Cuerpos de Texto | Primera edición | Narrativa Breve
Agustina Ahibe, CABA, Argentina.
Agustina Ahibe nació en Buenos Aires en 1996. Se graduó en Ciencias de la Comunicación Social (UBA) y se especializó en lenguajes audiovisuales y feminismos. Participó de talleres literarios y trabajó como redactora creativa hasta comenzar su doctorado en Ciencias Sociales. Actualmente, es Becaria Doctoral CONICET estudiando la presencia de discursos públicos en medios. Publicó relatos en revistas online (Giros, Mi Club de Fans) y fue seleccionada para participar de la antología feminista Matorral (Editorial Flor de Ceibo) en las categorías de poesía y relatos con una mención de honor.
Redes sociales @ahibeahibe (Instagram)
Afuera, la nieve
Bebé. Por el momento solo llamamos así. Bebé, el bebé. En el hospital tuvimos que ponerle
un nombre porque acá se hace así, a los niños los registran antes de salir de la nursery. Yo
quería ponerle el nombre de mi abuelo italiano, pero Pieter insistió con un nombre de acá.
Dice que sería bueno darle la oportunidad de integrarse, para cuando crezca y vaya a la
escuela. Algo más fácil de pronunciar para sus maestras, dice. Tiene razón en eso. Pero el
bebé no tiene cara de acá, esa es la realidad. Entonces le pusimos un nombre sueco pero
decidimos dejar pasar unas semanas y ver cómo nos sentíamos: si es un Noah o un Luka o un
Willem nos vamos a dar cuenta. Además, algunas familias hacen eso. Los anotan en el apuro
del post parto y luego lo cambian. Mishka dice que su hermana lo hizo.
Pieter se va a trabajar como todas las mañanas. Mishka y yo salimos a pasear con los
cochecitos temprano, los días que no nieva. Pieter y Hanz, su marido, trabajan juntos y
vivimos en el mismo complejo que comparte un parquecito. Ella es lo más parecido que
tengo a una amiga acá, porque en la universidad el resto de mis colegas son más bien
distantes. Es el único momento de la semana en que hablo con alguien que no es Pieter y
moverme me hace bien a las migrañas horribles que tengo desde que doy el pecho. Mishka no
trabaja, entonces disfruta tener a alguien con quien hacer ejercicio. La escucho hablar durante
el trayecto. Rara vez me hace preguntas, solo me cuenta cosas de su beba. Esta semana la
noticia es que la nena ya empieza a hablar. Me mira divertida:
—¿Y ustedes van a enseñarle los dos idiomas al bebé? ¡Qué difícil! —dice y se asoma por el
solero de mi cochecito a mirar la cara del bebé.
—Todavía no sabemos. Pero como en Argentina no vamos a vivir, capaz no es necesario el
español.
Yo también me asomo a ver al bebé. Mira con sus ojos azules y acuosos de fascinación las
hojas de los árboles. Está envuelto en lanas, salvo la cara, con los cachetes rojos. Al principio
no me acostumbraba a la idea de sacarlo invierno, pero, a diferencia de Buenos Aires, acá el
frío es seco y no se mete en los pulmones. De regreso, saludo en la entrada del edificio a la
marroquí que se encarga de la limpieza, pero no me devuelve el saludo. Quizás no entiende el
sueco.
En casa desabrigo al bebé. Tenemos loza radiante, adentro hace un calor de trópico. Mientras
le saco las capas de ropa lo levanto y lo examino al sol: la luz le trasluce la piel de las orejas.
Los ojos son de Pieter. Entonces, el bebé hace un sonido. Un quejido, quizás, que a mis oídos
es demasiado gutural, demasiado germánico. Un bebé argentino no haría ese ruido. Lo
acuesto en la cuna y lo miro de lejos. Pruebo: lo llamo por el nombre de mi abuelo. Repito el
nombre en diferentes tonos. Ensayo un apodo. Espero, busco algo en su rostro, acaso un
músculo o una sombra, pero no hay indicios de que esté funcionando.
Cuando se duerme busco en internet historias de mujeres suecas que aseguran que sus bebés
fueron cambiados en el hospital al nacer y que les dieron mucha plata para indemnizarlas.
Pero desde que nació, el bebé estuvo en mis brazos: vi como lo marcaban y se lo llevaban. No
hay chances. Salvo que haya estado muy drogada de anestesia. Googleo la anestesia que me
dieron. Googleo si es normal para una madre no sentir apego por su bebé. Uso la palabra
apego porque no me refiero al amor: hablo del instinto de las bestias. Googleo migrañas en
mujeres lactantes.
A la mañana siguiente Pieter abre las persianas del living. El bebé ya está llorando de nuevo,
ninguno de los tres durmió. Él prepara el café mientras se viste para salir a la oficina. Yo
aparezco en el living, en bombacha y una remera vieja de los últimos juegos olímpicos que se
hicieron en mi país. Prendo la televisión. Pieter corre por la casa buscando prendas, corriendo
pañales. El bebé está en la sillita nido, berrea. Afuera, la nieve.
