Mundos fabricados e insolentes: el fenómeno brat a través del cine.
- Santiago Migdal

- hace 2 días
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Por Santiago Migdal
Históricamente, muchos artistas musicales expandieron sus proyectos hacia otros lenguajes. Un disco no se agota en su producción sonora: también configura un universo visual y performático. El caso de películas como The Wall (Dir. Alan Parker, 1982), que amplía el universo de Pink Floyd, o Interstella 5555 (Dir. Matsumoto y otros, 2003), un animé de ciencia ficción que se articula con la música de Daft Punk, son ejemplos claros. David Bowie, por su parte, elaboraba alter egos que dialogaban permanentemente con sus canciones (Ziggy Stardust, o incluso su identidad alienígena en The Man Who Fell to Earth de Nicolas Roeg).

Diversos artistas concibieron su obra musical como un mundo de ideas que solo puede desplegarse a través de múltiples expresiones. Pero esa construcción de mundos —por llamarla así— también funciona como una herramienta provocativa, capaz de comprometer a la audiencia en un contexto sociopolítico particular.
Y es ahí donde me pregunto: ¿qué tipo de diálogo tienen estos proyectos con el espacio-tiempo en el que se gestan? ¿Qué grado de conciencia sostienen en relación con el mundo en el que circulan? Y, volviendo al inicio, si la transformación de estos universos no implica también una transformación en la forma en que nos vinculamos con la música, con las imágenes y, en última instancia, con nosotros mismos.
Con la llegada de la pandemia, la vida de muchos jóvenes cambió: encierro, incertidumbre y una mayor permanencia en lo digital. En ese contexto, las redes sociales se consolidaron como espacio de encuentro, pero también intensificaron la ansiedad, la comparación constante y cierta presión por mostrarse. Al mismo tiempo, el consumo —rápido y muchas veces impulsivo— empezó a funcionar como una forma de escape, reforzando una dinámica donde la identidad se arma y se desarma entre pantallas y estímulos fugaces.


En junio de 2024, Charli XCX lanza su disco Brat, su sexto álbum de estudio. El lanzamiento marca un punto de inflexión en su trayectoria, conquistando tanto a las masas como a la crítica. El disco no solo se instala como éxito comercial, sino que comienza a configurar un fenómeno entre los jóvenes postpandémicos.
Brat, originalmente una expresión británica para referirse a alguien “mocoso” o “malcriado”, adquiere hoy otro matiz: una figura caótica, despreocupada, inclinada a lo impulsivo. Un gesto que resuena con ciertas formas de habitar la experiencia contemporánea.
El disco está fuertemente influenciado por la cultura rave y el pop de los 2000. La producción es minimalista pero intensa, con sonidos crudos y repetitivos que funcionan como un loop mental, cercano a esos pensamientos que insisten en la noche más oscura.
Desde ahí se articula el núcleo de lo que propone la artista: brat como forma de enfrentarse a las propias inseguridades, a los arrepentimientos y a la incomodidad de convivir con uno mismo. Es un disco caótico y vulnerable, que pone en tensión el lugar de la “popstar” como referencia para los jóvenes, así como el costo personal de sostenerse dentro del mainstream.
La tapa del disco es provocativa: un fondo verde fluorescente con la palabra “brat” en el centro, ligeramente desenfocada y en una tipografía básica. Nada de esto es casual; responde a una decisión estética precisa. La portada puede leerse en diálogo con la icónica banana de The Velvet Underground & Nico, diseñada por Andy Warhol en 1967. Ambas recurren a la simplicidad como estrategia, reduciendo la imagen a un gesto mínimo pero cargado de identidad. En el caso de Brat, esa operación se traduce en una imagen memética, replicable, editable y deliberadamente antiestética.
Brat, entonces, se consolida como un fenómeno situado. Y es allí donde, hacia su cierre, ese mundo encuentra su continuidad en una película: The Moment (dir. Aidan Zamiri).
The Moment abre con un montaje vertiginoso que entrelaza noticias sobre el éxito del disco, una música rave intensísima y a Charli XCX ensayando frenéticamente bajo luces estroboscópicas. La secuencia es agotadora. Cuando finalmente se detiene, un director grita “¡corte!” y le pide que vuelva a empezar. Ella, completamente exhausta, asiente.
Como una síntesis precisa, esta introducción nos sumerge en el mundo de una figura que ya no logra distinguir entre ser popstar y ser persona: alguien que depende de la aprobación externa y que parece dispuesta a sacrificar su identidad con tal de seguir siendo tendencia.

En ese sentido, Brat no solo funciona como reflejo de su tiempo, sino también como advertencia. Si antes los universos musicales buscaban expandirse para interpelar al mundo, hoy parecen quedar atrapados en una lógica de repetición, exposición y consumo constante.
La pregunta permanece: cuánto margen queda para construir una identidad por fuera de esa lógica.
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