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Morir, renacer. Siempre volver a empezar. Sobre: "Donn, instrumento de Dios"

Por Martina Pawlak

Donn. Instrumento de Dios. Año 2026 Duración 72 min. País Argentina Dirección Florencia Dávila, Mariano Baez Guion Florencia Dávila Música Pedro Álamo Fotografía Mariano Baez Compañías Coproducción Argentina-Francia-Bélgica-España; Alma Productions, Belgica Films, Poster Boy Films, Cine de Riesgo S.L Género Documental

Jorge Donn pertenece a una especie de bailarines que parece haberse extinguido. En la Lugones, en el marco del BAFICI, se proyectó una película sobre su vida: Donn: instrumento de Dios, dirigida por Florencia Dávila y Mariano Baez. Donn fue un tipo irreverente, salvaje en su altísimo tecnicismo, instrumento de los caprichos de su coreógrafo.

Nacido en Ciudad Jardín, en la zona oeste de la provincia de Buenos Aires, empezó a bailar a los cuatro años y, a partir de ahí, no se detuvo. Conoció al coreógrafo francés Maurice Béjart en su adolescencia. Conectaron de inmediato y Donn empezó a formar parte de la compañía de Béjart, el Ballet del Siglo XX.

La película, sin duda, da cuenta de la dimensión sagrada del vínculo entre un coreógrafo y su intérprete —que en este caso era el equivalente masculino de la prima ballerina—. La relación Donn-Béjart funcionó durante tanto tiempo porque ambos eran devotos de la misma religión: el ballet.


Rostro pintado en blanco y negro. Fondo con patrón ondulado blanco y negro. Mirada reflexiva y mano cerca del rostro. Donn, instrumento de Dios

Al principio del documental, Donn admite que no le gusta mucho la cámara. Aunque la exposición escénica es diferente: “en el escenario no estoy solo”, dice. Más adelante, en una declaración de principios un tanto idealizada, decreta que “la danza no es un trabajo, es un estilo de vida”, del mismo modo en que “una compañía de danza es una familia”.

Luego de conocer a Béjart, quien coreografió más de doscientos ballets, formaron un dúo creativo basado en el amor y el respeto mutuo. Béjart sostenía que la creación del ballet es de a dos, como el amor; y entre Jorge y Maurice se generaba una ósmosis creativa que iba desde la adoración hasta la ira, en una relación cuyo equilibrio dependía del movimiento vital y fluctuante: “el equilibrio es movimiento”. De hecho, en varias entrevistas Donn amenaza con dejar de trabajar el día en que Béjart se retire.

Por supuesto, esto no fue así. Como todo rockstar, Donn logró matar a su padre y, a los treinta años, tras sentirse decepcionado por Maurice —lo había reemplazado por su nuevo bailarín favorito—, se fue al Ballet de Nueva York a bailar con otro gigante de la danza: George Balanchine.

Más allá del carácter sincero de la película, montada sobre un archivo monumental, lo que más me resonó fue la devoción religiosa de Donn hacia el ballet. En la película hablaban de que se había formado un triángulo amoroso entre Béjart, Donn y la danza. Sin embargo, todo bailarín sabe que la danza está por encima de todo. Y vaya que Donn lo sabía: “la vida del bailarín es la más dura e inestable que existe”, admite, y luego: “si no sos estrella a los veinte, es probable que nunca lo seas”.


Hombre en pose dramática con boca abierta, fondo oscuro con textura jaspeada. Emoción intensa y expresiva en blanco y negro. Donn, instrumento de Dios

Bailarín en pose elegante con vestuario blanco y diseño en torso, fondo oscuro. Movimiento y expresión artística destacan.Aunque esto, por suerte, cambió en el ballet del siglo XXI, con artistas como Marianela Núñez, quien a los cuarenta y cuatro años sigue siendo primera bailarina del Royal Ballet —título que conserva desde 2002—, aun así dedicarse profesionalmente a la danza sigue siendo una elección riesgosa, ya que es una carrera corta y poco redituable en términos económicos. 
Sin embargo, el propio Donn se reescribe unos años más tarde, con la madurez artística que, en el mejor de los casos, otorga el tiempo, y dice que es posible que la carrera del bailarín llegue a ser más extensa, y que siempre te van a tocar roles acordes a la etapa de la vida en la que estés.
Y aunque la época haya cambiado, el legado de Donn sigue vigente: “concentrarte es la única forma de escapar de las preocupaciones del mundo”, dice, pintando un cuadro de la danza que, si bien tiende al escapismo, está anclado en el trabajo duro y en la fe en la disciplina como una actividad que permite despegarse del ego. “No me gusta la barra, pero si bailo se lo debo a la barra”.
El problema de la identidad hilvana la película. Desde su caracterización clown en la obra Nijinsky, Clown de Dieu, hasta su compenetración en los ensayos en la India, Donn se muestra como un artista completo y enfocado, que se funde en sus personajes y multiplica su personalidad hasta hacerla estallar en las esquirlas de los nuevos roles. 
“En clase no soy una estrella”, dice tras haber llenado el Teatro Colón, la Ópera de París y La Scala de Milán. Esta actitud frente a la vida es de lo más cautivante que te enseña la danza: siempre se puede ser mejor y nunca dejás de aprender. La danza te mantiene humilde. Donn, instrumento de Dios"

