Cuerpos de Texto | Primera Edición | Escrituras Híbridas
- Manuel Rodríguez
- hace 1 día
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Manuel Rodríguez Redolat vive en Valencia, España. Es psiquiatra, psicoterapeuta, analista y licenciado en Filosofía. Escribe desde una preocupación por el cuidado de lo frágil: las existencias menores, los restos, los recuerdos, los objetos y las formas de realidad que no terminan de hacerse visibles ni de tener carta de legitimidad. Sus proyectos actuales cruzan memoria distribuida, filosofía de la mente, ética y estética del cuidado, y un manuscrito literario sobre la renuncia a conducir.
La mariposa y su contradicción
Escribo un ensayo malogrado sobre la renuncia a conducir. Se llamará No conducir. Es un fracaso porque no se puede ensayar nada sin desvariar desde el desvío propio de la lengua. Porque si digo dejo de decir otro tanto, o un poquito más, y entonces no puedo no reconocer una derrota. Y qué es sino el cuerpo. La derrota de lo que anhelamos como lenguaje. Su impotencia. La oquedad pesada de un borde sin dibujo. Sin contorno.
Escuchadme. No es mentira. Quiero escribir un texto de odio a los coches. Un texto de odio a una manera del tiempo. Las formas y los ritmos. Un texto que tenga en consideración la cuestión de las velocidades. Ya lo he escrito, pero las personas no lo saben. Porque he renunciado a conducir. Porque naufrago con unas piernas dóciles en el asfalto.
Quema. Se hunde como una lava en el ruido de motores, en las prisas, en las desbocadas prisas, en la lava de un volcán frío como el asfalto. El ruido de vuestros motores me quema. Habéis hecho de la superficie de mi ciudad un volcán helado. Y no puedo hacer que lo sintáis por mí. Me gustaría donaros estados perceptivos. Sería una forma de amor feroz.
Porque mi impotencia es mi revolución. Porque no conducir es una fobia y
por tanto, una victoria.
Lo que pasa es que os odio.
Quise escribir sobre los artefactos y he acabado escribiendo sobre Edipo. Todos estamos ciegos. ¿No veis la fealdad de los coches aparcados como si fueran células muertas en una bañera? Restos de uñas. Exfoliaciones. Faneras. Pero no hay tapón que destapar. No hay desagüe ni regeneración. El agua es un espejo cegado. Por eso el resto es inagotable. Un mundo residual. La lava también son los neumáticos callados en la sombra. Y los coches. Agujeros con ruedas. Tumbas móviles de luciérnagas oscuras.
Una vez dije que soñé con el nacimiento de mi conciencia. No era cierto. Fue un recuerdo. Eso ocurrió. Se puede oír aún el chasquido del insecto saliendo por mi boca. Sí. Pon oído. Crepita. Es como la nieve en primavera. Un charco de escarcha en la noche boreal. Estoy sentado y tengo pocos años. Juego en el suelo del salón donde comen los clientes del bar en que me crio. Pero ahora no están. Ahora el bar es solo suelo y vivienda. Es por la tarde. Juego y me rasco la nariz por un picor que antes no estaba. Le estoy haciendo al niño que se rasque un picor que le impongo. Es una certeza. Ahora al niño le pica. Pero de repente bosteza, abre la boca. Los bostezos son movimientos impuestos a una boca aún inexperta. Una cueva se abre en la boca y desgarra los labios como si no tuvieran cremalleras. ¿Quién impone aquí? Bosteza el niño y sale un insecto de su boca. Una mosca lenta y torpe. Húmeda. Esas de las duchas. Volveríamos así a las bañeras y a los tapones imposibles. Pero antes una aclaración.
Cuando mentí y escribí que en un sueño aparecía el momento de nacimiento de mi conciencia, en un sueño que forma parte de un ensayo malogrado sobre los coches, de un libro aún porvenir, de un libro fantasma (aquí todo lo exterior a este cuerpo que balbucea no puede ser más que fantasma), dije algo. Lo dije entonces. Dije que la conciencia era una mariposa saliendo por mi boca aquella tarde de mil novecientos ochenta y muchos. Pero mentí. No era un sueño ni era una mariposa. Salió un insecto. Y salió como suceso histórico en el límite del tiempo. Borde de un origen posible.
Mirad al niño, tragad saliva, no hagáis ruido porque es asustadizo. Él es asustadizo y más asustadizo aún es el insecto que sale por su boca. Su conciencia asustadiza y temerosa. Su conciencia quebradiza. Miradlo en silencio. Se oyen tripas rugir.
¿Las de quién?
Pienso en cementerios metálicos con infinitos coches enterrados en tumbas ordenadas. Sin flores. Sin cuervos. Sin cipreses. Hay musgo, hay un sol redondo amarillo dibujado por un parvulario. El niño juega en el suelo del bar, pero la conciencia que aún no tiene le hace pensar en un cementerio de automóviles. Ha sucedido antes. Es lo que antecede a su conciencia. Su preámbulo. Una parvada de aves desciende del cielo amarillento. Graznan.
Silencio. Callad.
Se oyen vuestras tripas. Las de los que ahora miráis por esta ventana hecha de sombras. Descienden más las aves, aterrizan, como si buscaran picotear el hígado de un muerto. El hígado que todo lo absorbe. Justo en ese cruce. Ahí. En ese instante espacial de los picos hundiéndose en el cuerpo herido del dios: brota de la boca abierta del niño un insecto. Ahí empieza todo. Las aves contra el suelo son ahora un insecto saliendo de su boca. Y serán una mariposa inventada saliendo de la boca de un sueño inventado.
No he podido destruir los coches ni acabar con sus conductores. Pero con el nacimiento de mi conciencia he dejado abierta la posibilidad a un tejido de mundo en el que un cementerio de automóviles lo cope todo. He abierto una herida como si fuera un habitáculo para demorar aquello que no existe. He convertido la imposibilidad del mundo en un tapiz desplegado con tumbas de coches y silencio.
¿Queréis seguir conmigo aquí?
Si es que sí os mostraré alguno de los sueños que sostienen todo esto.
Cerrad los ojos.
Una lluvia fina acompaña los pasos zigzagueantes de un hombre bebido. Es un mayordomo o un sereno. Tiene las llaves de cuevas y pasajes, de puertas olvidadas. Sí. Él sabe de un túnel secreto donde escondí una cajita con respuestas. Era el túnel de las cerillas mojadas. Una caja fuerte. Detrás un pasillo. Las piernas hinchadas y varicosas de mi abuela del otro lado del muro, en la vida que fue, de pie, junto a la cafetera, con cincuenta años, sirviendo cafés a los clientes de siempre. El señor A., ingeniero metalúrgico. El señor B., ingeniero siderúrgico. La señora C., viuda cansada con un lunar negro cerca de la boca. Los niños de otros clientes correteando bajo la barra. Ruidos de cristales y ruidos de época. El suelo salpicado de patatas fritas, de servilletas de papel, de pieles de cacahuetes.
Escuchad.
Aún nada.
Quedamos la cajita y yo. Yo estoy dentro de la cajita y ella está dentro de mí. No se escuchan ya las voces de la barra ni las tazas de los cafés. Mi abuela, si habla, ya solo lo sabrá quien pueda acceder a su cuerpo. Se requiere un trabajo de cercanía. La época se ha cerrado sobre sí misma. Solo hay sueños. La cajita está llena de respuestas y de sueños. Elijo uno, el que mejor puede llegar a expresar lo que quiero decir. El sueño que contiene el quiebre de todos los sueños. Un sueño gris como una grieta.
Si tuviera título sería La mariposa y su contradicción.
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