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La lengua después del libro.

hace 2 días
5 min de lectura

Por Marina Julieta Amestoy


*Esta escritura continúa una pregunta abierta en La devoración y lo sagrado: qué ocurre cuando aquello que leemos deja de estar del otro lado. Si entonces la literatura aparecía como una forma de incorporación, acá la pregunta se desplaza hacia la lengua, la mano y la materia de la escritura. Ya no se trata de qué hacemos con lo leído, sino de qué empieza a hacer lo leído con aquello que todavía intentamos escribir.


Devoro literatura. Lo digo, lo expreso, lo hago, lo escribo.



Leo con la lengua, los maseteros, el diafragma. Trago. Algunas palabras bajan; otras se traban entre las costillas. Unas hacen bíceps, otras se adhieren a las vértebras, anudan mis dorsales, me tuercen la muñeca. No todas llegan a la boca. A veces me despierto con una palabra entre los dientes. No sé si la soñé, si la leí o si pasó la noche mordiéndome.

Hay algo que ocurre entre una cosa y otra. No exactamente entre. La preposición se adelanta, instala sus muebles, pone una mesa donde todavía no hay habitación. Intento seguir escribiendo y la frase empieza a perder las articulaciones. Una palabra llama a otra. En el trayecto se desprende de sí misma y deviene en- otracosa- que no estaba en ninguna de las dos anteriores-


Hay algo en el cruce, en la grieta, en el medio, en el mientras

 En un lugar que no sé dónde queda

. ¿Entre el paladar y la tráquea? ¿Detrás del esternón? , ¿En la médula? ¿En el sitio exacto donde una palabra deja de ser una palabra y todavía no se ha convertido en otra cosa?

Entonces aparece la escritura. Con su dentadura , sus cartílagos y sus órganos sin nombre. Algunas vienen de libros que leí hace años; otras no recuerdo haberlas leído nunca. ¿Quién las puso ahí? ¿Qué lengua las habla antes de que yo las diga? ¿Qué me está diciendo esa lengua que no puedo escuchar sin ponerle, inmediatamente, mis palabras?


La devoración y lo sagrado, la lengua después del libro

D E S E S C R I B O y me encuentro con el cuerpo, otra vez y van. ¿Qué músculo lee? ¿Con qué hueso se escribe? ¿Dónde queda una palabra después de haber sido leída: en el cuádriceps, en la mandíbula, en el hueco poplíteo? ¿Qué forma tiene una palabra que no llega a la conciencia, una palabra que el cuerpo retiene sin saber que la retiene?

Hay un saber que no sabe que sabe. Un órgano que no logro identificar y, sin embargo, ya está trabajando.


¿Y las palabras que no existen? No las que desconocemos, o las que todavía no aprendimos. Hablo de las que no han terminado de ocurrir. Las que se forman dentro de un arco o intervalo atemporal. Las que crecen entre oxígeno y costillas , oxígeno y cintura escapular, oxígeno y sacro. Las que empujan desde una parte del cuerpo que no figura en ningún (otro) cuerpo.




Devoro literatura y algo me devora.


La lengua entre los dientes, el diafragma en movimiento, las manos hundidas en la materia verbal: separar fibras, arrancar tendones, forzar la articulación entre lo que leo y lo que me lee. Hay una resistencia clara. Termino una página y la página no termina. Cierro el libro y lo que pasaba en sus hojas sigue su transcurso en alguna parte de mi cuerpo. No encuentro el lugar. Tampoco sé si busco un lugar o si la búsqueda es la forma que ha tomado eso que no encuentro. Me pierdo. Me perdí. Lo siento.

Las palabras no están quietas. Tampoco están en movimiento. No sé cómo decirlo: se quedan y se van, permanecen desplazándose, hacen del sitio un venteo de la fuga. Una palabra llama a otra, pero la segunda no viene. Viene un ruido, una frase incompleta, una letra que no pertenece a ninguna de las dos. De pronto, la palabra que estaba buscando no es la que aparece, y sin embargo es esa. No puedo demostrarlo. No puedo siquiera explicar de qué manera lo sé. Es una certeza sin objeto, un reconocimiento anterior al reconocimiento. Intento escribirla y desaparece. En su lugar queda una palabra correcta, perfectamente utilizable, que no tiene nada que ver con ella.


Vuelvo a la página. No para entender. Algo de la lectura se ha desprendido de la lectura y no consigo seguirlo. Las palabras parecen haber perdido su sitio, pero conservan la fuerza con que lo ocupaban. Una sigue haciendo presión detrás de otra. No sé cuál. Tampoco sé si esa presión viene de lo que leí o de lo que la lectura dejó sin ocurrir.

Escribo. Tacho. La tachadura no borra: agrega una capa. La palabra siguiente atraviesa la anterior con esfuerzo. G I M I E N T E , J A D E A N T E . La corrijo y pierde algo. No sé qué. Repito: NO SÉ QUÉ. La corrección deja todo en orden, pero el orden ya no coincide con lo que estaba pasando.

.STOP.


Devoro literatura y algo me devora.


No hay una boca frente a otra. La boca no termina donde termina la boca. Mastico y algo mastica conmigo, aunque no hay nada que pueda poner en la mesa. El libro se cierra. La mandíbula continúa. Hay un ruido pequeño, casi regular, que no consigo atribuirle a ningún órgano.

Vuelvo a escribir. La frase se interrumpe en un lugar que no esperaba. Me quedo ahí. No por falta de palabras: las tengo, están disponibles, puedo elegir entre ellas, construir una oración que sostenga, pero todas llegan con demora y extrañeza.


La lengua se mueve.
En la página, una letra ocupa el lugar de otra. No la corrijo. Ya no. La miro hasta que deja de parecer un error. Después tampoco es eso.
Sigo.

Sigue.

Continúa.

Continúo.


Hay libros que me inspiran porque abren posibilidades distintas para la escritura. Literatura o muerte, de Agustina Bazterrica, y Leer danza(ndo). Traducción salvaje, de Segunda en papel, son dos de ellos.

En Bazterrica, me interesa la relación física con la literatura: leer, escribir y devorar palabras hasta que el lenguaje deja de ser un instrumento y se vuelve una experiencia que atraviesa el cuerpo. La escritura aparece como impulso, insistencia, transformación.

En Leer danza(ndo). Traducción salvaje, Josefina Zuain y Marie Bardet parten de un poema de Gertrude Stein sobre Isadora para explorar los cruces entre escritura, danza y traducción. ¿Cómo traducir un movimiento a palabras? ¿Qué le sucede a un texto cuando pasa por otro cuerpo, otra lengua, otra práctica? La traducción no busca solamente trasladar un sentido: también puede producir desplazamientos.

Uno me impulsa a pensar la literatura desde la experiencia de leerla y escribirla con todo el cuerpo; el otro, a interrogar qué ocurre con la escritura cuando entra en contacto con otros lenguajes y disciplinas. Los dos me recuerdan que escribir también es experimentar: llevar las palabras hasta el punto en que dejan de hacer lo esperado y empiezan a hacer una (otra) cosa nueva.


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