—Tiene hambre, Sofi.
—Ya sé —le respondo a Pieter. Asomo un pecho por la remera. No crecieron tanto como
esperaba. Es como si no se hubieran enterado de que fui madre.
—Sofi, la televisión.
—¿Qué tiene?
—Que él bebe no puede mirar televisión.
—No, el bebé no ve: yo miro.
—¿Podés bajar el volumen, por lo menos?
—Es mi única compañía mientras laburás —digo trabajas, no laburás, porque en sueco no
hay expresión tal, pero me encantaría decir laburar.
Pieter ya está listo para salir, se acerca y me pone una mano en la rodilla.
—Veamos a un doctor… Es normal que te sientas así. Hanz dice que… —retiro la rodilla
rapido.
—No quiero saber más nada de Hanz, ni de Mishka, ni de tus viejos, ni un carajo.
Él se incorpora y suspira.
—¿Sigue la migraña?
—Mejor.
—Te dejé las gotas en el estante del baño. Son 10 en un vaso.
—Ya sé, gracias.
Pieter besa al bebe y se va.
Los días de licencia pasan lento y son cortos. Pongo noticieros. Me ayudan a practicar el
sueco. Soy buena escuchándolo, mala hablándolo y peor escribiendolo. La claridad que la
nieve hace entrar por la ventana me lastima la vista y me da más jaqueca. Cada día bajo las
cortinas y vuelvo a subirlas para cuando llega Pieter, así no sospecha que pasara el día sin ver
luz y en pijama. Los suecos insisten mucho en la crianza respetuosa: Pieter no quiere
contratar una niñera ni me dejó traer a mamá para ayudarme porque cree que el niño debe
acostumbrarse a la presencia de los padres. Que debemos entendernos como un conjunto,
incorporar su presencia exógena a nuestro ecosistema doméstico. Además, está el asunto del
desarrollo del cerebro: hasta que este bebé no cierre la mollera, es necesario que se vincule
conmigo, con mi pecho y con su padre, aunque más eventualmente. Y el tema de la
televisión: no puede mirarla.
Subo el volumen. Dejo al bebé en la sillita. En el noticiero dicen que una barcaza de
migrantes de Túnez naufragó en las costas mediterráneas. Las imágenes de la gente reptando
por la orilla me angustian. Es la primera vez desde que vivo acá —dos años y seis meses—
que escucho la palabra “naufragio” en sueco. La repito, para asentarla. Creo que estoy
empezando a sentir el aura de una migraña, sobre el ojo derecho.
En el botiquín del baño agarro el frasco de gotas, vuelco 10 en un vaso. El bebé lloriquea un
poco desde el living. Vuelco 5 más, por si acaso y me tomo el vaso entero.
—¿Qué pasa, bebé? —le digo mientras lo alzo en brazos. Entonces siento un gusto raro en la
boca— Sh, sh, ¿qué tiene este bebé? ¿Hambre? —Arrullo a mi bebé sin nombre mientras
siento un ardor en el pecho. Una amargura incontrolable que me hace toser. Lo dejo de nuevo
en la silla nido, sigue llorando. Me cuesta recuperar el aire mientras toso. Corro al baño y
reviso el frasco de gotas todavía abierto sobre la bacha: son las gotas nasales de Pieter. Para la
alergia.
—Ya voy bebé, acá está mamá —trato de calmarlo desde el baño. Busco en el frasco alguna
indicación en caso de ingesta, pero de repente se me mezcla el idioma. Tampoco hay números
de teléfono.
—¡Ya voy! —Busco mi celular en el cuarto. Busco el contacto de Pieter pero enseguida me
arrepiento. Llamo a mi mamá mientras corro al living. El llanto del bebé no me deja escuchar
el tono del teléfono. Lo alzo, pero mi tos lo inquieta, llora más fuerte.
—¡Sh, sh! —Es todo lo que me sale decirle entre la tos. Mi vieja no atiende. En Argentina es
de madrugada. En las noticias están hablando de las colas largas en los shoppings por
Navidad. Estoy transpirando muchísimo y el bebé, rubio y de mejillas coloradas, como los de
las noticias, no deja de gritar.
—¡Sh, sh, por favor!
Si me muero así voy a salir en la tele, y Mishka y Hanz se van a enterar. Mishka. Voy a
buscarla a Mishka. Abro la puerta con el bebé aún encima. El susto casi me ahoga: la
marroquí está barriendo el pasillo. Ella también se asusta.
—¡Ayuda! — le grito en sueco.
Corre los pocos metros que hay hasta mí, extiende los brazos al bebé, pero yo no se lo doy.
—¡No, yo! Él está bien —entro al departamento, ella me sigue. No se si me entiende. Dejo al
bebé en su silla y corro al baño, con ella detrás. Le muestro el frasco de gotas.
—¡Me las tragué! ¿Entendés? Son para la nariz. For the nose —gesticulo. Todo el rato ella
mantiene un gesto adusto, el de una madre prejuiciosa que no entiende a su hija adolescente.
