Cuerpos de Texto| Primera edición | Poesía
Fernando E. Chávez Finol nació en Maracaibo en 1975. Es arquitecto por la Universidad del Zulia (1999), con estudios en la Architectural Association de Londres y en Barcelona, donde realizó el Metropolis Master in Architecture and Urban Culture. Trabajó como proyectista en la industria petrolera venezolana y retomó su doctorado en la Universidad del Bío-Bío, en Chile, cuya tesis finalizó en 2025.
Ha publicado los libros: ¡Intuición, baby! (relatos, 2010), ¡Tormentos! (poesía, 2010), TRES MESES DE TWITTER (2016), El escritor no tiene quien lo corone (2017), Diario de la Tragedia de Vargas: el libro que no fue (2019), y varios poemarios en Amazon como Las esferas son bellas (2019), Poemas de mitad de semana (2019) y ¿alguien te dice cuándo regresar? Sí, Orión (2021).
Ha vivido en Estados Unidos, España, Chile y diversas ciudades de Venezuela. En 2021, estando en Chile, falleció su padre; en 2024, ya de regreso en Venezuela, murió su madre. Estas pérdidas atraviesan su mirada y su palabra.
Le gusta lo que hace.
Soneto de Martín a Margarita Urrutia
Margarita, tus dedos en la pantalla
abrieron lo que nunca quise abrir,
y ahora, condenado a existir
sin párpados, mi ser se desmaya.
Borraste mi gesto, y la batalla
de tu edición no cesa de fingir.
Mas no hay perfil que pueda corregir
la sombra que en tu olvido se detalla.
Si en tu álbum digital fui borrado,
en este jardín de espectros me presento,
un error de sistema, no buscado.
Y aquí, con los ojos siempre abiertos, siento
que el mayor fallo, al fin, no fue el borrado,
sino querer ser en tu encuadre perfecto.
CAROLINA AMANECE
La luna estaba en cuarto menguante,
una uña de luz sobre la madrugada,
cuando Alba Luz apareció en la ventana
y dejó sobre la madera una semilla de girasol,
pequeña ofrenda de la noche,
oscura como un presagio.
Enrique estaba descalzo en la cocina,
el torso desnudo, las costillas marcadas por la luna,
las canas nuevas brillando como sal recién nacida.
Dejó el cuchillo, dejó la cebolla,
recogió la semilla con la palma abierta
y supo que algo germinaba.
Caminó hacia el cuarto donde yo dormía.
Me abrazó por detrás,
y su calor fue la primera palabra de su cuerpo.
La primera vez fue un relámpago,
un animal urgente que nos habitó sin pedir permiso.
Se quedó inmóvil, sin retirarse,
y empezó de nuevo,
lento como quien aprende a leer a oscuras.
Cada movimiento suyo decía
lo que su boca no podía pronunciar.
Antes de terminar, me miró.
Y yo sentí que por primera vez él no estaba de visita en su propia piel,
que estaba dentro,
anclado al fin en esta tierra mía.
—¿Estás bien? —pregunté.
—No lo sé —dijo.
Pero no se movió.
Su corazón me golpeaba la palma
como un tambor pequeño,
y yo sonreí en la oscuridad.
Lo abracé.
Nos quedamos así,
semilla contra semilla,
hasta que el sol entró por la ventana
y nos encontró sembrados el uno en el otro.
No es el amor que jura
No es el amor que jura sin reservas,
ni el que promete fuegos inmortales:
es el que crece entre las curvas tersas
de manos que se buscan entre sales.
No cambia con los filtros ni las grietas
que el tiempo esculpe en cada rostro amado;
soporta los apagones y las metas
de un hombre que se sabe condenado
a su “no lo sé” y a la cebolla
que corta cada noche en la penumbra,
mientras ella sostiene una pistola
de humo —o de tabaco— que deslumbra.
Si esto es mentira, que la lluvia cese,
que ningún girasol vuelva a nacer.
Amor no es la certeza iluminada
Amor no es la certeza iluminada
ni el verbo que se afirma sin recelo:
es esa sombra que en el suelo traza
un cuerpo que se para a contemplarla.
Es un “no sé” que dice más verdades
que el juramento escrito en los espejos,
la cebolla partida sin consejos,
el café que se enfría en dos mitades.
No cambia si la luz se va y regresa:
yo vi tus manos quietas en la mesa
y supe que el estar también es rito.
Si hay quien lo llama frialdad o peso,
yo planto un girasol en este impreso
y aprendo, sin saber, tu infinito.
Amor no es posesión ni torbellino
Amor no es posesión ni torbellino,
no mide el tiempo ni reclama brillo:
es un torpugo lento en su caminos,
que avanza sin romper lo que ha tejido.
En cada vida fuimos otras cosas
—lobo, yegua, monje, niña— y en esta,
sumando cincuenta huellas opuestas,
llegamos a ser uno sin las prosas.
Uno más uno, el cauce de los años;
cincuenta más cincuenta, un solo paso:
el barro que se amasa sin premura.
Si el tiempo burla nuestros pobres daños,
yo guardo la semilla en este ocaso
y sé que estar contigo es la ternura.
No es amor la certeza iluminada
No es amor la certeza iluminada,
ni el fuego que se agota si no hay leña;
es la diosa feroz que no enseña
a huir del miedo, sino a bailar con él.
Es este altar que puse en tu mirada
y el cigarrillo que se apaga lento
mientras aprendo que lo que yo siento
no es vacío, ni paz equivocada.
Amor es aguardar sin que me nombres,
saber que habitas sin poblar la casa,
mirar los girasoles que sembramos.
Es un “no sé si alcanza” que nos salva,
es verte en cada vida que tuvimos
y elegir esta, aunque duela el alma.
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