Aunque esto, por suerte, cambió en el ballet del siglo XXI, con artistas como Marianela Núñez, quien a los cuarenta y cuatro años sigue siendo primera bailarina del Royal Ballet —título que conserva desde 2002—, aun así, dedicarse profesionalmente a la danza sigue siendo una elección riesgosa, ya que es una carrera corta y poco redituable en términos económicos.

Sin embargo, el propio Donn se reescribe unos años más tarde, con la madurez artística que, en el mejor de los casos, otorga el tiempo, y dice que es posible que la carrera del bailarín llegue a ser más extensa, y que siempre te van a tocar roles acordes a la etapa de la vida en la que estés.

Y aunque la época haya cambiado, el legado de Donn sigue vigente: “concentrarte es la única forma de escapar de las preocupaciones del mundo”, dice, pintando un cuadro de la danza que, si bien tiende al escapismo, está anclado en el trabajo duro y en la fe en la disciplina como una actividad que permite despegarse del ego. “No me gusta la barra, pero si bailo se lo debo a la barra”.

El problema de la identidad hilvana la película. Desde su caracterización clown en la obra Nijinsky, Clown de Dieu, hasta su compenetración en los ensayos en la India, Donn se muestra como un artista completo y enfocado, que se funde en sus personajes y multiplica su personalidad hasta hacerla estallar en las esquirlas de los nuevos roles.

“En clase no soy una estrella”, dice tras haber llenado el Teatro Colón, la Ópera de París y La Scala de Milán. Esta actitud frente a la vida es de lo más cautivante que te enseña la danza: siempre se puede ser mejor y nunca dejás de aprender. La danza te mantiene humilde.


Sobrevuela la idea de que ser buen bailarín te hace mejor persona; no hay ego que la danza no haya, al menos, puesto en crisis. Además, como bien desliza Jorge Donn, se trata de un diálogo constante con el propio cuerpo, una charla que es necesario actualizar a diario.

“Todos los días hay que cuestionarse todo y empezar de nuevo”. No hay un lugar asegurado en el mundo de la danza; nadie te está esperando y la realidad de muchas compañías, sobre todo aquellas reconocidas mundialmente, es que siempre va a haber una persona más joven que vos dispuesta a ocupar tu lugar —todos vimos El cisne negro—. Incluso el propio Donn terminó alejándose de Béjart, el amor de su vida, profanando esa relación sagrada entre coreógrafo y bailarín. De nuevo: la profesión más dura, y quizás la más gratificante.

Donn no creía en los límites del cuerpo y eso no necesariamente es algo positivo. Como todo rockstar, se dejó llevar por los excesos. En este punto es interesante la puja que se da entre Tánatos y Eros: “quien no ama la muerte no ama la vida”, dice el bailarín en uno de sus viajes a la India con la compañía de Béjart.

Así, luego de una vida radicado entre Bélgica y Suiza, vuelve a Argentina y le toma el gusto a la televisión. Se pone a dar entrevistas con Mirtha Legrand —ahora con más confianza frente a cámara— y a cantar abrazado a Roberto Goyeneche, entre otros comic reliefs.

De nuevo en su patria, lo reciben como a una estrella; tanto que, en el ’82, se organizó una función en el Teatro Ópera para los veteranos de Malvinas y era tal el entusiasmo por verlo bailar que el público no solo durmió afuera del teatro, sino que tiró abajo las puertas para no perdérselo.

A lo largo de su trayectoria, Donn sufrió y encarnó la danza, recordándonos que no (solo) es un trabajo, sino una forma de vida. La barra es nuestra maestra y somos todos iguales ante los ojos de la danza. Gracias a este bailarín eterno por recordarme que la vida es movimiento y el talento no existe; el talento es trabajo.

Trailer de "El bailarín" (1968), documental de Maurice Béjart

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