Como si le estuviera pidiendo plata para ir a ver una banda de rock. Asiente con el ceño
fruncido. Se saca los guantes de limpieza y se los cuelga al hombro. Me saca el frasco de las
manos para dejarlo en el estante. Sigo queriendo explicarle algo, pero no me escucha. Abre la
tapa del inodoro y señala. Yo obedezco, entiendo. Me arrodillo y me abrazo a la taza. Me
junta el pelo en una cola de caballo y me da unos golpes en la espalda. No son amorosos los
golpes. Intento meterme un dedo hasta la garganta, pero no se activa ningún reflejo: mi cuerpo
me reconoce.
—No me sale —Hablo con un hilo de voz.
Ella me mete los dedos en la boca. Tienen gusto a crema de manos, jazmín. Como la que
usaba mi abuela. Entonces vomito. Todo el ardor que me invadía el pecho sube a boca. Los
espasmos siguen, vomito de nuevo. Ella me golpea la espalda y la siento soltarme el pelo y
alejarse por el living, yendo detrás del llanto del bebé. Se me siguen tensionando los
músculos, pero ahora solo son arcadas, ya se me vació el estómago. Aprovecho el envión de
uno de los espasmos y empiezo a llorar bajito, apoyada la frente contra el asiento del inodoro.
Interrumpe mi llanto un descubrimiento: el silencio. El bebé ya no llora. Me doy vuelta,
todavía sentada en los azulejos del baño. Por el pasillo, la marroquí viene con el bebé en
brazos. Le susurra cosas bajito. Entonces, por primera vez, la veo bien: tiene la piel oscura y
el pelo casi blanco recogido. Las manos arrugadas, hundidas en la carne lechosa de las
piernas de mi hijo, que sonríe apacible, en silencio como la nieve. Lleva un vestido que la
cubre de los pies al cuello. Yo, en cambio, sigo en bombacha, con las piernas flacas y
puérperas extendidas. Debe ser apenas más vieja que mi propia madre. Se mece con el chico
en brazos, le sonríe. Me mira, aunque no descifro el gesto. Creo que es de intriga: espera una
explicación. Debería ponerme de pie, pero estoy demasiado cansada. Señalo el frasco de las
gotas.
—Fue sin querer, me confundí… Pensé que eran para la cabeza. Para la migraña.
—¿Habla español? —me responde en un acento siseante, como de arrullo.
—Sí. Soy Argentina, ¿usted me entiende?
Gesticula: un poquito.
—¿De dónde es usted? —la señalo. Pero no entiendo lo que me responde, creo que me dice
su nombre. Entonces me señala al bebé y me pregunta cómo se llama él.
—No tiene nombre aún —frunce el ceño. No me entiende. Entonces le digo el nombre de mi
abuelo, el que descartamos, para salir al paso.
Ella sonríe y repite el nombre, lo pronuncia mal, pero lo repite mientras le hace una cosquilla
en el vientre y él se deja hacer, se ríe. Se aleja por el pasillo con el bebé en brazos y la sigo.
Lo deja en su sillita nido y se da vuelta. Me señala.
—¿...Bien?
Solo entonces me da vergüenza mi desnudez, el desorden de la casa, y tener moco en la
remera por el llanto y las arcadas.
—¿Yo? Sí, mejor. Gracias —Ella mira alrededor. Creo que busca a alguien más.
—¿Quiere un café? —hago con las manos una tacita imaginaria que me llevo a los labios,
para hacerme entender.
Niega frenética con la cabeza y agradece. Vuelve a ponerse los guantes de goma y abre la
puerta, para irse. Antes de cerrar mira al bebé. Una vez más pronuncia el nombre apócrifo de
mi hijo mientras le hace un gestito con la mano. Me mira asintiendo.
—Gracias por su ayuda, enserio.
Pero antes incluso de poder despedirme, ya cerró la puerta.
Y ahí estoy yo de nuevo, el departamento en silencio. La claridad de la nieve entra apenas por
las persianas bajas. Abro un poco las ventanas, para que entre el aire. En el noticiero la
conductora habla con las personas haciendo compras navideñas en el shopping, les pregunta
qué llevan. Apago la tele. Tengo una llamada perdida de mi madre, pero la descarto. El bebé
me mira atento desde su sillita. Empiezo a preguntarme qué tan cierto es eso de que no ven
con claridad los primeros meses.
—Hola, bebé.
Sonríe. La mujer tiene razón en preguntar: un chico necesita un nombre. Cuando Pieter
vuelva del trabajo se lo voy a decir. Sí. Ni bien pase por esa puerta le voy a explicar que a
veces los accidentes pasan y las barcazas caen al mediterráneo y las madres se toman las
gotas nasales de sus maridos y que es necesario que un niño tenga un nombre. Entonces
suspiro y junto juguetes del piso mientras repito la palabra naufragio en sueco, a ver si algo
se asienta.
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