada La Huerta y el Periférico Revolución, pero
donde todo estaba peor era en los arcos, cerca de la Fuente de las Tarascas. No están perdonando
ni un solo coche decían.
Debió ser alrededor de las nueve de la noche. Mi papá cerraba su bodega “El Canguro
Bolsón” en la Central de Abastos a las ocho, pero, tardaba una hora aproximadamente en barrer,
ajustar cuentas, preparar pedidos y dejar todo listo para poder irnos. Mi hermana y yo pasábamos
casi todas las tardes después de la escuela en ese local. Mi papá no tenía una secretaria, así que
mi mamá se encargaba de atender el mostrador, agendar las visitas de los proveedores y atender
las llamadas. Básicamente los cuatro vivíamos en la Central, pero jamás nos habíamos quedado a
dormir allí.
La única forma (en ese entonces) para salir era por el Periférico Revolución. Apenas unos
pocos minutos de manejo y la anomalía de la situación era evidente: sinfín de carros en sentido
contrario, un bloqueo inmenso un poco más adelante y el ruido de montones de cláxones
enfurecidos.
Mi papá se orilló y comenzó a discutir con mi mamá. Yo no prestaba mucha atención en
esos casos, pensaba en otras cosas como lo incómodo que era usar el uniforme escolar hasta esas
horas de la noche o en las ganas que tenía de ver una película de Harry Potter.
Tiempo después me enteraría que en esa discusión mis padres se debatían entre escuchar
o no las advertencias de los extraños. Mi papá defendía la idea de intentar volver a casa, pero,
mi madre tenía miedo de terminar en un embotellamiento sin control de la situación. Mi hermana
(quizá porque es mayor que yo) siempre fue angustiosa y procuraba enterarse de todo lo que se
decía en esos debates; yo, por otro lado, me trasladaba entre melodías y pensamientos poco
elaborados –costumbre que conservo–.
Pasaron unos veinte minutos para que finalmente mi padre se decidiera completamente
por dar la vuelta y llevarnos a todos de regreso. No recuerdo exactamente qué pasó, pero algo
aceleró el ritmo de esa decisión. El peso de los años no me ha traído el valor para preguntar qué
fue; al contrario.
Aunque sentí cuando mi padre arrancó, no mire la ruta. Fue hasta después que descubrí
que estábamos de vuelta en la fachada de “El Canguro Bolsón”. ¿Por qué estamos aquí?
pregunté. Bájate respondió mi madre, notoriamente molesta. Para mi sorpresa, en la Central de
Abastos nuestro carro no era el único, el estacionamiento estaba igual de lleno que en el día,
confirmando que no habíamos sido los únicos en tomar la decisión de refugiarnos en los locales.
Entramos a la bodega y nos escondimos todos en la oficina del fondo, mi padre juntó los
cartones que pudo para apilarlos a manera de colchón y nos ofreció costales a manera de cobijas.
Yo no tomé costal, por alguna extraña razón, a pesar del frío moría de calor.
Aunque volvimos para dormir, solo fue un decir, porque en realidad nadie lo hizo. Mi
padre estaba sentado en su escritorio y mi madre sobre los cartones. Mi hermana y yo estábamos
acostados, pero solo nos mirábamos los rostros simulando exageradamente caretas serias y
adultas.
Los golpes comenzaron casi al instante, las cortinas metálicas cimbraban por los azotes
que un grupo de extraños repartía. Son los Zetas escuché susurrar a mi papá, han de andar
buscando a alguien, por eso cerraron casi todas las avenidas. Mi madre comenzó a llorar y a
apretarse la cara aterrada, aunque yo no sabía lo que significaban las palabras de mi padre supe
que eran de mal agüero.
Los golpes se escuchaban cada vez más cerca pero siempre sin respuesta.
Al día siguiente nos enteraríamos de que estaban buscando un lugar para esconderse, la
Central era de cierta forma su territorio, llevaban meses cobrando cuotas bajo la excusa de
proteger la zona, pero, obviamente esperaban reciprocidad.
Si tocan aquí, ni se les ocurra hacer ruido, calladitos nos advirtieron mis padres a mi
hermana y a mí.
Después de eso el miedo me sobrepasó y no pude atragantarme más las preguntas que se
agazapaban en la garganta: –¿Pero por qué vamos a dormir aquí?, ¿qué son los ruidos que se escuchan afuera?, ¿a quién andan buscando? – les pregunté susurrando, imitando el mismo tono en que ellos nos
habían hablado.
Mis padres me miraron fatigados y no supieron qué decir, estaban muy exhaustos como
para inventar una excusa creíble. Solo mi hermana –que con los años se volvería en otro cuerpo
extraño y distante que ignoraría mis preguntas al igual que mis padres– entendió en ese momento
que sus años de ventaja escondían una respuesta que podía ofrecer calma a la angustia que me
privaba del sueño.
–Es la llorona– me dijo quedito en el oído –Nos estamos escondiendo de la llorona.
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