Cuerpos de Texto | Primera Edición | Narrativa Breve
Alfonsina Fantín (Corral de Bustos, 1988) es diseñadora editorial y escritora en lengua castellana. Vive en Barcelona, donde desarrolla su trabajo entre el diseño de libros, la edición y la escritura. Su obra transita la narrativa breve y la prosa poética, con especial interés en el cuerpo, la naturaleza y los estados emocionales complejos.
Mi IG es @alfonfan su web habla de otra cosa.
Teoría del elefante
Llevaba varias horas tirada en esa piedra mientras el agua pasaba. Miré de reojo a mi melliza y no parecía notar mi turbación. Había piedras de todos los tamaños; parecían grises durante la mayor parte del tiempo y se movían poco o casi nada. El agua corría velozmente y hacía rato que no veía ningún ser vivo pasar, a lo sumo alguna hoja seca. Intenté levantarme, pero no pude, todo era demasiado placentero. Empecé a sentir el rocío y la caída del sol.
—Vamos a caminar —dije.
Un medio gruñido, medio murmullo, me dejó sola en mi paseo.
No los veía, pero había muchos seres vivos. Escuché pájaros, insectos, algún rastrero. Era consciente del peligro, pero no tenía miedo. El rocío hacía el silencio más denso. Las piedras eran lo único que me perturbaba: todas distintas, todas moviéndose.
A la mañana siguiente salí otra vez. Los sauces lloraban sobre la grieta del río. El agua arrastraba hojas secas y algún renacuajo. Vi un banco de arena con varias piedras pequeñas vibrando sin ritmo. Me agaché. Eran hermosas: medio blancas, medio grises, lisas. Parecía que alguien las hubiera seleccionado. Escogí una con un tajo de mica y me la metí bajo la axila. Seguí caminando y nada pareció cambiar.
Mi cuerpo no parecía sufrir cambios. El paisaje tampoco. El agua seguía corriendo velozmente. Fui río arriba hacia unas rocas gigantes. Escuché un bombazo y algo se zambulló en el agua, pero no vi qué era. El camino desaparecía entre piedras que oscilaban sin ritmo. Trepé hasta una zona alta y vi lo hermoso del paisaje. En un banco de arena brillaba un montoncito de mica. Cavé y encontré una piedra roja, redonda. Sin mirar, me la metí en la axila.
Quise contarle lo que me pasaba, pero todo era tan perfecto que no me atreví a romper esa calma. Un día insistió en que hablara. Busqué las palabras. Cuando lo intenté, me atraganté y escupí una piedra. Volví a intentarlo: salió la roja, después la de mica.
Ella empezó a llorar y también se atragantó. De su boca comenzaron a salir bichos y de la mía piedras. Todo empezó a moverse y ya no teníamos cuerpos: solo piedras oscilando y un río pasando.

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