Carpe Diem. Sobre "Querés ser feliz o tener razón? MUNDO SHAKESPEARE" de Cecilia Propato.
- Yamila Juara

- hace 5 horas
- 4 min de lectura
Idea: Cecilia Propato Dramaturgia: Cecilia Propato Actúan: Ivana Baldassarri, Inés Baum, Sandra Bolis, Florencia Bunzda, Gustavo Calo, Sebastían Cofie, Verónica Corizzo, Marcelo Cornu, Cecilia De Maggio, Silvia Dietrich, Patricia Leocata, Alan Llorente, Bautista Duarte, Juan Francisco Muñoz, Larisa Novelli, Esteban Piñeyro, Natalia Rey, Lixsu Sadoni, Paulo San Martín, Luka Sancho, Alejo Tofé, Pablo Turchi y Fernando Velarde. Vestuario: Cecilia Propato Accesorio: Verónica Corizzo
Diseño de luces: Luciana Giacobbe Diseño sonoro: Agustín Konsol Realización de objetos: Verónica Corizzo Fotografía: Magdalena Viggiani Asistencia técnica: Nicolás Gutiérrez Asistencia de dirección: Carina Basile Prensa: Pablito Lancone Dirección: Cecilia Propato
Funciones: Domingos 12hs. Teatro: Ítaca Complejo Teatral (Humahuaca 4027)
Entradas por Alternativa
Instagram: @queresserfelizotenerrazon
El pasado domingo tuve el privilegio de asistir a una obra que logró fascinarme y arrancarme de mi estupor como espectadora. Debo admitir que, cuando me dijeron que iría a ver monólogos de tragedias de Shakespeare, imaginé algo clásico y convencional. Me complace enormemente poder decir que estaba profundamente equivocada.
¿Querés ser feliz o tener razón? nos propone algo diferente y casi disruptivo. Al ingresar, podemos ver que el espacio está distribuido de un modo muy diferente al que estamos acostumbrados: dos largas hileras de compartimentos de tela negra, enfrentadas, con un actor o actriz en cada sección. Junto con la entrada se nos proporciona una letra: “C”, de Capuleto, o “M”, de Montesco, que determinará la hilera de actores a la que tendremos acceso. También se entregan tres monedas, con las que podemos pagar al intérprete que deseemos ver.
La idea es que, en lugar de sentarnos y dejar que nos lleven pasivamente por una historia, seamos nosotros mismos quienes elijamos nuestro recorrido. De este modo, con la suma de monólogos que cada espectador decide ver, en el orden que elige hacerlo, cada experiencia es única. Incluso si yo misma decidiera volver otro día —cosa que muy posiblemente haga—, tendría una experiencia completamente distinta.

Al enfrentarse cara a cara, se consigue una vivencia más íntima de cada interpretación. Esta oportunidad no es desaprovechada. Existe cierta incomodidad al principio, al hallarse uno solo, sin el cobijo de formar parte de esa masa anónima que es una audiencia. Tener a menos de un metro a una persona que te mira directamente a los ojos mientras vive las palabras apasionadas de los personajes de Shakespeare es más que suficiente para descolocarte.
Sin embargo, este pudor se supera sorprendentemente rápido. Es fácil dejar de ser consciente de uno mismo para concentrarse en lo que son, francamente, actuaciones maravillosas. Se puede ver claramente el fruto de un extenso trabajo para encarnar a cada personaje. Sería muy entendible que se perdiera el impacto de la palabra al estar aislada del contexto de su obra, pero los intérpretes han sabido superar ampliamente este obstáculo y logran resaltar la verdad que subyace detrás de todo lo demás que hace al personaje: la emoción humana.
Al finalizar, se mencionó una frase de Peter Brook que sintetiza perfectamente esta experiencia: “Cuando se siente, se comprende”.
Debo destacar también la técnica de la obra. La disposición del espacio, la cálida iluminación y la música construyen un ambiente que consigue situarnos en una especie de antigüedad ambivalente. La construcción visual está bellamente lograda, e incluso los elementos más “modernos” que encontramos en algunos vestuarios no rompen la ilusión, sino que, por el contrario, resaltan la atemporalidad del material interpretado.

A la música se le suma la voz de los actores: todas a la vez, cada una en su propio mundo, viviendo su propia historia. Estos ecos resultan abrumadores en un principio, pero luego de atravesar un par de monólogos, uno empieza a distinguir frases que ya había oído, así como respuestas que antes no había podido identificar.
La premisa de la actuación por separado es un engaño, una ilusión que se quiebra a cada minuto. El ruido no es ruido, sino un tupido entramado de preguntas y respuestas, de mundos y vidas conectadas. Una cacofonía de voces que cobra sentido a medida que avanzamos en nuestro recorrido, como una profecía que se cumple con cada paso que damos.
En varias ocasiones se repite la expresión carpe diem. Creo que esto sintetiza uno de los principales temas a los que alude la experiencia. El azar convive con la decisión desde el comienzo, con la letra que nos toca por fortuna y que determina qué historias podremos luego elegir ver.
Tampoco es casualidad que todos los personajes elegidos pertenezcan a tragedias. Tomo como referencia un concepto que nos plantea el mismo Shakespeare —un personaje más que convive en el escenario con sus propias creaciones—: ¿sería lo mismo intercambiar a los enamorados de Julieta y de Ofelia? El final es el mismo, pero la historia no.
La obra me hizo replantearme mi lugar como espectadora y mi pasividad frente al arte que consumo.
El mundo es un escenario, y todos estamos recorriéndolo con los ojos vendados. Es momento de aceptar lo que el azar nos ha brindado y tomar todas las decisiones que podamos. Nuestros caminos podrán tener todo el mismo final; busquemos, cada quien, el modo de hacer que la historia valga la pena.

.png)




Comentarios